El punto de partida de los dos relatos paralelos de El incidente (México, 2014) es una carrera a contra-tiempo; el detective Marco (Raúl Méndez) se precipita tras el par de hermanos que se apresuran a escapar por la puerta de emergencia; Sandra (Nailea Norvind) tiene prisa por llegar puntal a la cita con el marido para llevarle a sus dos hijos a pasar las vacaciones. Pero el tiempo los atrapa a todos en espacios imposibles; a los primeros en una escalera de nueve pisos que se repiten sin cesar, y a los otros, en una carretera infinita donde el automóvil en que viajan pasa incesantemente por el mismo lugar.
En El incidente, escrita y dirigida por Isaac Ezban, el verdadero protagonista es el tiempo, una especie de ogro que atrapa a sus criaturas, como al hámster en la rueda (metáfora de la cinta que la cámara impone reiteradamente), y las mira consumirse hasta convertirlas en esqueletos. El tirano tiempo se hace tangible en espacios engañosos por su simplicidad, de escaleras y líneas rectas que, en realidad, son un mero círculo.
En esa dimensión, el tiempo es pura angustia, y los personajes que viven en ese infierno de repeticiones ingenian fórmulas y patrones, primero para tratar de escapar, y luego para vivir la espera. Así, en el universo de la escalera, uno de los hermanos se mantiene en forma subiendo y bajando, o Marco inventa rituales religiosos; en el relato paralelo, el otro Marco construye su refugio a base de gestos y objetos que se repiten. Sea que impere el orden maniaco o la anarquía del alcohol y la basura, en los dos universos las cosas, botellas de agua, comida chatarra, mochilas, ropa, forman montañas; en el fondo, el desconcierto es el mismo. Las cosas no cambian, sólo se acumulan; los seres humanos sí, los consume el tiempo-angustia.
El género de ciencia ficción en el cine mexicano es menos que escaso; Isaac Ezban inaugura una nueva época con un trabajo sólido y bien articulado donde aún privan más las ideas que la complejidad psicológica de los personajes. Pero la lógica de la banda de Moebius, la Penrose, o las imágenes de Escher, que funcionan con rigor matemático gracias al lenguaje de la cámara, el control de planos, por ejemplo el plano holandés (el Dutch Tilt con inclinación de 45 grados), permite que los actores habiten emocionalmente a sus personajes. El realizador invita a observar a sus criaturas atrapadas en laberintos fascinantes, todo dentro de un laboratorio.
No importan los motivos profundos, o cómo llegaron los personajes a esos momentos de crisis; lo que el espectador difícilmente podrá olvidar es la desesperación en la que caen y la compulsión con la que se adaptan a su laberinto de repeticiones.
El camino de la ciencia ficción que Ezban elige no es el de la evasión, utopía o distopía, sino el del lugar mental de la angustia para reflejar el caos y el miedo social y político de este momento.








