La bielorrusa Svetlana Alexievich es la nueva Nobel de Literatura desde el jueves 8. Es la mujer décimocuarta que lo obtiene. Es una escritora que echa mano del periodismo para construir libros con testimonios de la gente común que ha padecido el horror de las guerras, las tribulaciones de la injusticia, los males desde el poder. Aquí se presentan fragmentos de tres largas entrevistas. Una de 2009, concedida a Anne Brunswick, colaboradora de la revista trimestral francesa XXI, en Minsk –donde la escritora volvio a vivir después de periodos de exilio que la llevaron a Francia, Alemania, Italia y Suecia–. La segunda a Katerina
Gordeeva para la revista digital Medusa de San Petersburgo, una semana antes de recibir el premio. La tercera (en recuadro), de 2005, a raíz de la aparición en Estados Unidos de su libro más conocido, Voces de Chernóbil. Crónica del futuro a la traductora serbia Ana Lucic de la editorial Dalkey Archives Press de Chicago. (Selección de entrevistas y traducciones de Anne-Marie Mergier, Patricia Lee y Roberto Ponce)
MINSK, Bielorrusia.- “Empecé a escribir hace más de 30 años. En ese entonces trabajaba como periodista en un pequeño periódico soviético de provincia, en Bielorrusia. Lo que me piden en el diario no tiene gran interés y lo hago sin cansarme demasiado. La guerra sigue siendo un tema omnipresente en los periódicos de esa época. En Bielorrusia el trauma es enorme porque perdimos a la cuarta parte de nuestra población durante la Segunda Guerra Mundial. Pero los campesinos que cuentan cosas misteriosas sobre esa guerra no interesan a los diarios y tampoco a quienes escriben los libros. A mí me llaman la atención sus relatos.”
–¿Se hundió usted muy pronto en la literatura?
–Siempre supe que quería escribir. Escribir y viajar. Pero me tomó mucho tiempo encontrar mi camino, mi género de escritura. Para mis padres los libros eran lo más importante en el mundo. En la familia de mi padre se enseñaba desde hace cuatro generaciones. Comparado con los demás niños yo tuve una infancia privilegiada: mi padre y me madre eran vivos, estaban a mi lado y teníamos un nivel de vida superior al de los demás. Cuando ingresé por primera vez a la primaria, mis padres me compraron una cartera escolar mientras que los demás alumnos sólo tenían bolsas de tela. Me enfurecí, armé un escándalo para que mi madre me cosiera una bolsa de tela. Yo quería ser como los demás. También era la única en tener una chamarra. La prestaba a mis cuatas que me la devolvían rota y mi madre me regañaba. Con mis padres era imposible discutir. Y de todas formas para mi padre no existía nada fuera del marxismo-leninismo.
–¿Usted nunca fue comunista?
–No. Fui miembro de los Pioneros y de los Komsomols (Juventud Comunista) pero eso era automático. Para ingresar al partido, había que presentar su candidatura y tener a un padrino. Nunca solicité mi ingreso porque es contrario a mi naturaleza afirmar cosas en las que no creo. En el diario en el que trabajaba, sólo necesitaban pertenecer al Partido quienes ocupaban puestos de responsabilidad.
–¿Cómo fue acogido La guerra no tiene rostro de mujer, su primer libro?
–Había muchos libros sobre las mujeres combatientes pero eran todos parecidos. El mío molestó por su enfoque. Los ex combatientes exigían una prosa heroica y no querían que se relataran atrocidades. Durante dos años se rechazó la publicación de mi libro en Bielorrusia. Pero empezaba la perestroika en Rusia y un amigo se llevó el libro a Moscú, donde fue publicado en 1985. Gracias a algunas personas pudo llegar a manos de Mijail Gorbachov que lo elogió en un discurso que pronunció durante la ceremonia de conmemoración del 40 aniversario de la victoria sobre los nazis. Me condecoraron y me galardonaron con premios.
“Luego fue fulgurante el éxito en toda la Union Soviética. El tiraje del libro alcanzó 2 millones de ejemplares y cada seis meses se volvía a hacer un nuevo tiraje. Desde entonces el libro se sigue vendiendo y no deja de ser adaptado al teatro y al cine. Pero siguió la polémica en la prensa. Para la vieja guardia comunista, los militares y los ex combatientes yo ‘manchaba’ la imagen de la guerra e incluso la de las mujeres con detalles demasiado crudos. Cuando los alemanes capturaban a las mujeres soldados, las trataban de hermafroditas, las humillaban y las mataban. El libro cuenta los dolores físicos de las presas y eso estaba considerado como degradante. Pero mis detractores consideraban que el peor insulto que me podían hacer era tratarme de ‘pacifista’.”
–También fue criticado el libro que escribió sobre el destino de los niños durante la guerra.
–Efectivamente se cuestionó también con virulencia el enfoque de Últimos testigos. Si bien para las mujeres la guerra fue antes que todo una inmensa carnicería, pues para los niños fue una locura. Estábamos acostumbrados a historias de niños heroicos que se sacrificaban para la patria. Pero los testimonios que recogí exponían violentamente la absurdidad, la monstruosidad y el trauma de la guerra.
“Sin embargo el libro que sufrió más ataques fue Los hijos de zinc. Acabaron enjuicíandome. La guerra de Afganistán acababa de terminar. Quince mil soldados habían perdido la vida y ese libro ‘manchaba la memoria de los héroes caídos por la patria’. Una madre me gritó llorando: ‘¡Quería ofrecer el uniforme y las medallas de mi hijo a su liceo, los rechazaron por culpa de usted! ¡Lo trataron de ladrón y asesino!’.”
–¿Cuándo fue a Afganistán?
–En 1988. Me invitaron junto con otros dos escritores a visitar el frente. No soy una heroína, soy sólo una persona honesta. No experimenté la Segunda Guerra Mundial porque nací en 1948. Pero en cuanto me enteré de que era posible ir a Afganistán, fui. Pasamos un mes allá y siempre estuvimos escoltados por soldados. Mis colegas querían ver combates, tiroteos. Eso a mí no me interesaba. Lo esencial de la guerra ocurre fuera de la vista. En el frente pero tambión fuera de él, en cada hogar, en nuestra sociedad.
“Creo que mi emancipacion completa se remonta a esa estadía en Kabul. Todavía tengo muy presente en la mente el momento en que entramos en el hospital militar. Era una inmensa granja llena de ancianos y niños amputados. Un espectáculo abominable. Me tocaba repartir un montón de osos de peluche.
“Regalo uno a un niño que lo agarra con los dientes. Le pregunto: ‘¿Por qué con los dientes?’. La mujer que está a su lado levanta la cobija y me enseña el cuerpo del niño que no tiene brazos ni piernas. No había más nada que decir. (…).”
–¿La sorprendieron las reacciones tan violentas que generó su libro?
–Sí. En ese entonces se publicaba sin problema a Solzhenitsyn y Chalamov. Pero eran los intelectuales quienes leían sus libros. El pueblo no los leía y sigue sin leerlos. Durante seis meses se presentó una adaptación de mi libro en el Teatro Académico de Minsk. Pero los militares, los comunistas y los ex combatientes se unieron para exigir que se interrumpiera esa presentación. Después los generales movieron cielo y tierra para enjuiciarme. Presionaron a las madres y a los soldados que habían testimoniado en mi libro para que se retractaran y me demandaran. Llevaron de toda Bielorrusia a madres que agitaban retratos de sus hijos o exhibían sus medallas pegadas en cojines. ‘¡Nuestros hijos son héroes y ella los trata de asesinos!”, aullaban. Hubiera debido defenderme con un abogado, pero no me parecía honesto. Entendía que estas mujeres habían sido engañadas y manipuladas. Era un tiempo de miseria total. Las tiendas estaban vacías. Seguramente se les había prometido un empleo o un televisor. Lo único que yo esperaba era poder hablar con ellas.
–¿Logró convencerlas?
–Por supuesto que no. Toda esta gente estaba todavía impregnada de cultura soviética. El juicio se celebró muy cerca de mi casa y había por lo menos quinientas personas todos los días frente al tribunal. La mayoría me acusaba de traicionar la memoria de los soldados y la patria. Antes del juicio, el juez organizó reuniones de conciliación. Allí estaba Oleg, hérido en la cabeza en Afganistán. Su testimonio en el libro es extraordinario. Le dije: “¿Oleg, por qué venisté?” Me contestó: “Usted está podrida en dinero. Viaja al extranjero. Y yo no tengo un centavo. No tengo trabajo. Mi mujer me dejó. No tengo nada”. El juez le preguntó: “¿Qué espera usted de Svetlana? Contestó: “Quiero que me compense todo lo que perdí durante la guerra”. Le dije: “¡Me confundes con el Ministerio de Defensa!” En ese entonces para él la única compensación era ser considerado como un héroe.
–Seguramente usted se sintió muy sola.
–Ni tanto… En el juicio, hubo militares que aceptaron dar su testimonio sobre estas terribles bombas que se había experimetado en Afganistán. Lo más duro para mí fue la confrontación con los héroes y las heroínas de mi libro.(…) . Bueno… en realidad… no vale la pena hablar demasiado de ese juicio… ni de los problemas que tuve con el poder… En nuestra cultura, todo eso es la norma. Y sigue así para mí con Loukachenko, nuestro presidente desde hace casi quince años. El problema no es tanto el poder como la gente que lo apoya. Todo el mundo aquí está dispuesto a incriminar al poder, pero la gente no está dispuesta a reconocer su propia responsabilidad. Si estamos gobernados por un matón inculto como Lukachenko es porque el pueblo se reconoce en él y representa en cierta forma el ideal de una mayoría de electores. No de 85% de ellos, pero si de 55%. En el momento de la perestroika nos hicimos muchas ilusiones.
–¿Qué tipo de ilusiones?
–Nadábamos en la euforia. Pensábamos que todos los problemas habían sido causados por el comunismo y que después de su desaparición íbamos a empezar una nueva vida de tipo occidental. Era muy naif. Con la guerra de Chechenia volvimos a ver lo que habíamos visto en Afganistán. Nos volvieron a imponer los mismos discursos patrióticos sobre la defensa de Rusia, el sacrificio por la patria.
“Pero es la miseria que lleva la gente a enlistarse en las Fuerzas Armadas. Para mi siguiente libro (Tiempo de segunda mano, La vida en las ruinas del socialismo, publicado en 2013) entrevisté a una mujer cuya hija sirve en la policía. Una familia soviética típica. Esa mujer empezó a trabajar en una fábrica cuando tenía 12 años durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre trabajó en la construcción de la vía férrea Baikal-Amour- Maguistralen Siberia. Resultado: un puñado de condecoraciones y medallas y la miseria.
“En 1994 cuando ya nadie cobraba salario, esa familia salió de su provincia del norte de Bielorrusia para instalarse en Minsk. Al salir del liceo técnico la hija quiso estudiar psicología en la universidad. Pero no tenía dinero entonces entró en la policía. A los 22 años ya tenía una niña y se había divorciado de su marido alcohólico. La miseria. Un día visita a su madre y le dice: “Madre me voy a Chechenia”. Su madre le contesta que tiene una niña y que no está obligada a irse a Chechenia. La hija responde: “Madre quiero ganar dinero como los demás. Quiero ir a Egipto para ver las pirámides. Necesito comprar un televisor, un celular, una máquina para lavar ropa”. La única solución para ganar dinero era ir a Chechenia. En ningún momento esa joven se cuestionó sobre el hecho de que iba a tener que matar.” l
________________________________
“La normalidad
del mal”
Katerina Gordeeva
S
AN PETESBURGO, Rusia.- “La historia del libro La guerra tiene rostro de mujer (sobre la participación de las mujeres en la Segunda Guerra Mundial), es la de cómo el pequeño ser humano, su vida y su muerte, son más importantes que el triunfo en la guerra”, se le pregunta a Svetlana Alexievich.
–Claro. Ese libro lo escribí a pesar de que me decían: “Svetlana, esto no se puede publicar”. Al principio tuve conflictos, cuando les daba a leer el texto a mis heroínas. Muchas, después de leer, estaban en shock, se arrepentían de lo que habían dicho. Porque, claro, el triunfo en la guerra estaba por encima de todas las historias que ellas me contaban. A qué precio ganamos, eso no importaba; que todos esos sufrimientos no se convirtieran en libertad, tampoco era importante. La vida no valía nada. En todo el siglo XX, en nuestro país el valor de la vida humana se redujo a cero.
–Pero había deseos de cambio. ¿Qué se hicieron? ¿Por qué, de 1984 a 2014, es como si no se hubieran dado cambios dramáticos?
–También pienso sobre eso. No aprendimos nada, ni tuvimos ninguna recompensa de los duros sufrimientos que cayeron sobre la gente en los años noventa. Nada. Esta es una cuestión muy difícil. Se entiende en parte por algunas cuestiones mentales: una psicología histórica de sumisión, por ejemplo. Y por otro lado, la inercia de la vida cotidiana: no querer preocupaciones, no querer saber nada ni meterse en nada.
“Mi papá estudió en la facultad de Derecho de Minsk (en los años treinta, durante la represión estalinista). Era un tiempo en el cual, cuando los profesores volvían de las vacaciones, sólo quedaban dos o tres de ellos que habían estado con anterioridad. Los demás habían desaparecido en los campos de trabajos forzados, y también desaparecían los mejores estudiantes. Yo le preguntaba a mi papá: ‘¿Por qué callaron?’ Y un día vi lágrimas en sus ojos. Ahora ya no hago esas preguntas idiotas. Porque nosotros también callamos. Todo es igual: hay una cierta condescendencia, una disposición a integrarse a la cadena. Cada uno tiene una razón para ello.
“En Tiempo de segunda mano hay una historia de un joven enamorado de su tía Olga, pero se entera de que ella había delatado a su hermano, que murió en un campo estalinista. Cuando supo que Olga estaba muriendo, le preguntó: ‘Tía Olga, recuerdas el año 1937?’ Ella le contestó: ‘En 1937 yo era feliz, me amaban y yo amaba’. Él le pregunta: ‘¿Y el tío Sasha?’ Ella contesta: ‘Anda a encontrar en 1937 alguna persona honesta’. El mal humano, la cobardía; no eran Beria ni Stalin, era la hermosa tía Olga.
–La normalidad del mal.
–Claro. ¿Cuántas cosas vemos alrededor de nosotros hoy, pequeñas cobardías y reconciliaciones, de las cuales callamos? Y la gente, la misma gente de la que tanto hablamos, calla. Tal vez están cómodos.
“Y no entendemos por qué. Me refiero a la generación para la cual la perestroika fue su historia personal. Yo soy una de ellas, una de las que apoyó con entusiasmo a la perestroika, de las que creyó en ella. Para nosotros, precisamente, surge una gran pregunta: ¿Por qué todo fue en vano, por qué la gente calla?
–Y el pueblo no es culpable.
–Claro que no. Yo creo más en nuestra culpa, en la culpa de la intelectualidad, por el fracaso de los años noventa. Pero esta es una conversación muy dolorosa, larga, y de insospechables consecuencias. l








