“Carmín tropical”

Después de una ausencia prolongada, Mabel (José Pescina) regresa a Juchitán cuando se entera de que su amiga Dani, muxe como ella, murió asesinada. Entre fantasmas del pasado, historia de traición y amores fallidos, la transexual descubre pistas sobre el homicidio y comienza un romance con Modesto (Luis Alberti), un taxista del lugar. Carmín tropical’ (México, 2014), premiado en el Festival de Morelia, es el segundo largometraje de Roberto Perezcano después de Norteado.

Muxe es el término usado en Juchitán para nombrar a hombres que se visten y comportan como mujeres; la sociedad, de supuesta tradición matriarcal, los reconoce y acepta en gran medida. Durante el desarrollo del relato el director acota momentos clave que señalan la actitud de la población local hacia el muxe, desde quienes los dan por hecho y respetan, hasta los condescendientes que no pueden ocultar un cierto desprecio, como la empleada de policía que lo ignora y luego lo tutea peyorativamente, y por supuesto, la homofobia del psicópata que anida en la sombra.

Consciente de que la cultura muxe es poco conocida en el resto del país, y aún menos en el extranjero, la cinta mantiene una línea didáctica sin dejar la acción a un lado; durante una visita a la cárcel local, a la pregunta del guardia sobre el sexo de Mabel, ésta responde que muxe, un equivalente al tercer género.

Si de géneros se trata, el de Carmín tropical es más complicado; la estructura corresponde al thriller, misterio sobre el asesinato, identidad oculta del asesino, pesquisa policíaca; pero estos componentes parecen difusos junto al álbum de recuerdos y ajuste de cuentas con el pasado cuando la protagonista evoca su propia traición, la inestabilidad de las relaciones, y la fuerza de la ausencia de su amiga. Otro género que se mezcla es la historia rosa de amor; la fórmula es carmín del hecho sangriento, carmín del maquillaje y del ambiente de espectáculos y canciones.

Quizá por mero respeto a la cultura muxe y por lo delicado del tema de crímenes de odio, Perezcano evita el humor y se aleja del tono de farsa que Almodóvar habría privilegiado en este tipo de película; diálogos y conversaciones son escuetos, nadie habla más allá de lo estrictamente necesario y lo que dice es obvio; más profusos son los pensamientos, en off, de Mabel, narrando y reflexionando, que a fin de cuentas informan más sobre su proceso anímico que sobre la acción. La combinación da un tono hierático que rompe un tanto con el lugar común del transexual como figura grotesca.

El desequilibrio entre pensamiento y conversaciones poco fluidas se compensa con la capacidad de ejecución de pequeñas acciones, tareas, que les permiten a los actores habitar a sus personajes. Las de Mabel oscilan entre el contacto con las cosas, maquillajes, ropa de mujer, y su capacidad para la ensoñación, recordar con ayuda de objetos y fotografías, ver el mar. Luis Alberti establece una corriente controlada de empatía con el muxe que va en crescendo hasta que las cosas se hacen inevitables entre ellos. José Pescina habita el cuerpo y el alma de Mabel de manera relajada, como si siempre le hubieran pertenecido.