“Everest”

En mayo de 1996 dos expediciones comerciales se apelotonaron en los campamentos para ascender al monte Everest; una serie de imprevistos como falta de tanques de oxígeno, falta de cuerdas en la zona apropiada y una tormenta devastadora, produjeron una de la peores catástrofes ocurridas en este tipo de excursiones de ricos en busca de adrenalina.

Del libro basado en la experiencia de los sobrevivientes, el del periodista Jon Krakauer, sale Everest (Gran Bretaña-Estados Unidos- Islandia; 2014), producción que de entrada causa recelo si se toman en cuenta todos los ingredientes del cine de aventuras, superación personal, heroicidad, sentimentalismo y un reparto multiestelar. La sorpresa es que esta cinta, dirigida por Balthasar Kormákur, es una especie de anti Blockbuster de receta Spielberg, como bien la define un cinéfilo francés.

Kormákur, actor y prolífico realizador islandés de ascendencia española, sabe de la inclemencia del invierno en su tierra natal, de la fatalidad en el frío extremo, pero también de la poesía del hielo y de la nieve. Un rasgo distintivo desde su primer largometraje, 101 Reikiavik (2015), tanto en Islandia como en Hollywood, ha sido mostrar personajes en situaciones imposibles bajo la ilusión de poder triunfar de ellas. Everest es un drama articulado con pura arrogancia humana; el término técnico es “hibris”, el concepto griego que significa desmesura o mera impertinencia; la montaña más alta del mundo funciona aquí como torre de Babel.

Justo antes del ascenso definitivo, cada miembro del equipo a cargo de Rob Hall (Jason Clarke) expone su motivo para alcanzar la cima; ninguno puede explicar bien a bien el porqué, desde la alpinista que colecciona las cumbres más altas del planeta hasta el cartero que quiere colocar la bandera de un grupito de niños. Sólo uno de los escaladores, el antipático tejano Weathers (Josh Brolin), para quien escalar la cumbre del Himalaya es una manera de combatir la depresión. El eco es de Melville: el Everest es la ballena blanca que obsesiona con el complejo de capitán Ahab; de la misma manera, esta semana el señor Nobukazu Kuriki, al que ya le queda un único dedo de las manos, vuelve a intentar subir él solo a la cima máxima, no obstante las recientes avalanchas que mataron a miles de personas.

El amontonamiento de alpinistas, equipo, herramientas y tecnicismos podría abrumar al público, pero Kormákur contrasta eficazmente las personalidades de los dos guías, Fisher (Jake Gylenhaal), bronco y adicto a la adrenalina, con la de Rob Hall, responsable y compasivo con la gente a su cargo, sin negar que busca el lucro económico. Las semanas de entrenamiento en los campamentos a diferentes alturas permiten entender la lógica y los peligros del ascenso, desde efectos físicos como el edema cerebral hasta la física del movimiento. El impacto de la tormenta sobre los alpinistas ocurre de manera casi banal; congelarse o caminar hacia el vacío se mira insignificante frente al espectáculo de la naturaleza.