El 26 de marzo de 2003, Svetlana Alexievitch tomó la palabra en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México. Participaba en el ciclo Cartas del destierro al que le había invitado La Casa Refugio Citlaltépetl.
Ya se rumoreaba que la escritora se encontraba en la lista de los “nobelizables”. Sólo hablaba ruso, razón por la cual los tratos e intercambios con ella eran escasos y poco intensos.
Pero en el momento de leerla, uno se percataba que esta forma de ser correspondía perfectamente a la bielorrusa: su escritura está marcada por el desvanecimiento, tanto ante su texto como ante los demás, o ante la realidad.
Lo que se percibió como timidez no era más que su voluntad de distanciarse y escuchar, ajena al deseo de atraer las miradas. Sus textos forman parte de una literatura que se nutre de la escucha y no impone un punto de vista. Por lo menos en apariencia.
La ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015 había publicó seis libros, todos fueron catalogados como “no ficción”: La guerra no tiene rostro de mujer (1983), El hombre rojo. La voz de la utopía (1985), Últimos testigos (1985), Los chicos del zinc (1989), Hechizados por la muerte (1994), y Voces de Chernóbil. Crónica del futuro (1997).
Su trabajo consiste en levantar testimonios, agruparlos, enlazarlos y transformar a estos relatos dispersos en un todo coherente, en el que las palabras de los demás se convierten en el hilo de una historia que dirige con delicadeza. A veces habla de su propia voz. Lo hace para acoplar las historias recogidas o subrayar un aspecto singular.
Sus temas quedan marcados por la violencia de nuestra época. Siempre los maneja con sutileza.
Entre ellos, trabajó sobre la catástrofe de Chernóbil, las mujeres soviéticas enroladas en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, los militares soviéticos aturdidos en la guerra de Afganistán, o el derrumbe del ser comunista tras el advenimiento de la perestroika y el colapso de la URRS.
Sus textos denuncian sin grito ni exageración. Sabe utilizar un tono suave y apacible para exhibir una realidad a veces insoportable. El tropiezo entre la violencia de las temáticas y el estilo delicado genera en el lector una tensión aterradora.
Svetlana Alexievitch produce una literatura obsesionada en la realidad; un método de no ficción que aplica a los temas más duros, más preocupantes.
La violencia del mundo no la deja de asombrar. Se impone la tarea de encontrar las voces capaces de expresarla.
Dijo de su labor que consistía en retomar los recursos del periodista para ir más allá, contemplar una temática desde las alturas. El tiempo no la oprime: consagra años a la redacción de cada una de sus obras.
El libro que relata las consecuencias de Chernóbil ilustra su manera de abordar un universo de pesadilla. Se ubica fuera de la desesperanza y de las lágrimas. Constata con frialdad la situación, emplea una lengua apretada, discreta, que expresa una realidad cercana a una alucinación.
El lector queda impactado por el registro que utiliza, basado en los detalles, sin declaración altilocuente ni deseo de ofrecer un espectáculo. Y ahí, en el meollo del horror, encuentra elementos para no desesperarse.
Dice la sonrisa del agonizante y la carcajada del enfermo que vive sus últimos días. Siembra en el lector un germen de esperanza mientras lo arrastra hacia el fondo de lo innoble.
Sin presumir, muestra que aun en situaciones vertiginosas y abrumadoras, un muelle vital en el ser humano le permite hacer frente. Su literatura nos ofrece un baluarte contra el derrumbe. (Traducción de Mathieu Tourliere). l
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* El escritor nacido en París, Francia (1962), director de la Casa Refugio Citlaltépetl, realizó este texto a solicitud de Proceso.








