Barak Obama y sus aliados delinearon una salida “política” para la crisis siria: un gobierno de transición integrado por miembros del régimen actual y representantes de la oposición moderada que después enfrente de manera unida al Estado Islámico. Pero Vladimir Putin –aliado de Bashar al-Asad– ordenó a su aviación bombardear sin distingos a los rebeldes sirios. “A golpe de misiles”, busca cambiar la correlación de fuerzas sobre el terreno e imponer, por vía de los hechos, su estrategia en la región.
PARÍS.- ¿Cómo detener la guerra civil que desgarra a Siria desde hace cuatro años y ya costó la vida de más de 240 mil personas? ¿Cómo enfrentar al Estado Islámico (EI), que atrae a un número creciente de combatientes internacionales –la organización recluta un promedio de mil extranjeros al mes– y cuyas fuerzas –entre 100 mil y 150 mil yihadistas– han conquistado las dos terceras partes de Siria y todo el norte de Irak?
¿Qué hacer ante el éxodo masivo de sirios: 4 millones se amontonan en campos de refugiados en los países limítrofes de Siria, y decenas de miles buscan desesperadamente asilo en la Unión Europea, sin hablar de los 8 millones de desplazados internos que sueñan con salir del país?
Estas interrogantes generaron fuertes tensiones entre –por un lado– el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y sus aliados, y, por el otro, el mandatario ruso Vladimir Putin y los suyos, durante la inauguración del 70 periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el pasado 28 de septiembre.
Si bien ambas partes coinciden en la necesidad de “neutralizar” al EI, difieren en la estrategia contra la organización encabezada por Abu Bakr al-Baghdadi.
En su discurso del 28 de septiembre en la ONU –donde se presentó después de 10 años de ausencia–, Putin afirmó que era imprescindible incluir al presidente sirio Bashar al-Asad y a sus fuerzas armadas en una alianza mundial contra el terrorismo islámico en Siria e Irak.
Obama, por su parte, aseguró ante la misma Asamblea General que estaba dispuesto a “colaborar con todos los países, inclusive con Irán y Rusia, para resolver el conflicto sirio”, pero descartó toda posibilidad de aliarse “con un tirano”. Los dirigentes europeos asumieron la misma posición y el mandatario francés, Francois Hollande, se mostró inclusive más virulento contra Asad que el propio Obama.
Putin rehusó participar en la cumbre antiterrorista organizada a iniciativa de Estados Unidos y celebrada el 29 de septiembre al margen de la Asamblea General de la ONU. La meta de la reunión, en la que estuvo Obama, era consolidar una coalición árabe-occidental integrada por 60 países que intervienen de una forma o de otra en la lucha contra el EI en Siria e Irak desde agosto de 2014.
Según la organización independiente Airways, integrada por periodistas europeos y expertos sobre Medio Oriente, dicha coalición encabezada por Washington llevó a cabo 4 mil 506 bombardeos aéreos contra posiciones de EI en Irak y 2 mil 579 en Siria. Llama la atención el contraste entre los medios desplegados y los resultados obtenidos: sólo se pudo frenar el avance de las fuerzas del EI, pero no se afectó su potencial ofensivo.
¿Cómo vencer entonces al EI sin lanzar un amplio operativo militar terrestre? A partir de una solución política, afirman Obama y sus aliados. Hollande detalló esa postura en su discurso del 28 de septiembre en la ONU: como Obama, aceptó que era necesario otorgar concesiones para facilitar el surgimiento de un gobierno de transición en Siria que incluiría a miembros del gobierno actual y a representantes de la “oposición moderada”.
Y recalcó que sólo cuando se asegure esa transición se podrá lanzar una gran ofensiva contra el EI en conjunto con las autoridades sirias. “¡Ésa es la base de nuestra acción! ¡Es la que debemos utilizar para avanzar!”, lanzó el presidente francés.
¿Cómo crear una brecha en la estructura del poder sirio? ¿Cuál sería el destino de Asad en ese guión? ¿Cuáles son las fuerzas gubernamentales sirias dispuestas a negociar con la “oposición moderada”? ¿Quiénes son los líderes realmente representativos de esa oposición y cuál es su peso político en el complejo ajedrez sirio? Los dirigentes occidentales no han ofrecido hasta ahora respuestas claras a estas preguntas.
Putin, por el contrario, privilegia una solución militar inmediata y de gran envergadura que implica una estrecha colaboración con Asad y sus fuerzas armadas.
El pasado 30 de septiembre, ante su consejo de gobierno reunido en Moscú, el presidente ruso afirmó: “La única manera de luchar en forma efectiva contra el terrorismo internacional, en Siria como en los territorios limítrofes, es adelantarse a sus combatientes, enfrentarlos y aniquilarlos en las zonas que controlan sin esperar a que lleguen a nuestros países”.
Ese día, a pedido expreso de Asad, Putin ordenó una serie de ataques aéreos contra blancos terroristas en Siria que se llevaron a cabo con la cooperación del alto mando militar sirio sólo unas horas antes de la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU y en plena sesión de la Asamblea General.
Surgieron de inmediato polémicas sobre los blancos reales de los ataques de las fuerzas aéreas rusas. Moscú afirmó que su aviación militar había alcanzado “ocho objetivos” del EI en las provincias de Hama y Homs y que había destruido “uno de sus centros de mando”, así como “equipos militares, de comunicación y arsenales” de la organización terrorista.
Washington, París y altos mandos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte cuestionaron estas afirmaciones, mientras Khaled Khoja, líder de la oposición siria en el exilio, aseguró que los bombardeos de Homs habían alcanzado a fuerzas rebeldes que combaten al EI.
Ataques y contramedidas
El jueves 1, al margen de su encuentro con el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, en Naciones Unidas, Serguei Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, insistió en rueda de prensa en que la aviación rusa había golpeado al EI y a otras organizaciones terroristas, sin dar mayores detalles.
El Observatorio Sirio de los Derechos Humanos alegó que los blancos de los ataques perpetrados en los alrededores de la ciudad de Hama habían sido contra las bases del Frente al Nusra, rama siria de Al Qaeda y del grupo islamista Ahar al Sham.
Ese mismo día Kerry y Lavrov anunciaron que Moscú y Washington tomarían de manera concertada medidas para evitar cualquier incidente o enfrentamiento involuntario entre sus fuerzas aéreas en el cielo sirio.
Putin logró parte de su cometido: colocó a Obama y a sus aliados ante la realidad innegable de la presencia e intervención creciente de Moscú en Siria, obligándolos a aceptar una coordinación de facto entre la aviación militar de la coalición árabe-occidental encabezada por Estados Unidos y la de la alianza ruso-siria.
En agosto pasado Rusia empezó a desplegar fuerzas en el aeropuerto internacional Basil al Asad, en los alrededores del puerto de Latakia, ubicado en la parte occidental de Siria, aún bajo control de Damasco.
De acuerdo con los servicios de inteligencia occidentales e información publicada por la prensa rusa, Moscú envió a Latakia unos 30 aviones de combate de tipo Sukhoi 25 que pueden volar lentamente y a baja altura, un número no precisado de Sukhoi 30, más rápidos y sofisticados –parecidos a los aviones caza estadunidenses F-15–, unos 15 helicópteros de combate MI-24 y sistemas de defensa aérea, que incluyen misiles tierra-aire y drones.
Aron Lund, investigador de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, afirma en un ensayo publicado en la página web de dicha fundación el pasado 23 de septiembre que, al enterarse de ese despliegue, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se puso de inmediato en contacto con las autoridades rusas para coordinarse con ellas.
Israel, que lanza con cierta frecuencia ataques aéreos en Siria contra las fuerzas del Hezbolá libanés (armadas y financiadas por Irán), que apoyan a Asad, estaba ansioso por evitar “accidentes fortuitos” con la aviación militar rusa.
Lund asegura además que los primeros contactos entre Washington y Moscú con el propósito de evitar incidentes desafortunados se llevaron a cabo mucho antes de ser oficialmente anunciados por Kerry y Lavrov el jueves 1.
El investigador resume muy bien la preocupación de la coalición árabe-occidental: Esta en realidad teme que Moscú busque arrasar no sólo al EI, sino a todos los rebeldes sirios y en particular al Frente al Nusra, aliado de esa misma coalición en la parte noroccidental de Siria.
Lund explica: “El Kremlin tiene razones de sobra para volver aún más confusa la distinción entre rebeldes sirios ‘extremistas’ y ‘moderados’ sobre la que los Estados occidentales fundamentan su estrategia.
“Aun si esa categorización en blanco y negro de la insurrección siria es en gran parte una ficción, sigue siendo una fórmula políticamente indispensable para los países occidentales que desean armar a las fuerzas que luchan contra Asad. Y es precisamente la razón por la que borrar esa distinción bombardeando sistemáticamente a todos los rebeldes en el marco de una intervención antiyihadista puede revelarse como el plan a largo plazo de Putin.”
Y concluye: “Golpear indiscriminadamente a los rebeldes sirios con el pretexto de que pertenecen a Al Qaeda suscitará comentarios indignados en la prensa occidental y árabe. Pero el presidente ruso no busca ganarse los corazones y las mentes a escala internacional, y menos aún de los rebeldes sirios y quienes los financian. La meta que persigue es cambiar radicalmente la correlación de fuerzas en el terreno y aniquilar a golpe de misiles el discurso político occidental”. l








