En noviembre de 1991, Proceso presentó un perfil de la agente literaria del boom latinoamericano, Carmen Balcells, desde el corazón de su emporio en Barcelona, España, y el escritor Vicente Leñero dio a conocer el texto original de lo que en una edición aumentada de 2013 llamó “Las uvas estaban verdes” (Más gente así. Alfaguara). Se trata del encuentro y el desencuentro entre ambos. La autodenominada “peluquera del rey” falleció el lunes 21 a los 85 años.
Me acuerdo muy bien: era el año 1965, por ahí por mayo o junio. Joaquín Díez-Canedo me telefoneó para darme una espléndida noticia, dijo. Ya tenía yo una agente literaria para difundir mis novelas por el mundo, para conseguirme traducciones al inglés, al francés, al italiano…, para colocarme en las mejores editoriales extranjeras ahora que La ciudad y los perros de Vargas Llosa y los libros de Cortázar empezaban a hacer mucho ruido por Europa. Mi agente era una mujer catalana que se llamaba Carmen Balcells. No tenía amplios conocimientos literarios ni experiencia alguna como representante –me advirtió Díez-Canedo–, pero era amiga de Carlos Barral, que había editado mis “Albañiles” en Barcelona, y apoyada por él y por el prestigio de la firma Seix Barral se podía esperar que hiciera algo, ojalá mucho, por los novelistas latinoamericanos que se proponía representar.
Para eso acababa de llegar a México la tal Carmen Balcells: para conocer, afiliar escritores mexicanos a su naciente agencia literaria. Por lo pronto yo ya estaba en su lista. Junto con alguien más que Díez- Canedo no tenía presente en ese momento, yo era de los primeros escritores de México que gozaría de una agente literaria. Un privilegio. Algo de lo que no podían presumir je je –me reí para mis adentros, envanecido–, ni García Ponce, ni Elizondo, ni Carlos Fuentes, ni Garibay. Je je.
Díez-Canedo celebró la presencia de Carmen Balcells en la ciudad con un coctel en el Club Suizo de la Colonia del Valle. Cuando llegué, pasadas las siete de la tarde, el salón era un hervidero de escritores. Entré y busqué. Estela no había llegado aún. Tomaba un curso en el Instituto de Psicoanálisis y había quedado de estar conmigo en la reunión, como lo hacía siempre, apoyadora. Pero no había llegado.
Carmen Balcells ocupaba el foco de atención en la gran sala donde la gente coloquiaba de pie. La cercaba el mundo de escritores que se morían por conocerla, por adularla, por ganar su interés. Ella sonreía a todos, cordialísima, y se dejaba querer, feliz de sentirse tan importante como era para tantos literatos sedientos de celebridad. Me sorprendió su figura. La había imaginado alta y espigada, con aire intelectual, pero era baja y redondita como una ama de casa que de pronto abandona los quehaceres domésticos para irrumpir, sin saber en qué se mete, en el mundo de la intelectualidad.
Díez-Canedo me presentó con ella y ella me saludó felicísima, tuteándome porque yo era uno de sus primeros ahijados y estaba segura de conseguir muchas, muchísimas traducciones para Los albañiles y para Estudio Q, mi nueva novela que acababa de aparecer en Joaquín Mortiz. Díez-Canedo ya le había hablado de Estudio Q, y esa misma noche, en el hotel, empezaría a leerla. Estaba segura –me dijo– que le iba a encantar.
–Cómo no. Esas novelas experimentales son las que interesan en Europa.
–Primero tienes que leerla –le devolví el tuteo.
–Claro, pero yo sé que me va a encantar. Ya me ha platicado Joaquín y estoy segura de que me va a encantar y la vamos a colocar en muchas partes.
Sonrió Carmen Balcells presionando sus cachetes sonrosados que tan simpática la hacían, y sonreí yo trepado en la torre más alta de mis castillos en el aire.
Alguien interrumpió. Luis Guillermo Piazza apareció, inevitable, y yo me replegué a otro sitio del salón abrumado por el alud de escritores que querían conocer y presentarse con la agente catalana.
Me sentía incómodo. Cumplida la tarea principal, de buena gana habría abandonado el coctel, pero Estela no llegaba y yo tenía un hambre terrible.
En una mesa lejana, distante de donde todo mundo departía de pie, descubrí una charola de sangüichitos. Me aproximé. Frente a la charola se hallaba sentado, solitario, un hombre bigotón desconocido para mí. Tenía aire de aburrido y ostensiblemente parecía marginarse del bullicio intelectual que sin duda le incomodaba. Le sonreí para justificar –como quien pide permiso– mi ataque a la charola de sangüichitos, y él inició la plática. De buenas a primeras soltó un par de elogios a Los albañiles y de inmediato se puso a hablar de Graham Greene.
“Ya solamente tú y yo leemos a Greene –me dijo–. A ninguno de éstos les interesa. Son idiotas –y señaló vagamente hacia la concurrencia de escritores.
Me halagó que el bigotón conociera Los albañiles, y el tema de Greene nos prendió en una plática jugosísima. El bigotón había leído todo lo del novelista inglés, desde Historia de una cobardía hasta Los comediantes, y sus comentarios lo delataban como un lector devoto. No me atreví a preguntarle si él también era escritor, pero deduje que sí porque sólo un escritor podía hablar con ese entusiasmo y conocimiento del Greene que yo admiraba entonces con pasión vergonzante: lo leía casi a escondidas porque en aquellos años 60 Greene era un escritor de segunda para nuestra comunidad literaria. Al menos en el Centro de Escritores, García Ponce y Salvador Elizondo chasqueaban la boca con desprecio cuando yo me atrevía a elogiar una novela o un cuento de Greene. Puaff.
Con el pretexto de ir por otro whisky abandoné mi lugar frente a la charola de sangüichitos y busqué a Bernardo Giner.
–Quién es el bigotón aquél –pregunté a Bernardo y señalé la mesita lejana–. Llevo media hora platicando con él y no tengo idea. ¿Es escritor?
–Es Gabriel García Márquez –respondió Bernardo.
¡Claro que yo había leído a García Márquez! Por supuesto. Me fascinaron El coronel no tiene quién le escriba y La mala hora, pero nunca lo había visto en persona, ni siquiera en foto. Qué ignorancia.
Regresé a la charola de sangüichitos para retribuir al bigotón sus elogios a Los albañiles con mis elogios a El coronel…, pero le hice creer que ya desde un principio sabia yo con quién hablaba. Qué ignorancia.
Llegó por fin Estela, la presenté con García Márquez, y al poco tiempo García Márquez propuso que nos fuéramos a otra parte. Descubrí entonces que él también era de los primeros escritores apuntados en la lista de Carmen Balcells, ansioso como cualquiera de internacionalizarse, y para hablar con Carmen, para presionarla y convencerla de nuestros talentos literarios habría que buscar un lugar más aireado, sin tanta gente –dijo García Márquez.
Se levantó para buscar a Mercedes, que andaba platicando por allá, y no le costó esfuerzo raptar a Carmen Balcells, porque la reunión empezaba a apagarse.
Con García Márquez y su cordial Mercedes, con Carmen Balcells y su marido Luis –un hombre que también parecía atolondrado por tanto intelectual– y alguien más que no recuerdo, Estela y yo nos fuimos a cenar al Seps de la avenida Tamaulipas. Media cena nos pasamos Gabriel y yo tijereteando a nuestros colegas escritores, y Carmen Balcells, rozagante siempre, ingenua, felicísima, volvió a declarar su entusiasmo por Estudio Q. Sí. Desde ahora. Ya. Por lo experimental de la novela. Por eso. Sólo por eso.
–Son las novelas que gustan en Europa –repitió Carmen. Y arrojó un dardo a García Márquez: –Ya no quieren temas locales. Eso ya pasó.
–Estás equivocada replicó García Márquez–. Estás muy equivocada, Carmen.
No volví a ver a la Balcells durante su estancia en México. Ella y su marido Luis fueron a conocer Oaxaca, y al mes, desde Barcelona, me escribió para reiterarme su entusiasmo por Estudio Q, que ya había leído, dijo. «Me dio mucho gusto conoceros personalmente a Estela y a ti –remataba su carta–. Espero que el tiempo nos depare una ocasión de encontrarnos nuevamente”.
Le escribí esa vez y alguna más, pero dejé de cartearme con la Balcells en espera de que fuera ella quien me enviara buenas noticias sobre sus gestiones a mis libros. Pasaron meses, meses, y ni una letra.
–Haces mal –me decía García Márquez cuando lo encontraba en el café Tirol de la Zona Rosa–. A Carmen hay que abrumarla con cartas y más cartas. Yo le escribo casi a diario –me decía García Márquez–. La consiento. La apapacho. Le digo a qué gente y a qué editorial tiene que mandar mis libros. Hay que abrumarla –me decía García Márquez–. No hay que dejarla un momento tranquila.
García Márquez no necesitó abrumar por mucho tiempo más a Carmen Balcells. Comí con él y con Ramón Xirau en La Lorraine de la calle San Luis Potosí en 1967, cuando nos entregó para Diálogos un capítulo de Cien años de soledad, recién terminada la novela, en vísperas de viajar a Buenos Aires a enfrentar su explosivo éxito, a propiciar el éxito empresarial de Carmen Balcells que con ese tesoro en las manos se convirtió en la fabulosa agente del “boom” latinoamericano de los años 60.
Estela y yo la reencontramos en el 68, en Barcelona, en el modesto piso que habitaban García Márquez y Mercedes. Los visitamos una noche, y después de cenar en un restorancito que estaba en la parte baja del edificio regresamos arriba para que García Márquez me respondiera qué les sucede a las tripas de un escritor cuando llega una fama así de grandísima.
García Márquez ya no tijereteaba escritores ni hablaba de Graham Greene. Hablaba ahora del alud de cartas de admiración que guardaba “en ese baúl donde estás sentado, Vicente”. Hablaba de su fabuloso encuentro –amor a primera vista– con Julio Cortázar en París. Hablaba.
Llegó Carmen Balcells. Irrumpió elocuente, exuberante, recién llegada de la Feria de Francfort donde había colocado Cien años de soledad en cuanta editorial le llegó al precio. Su figura de ama de casa cachetona y gordita se había transformado en el monumento a una mujer de negocios. La agente literaria non. La representante única del más grande novelista de Latinoamérica.
Estela y yo permanecimos un ratito más presenciando el espectáculo de Gabriel García Márquez y Carmen Balcells devorándose el mundo, y regresamos a nuestro hotel en las Ramblas, luego de que Carmen nos invitó a comer, al día siguiente, para informarme cómo andaban las gestiones de mis libros. Puntuales pasamos por ella a su oficina, en las calles de Urgel, pero desgraciadamente Carmen no iba a poder almorzar con vosotros porque le había caído un compromiso impostergable. Qué lástima. Seguía portándose cordialísima con Estela y conmigo mientras lamentaba la cancelación del almuerzo –tú serás siempre uno de mis escritores consentidos, Vicente, me decía–, pero adoptó un tono grave, empresarial, cuando me entregó una tarjeta, que aún conservo, donde se enlistaban las editoriales extranjeras que habían leído, considerado y finalmente rechazado Los albañiles y Estudio Q.
Me quedé frío. Eran veinticinco editoriales que nada querían saber de mis novelas: Gallimard y Editions du Seuil, de Francia; Gyndendal, de Dinamarca; Kiepenheuer & Witsch, de Alemania; Einaudi y Mondadori, de Italia; Grove Press y Braziller, de Estados Unidos; Czytelnik, de Polonia; Bonniers, de Suecia; Weidenfeld & Nicolson, de Inglaterra; Arcadia, de Portugal. Etcétera. Etcétera.
–Como puedes ver, hemos hecho todo lo posible –trató de sonreír Carmen Balcells–. Tal vez necesitas escribir diferente.
No supe qué decir. Estela, cariñosa, me oprimió el antebrazo.
–A pesar de todo sigo teniendo esperanzas con tus libros –se animó la Balcells–. En Italia hay una nueva editorial, Il Licorno, que parece interesada en Estudio Q.
No volví a ver a mi agente literaria sino hasta octubre de 1970, en Alemania, pero antes recibí una carta donde me informaba que la editorial Il Licorno había dejado de existir.
Como invitado a una gira de escritores latinoamericanos fui a Alemania en el año 70, y en ese viaje conocí a Manuel Puig. Ya relaté el incidente (Proceso, 717): Puig me metió en la cabeza que nada tenía que hacer como pupilo de Carmen Balcells, porque a Carmen Balcells sólo le interesaban los libros de los grandes. Convencido de los razonamientos de Puig, y en un arranque de falsa dignidad –berrinche de escritor ardido, por decirlo de otro modo– rompí con mi agente literaria durante un coctel en Dusseldorf.
Sin duda, mi berrinche no provocó en Carmen más que un disgusto pasajero. Al fin de cuentas qué. Ella había hecho todo el esfuerzo posible. Habían sido aquellas veinticinco editoriales de la lista las que rechazaron mis novelas. Ella no. Ella qué.
Poco después de regresar a México, en abril de 1971, recibí la contestación de Carmen a mi demanda de divorcio literario. En lugar de un reproche escrito me envió un cheque de 500 dólares como anticipo de derechos de autor por Los albañiles, que acababa de contratar en un abrir y cerrar de ojos con la editorial Petru, de Rumania. Tal vez hubiera preferido el reproche. Sentí el acuerdo de traducción al rumano como un bofetón en la cara: Para que veas cómo yo las puedo, cuando quiero…
Muchos años más tarde, ya tranquilizadas las aguas, aproveché un viaje que la periodista Anne Marie Mergier iba a hacer a Europa, pasando por Barcelona, y envié con ella a Carmen un ejemplar de Los periodistas con un autógrafo que pretendí cariñosísimo.
Carmen Balcells reaccionó con generosidad. Me envió un télex a Proceso ofreciéndome hacerse cargo nuevamente de mis libros. Me pedía una lista de las novelas que llevaba escritas hasta entonces, con una relación detallada de las editoriales donde se habían publicado, ¡o traducido!
Pasé por alto la involuntaria ironía del télex, pero escribí la lista y se la envié de inmediato. Como nunca me respondió, decidí olvidarme y me olvidé del asunto ahora sí que para siempre, pensé.
Vi por última vez a Carmen Balcells en 1980, en ocasión de una de aquellas ferias internacionales del libro en el Palacio de Minería. Por no sé qué asunto –supongo que por la presentación de una serie de historietas históricas que Guillermo Schavelzon coeditaba con la SEP– se organizó una cena en el San Angel Inn. Me senté en la mesa que ocupaban Joaquín Díez-Canedo y Carlos Barral, y al término del convivio, cuando me dirigía a los sanitarios, vi avanzar hacia mí la figura redonda y felicísima de una matrona rozagante. No la reconocí hasta que me abrió los brazos y me saludó como a un amigo entrañable.
Intenté dejar el asunto en los lugares comunes de un saludo después de tanto tiempo, pero Carmen Balcells me interrumpió:
–Necesitamos reanudar nuestra historia de amor –me dijo, sonriendo.
Yo también sonreí.
–Quiero volver a manejar tus libros –agregó.
Y cuando yo dije algo así como “Claro, Carmen, encantadísimo”, ella se puso solemne, se distrajo unos segundos para saludar a alguien que la llenaba de signos de admiración, y cuando regresó su mirada a mi rostro concluyó, ahora en tono de gran mujer empresaria:
–Búscame mañana en mi hotel, a ver qué puedo hacer por ti.
Desde luego no la busqué. l








