Aún cuando se presentó como catálogo, el libro Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos, es más bien una publicación paralela que, al mismo tiempo, redime y enfatiza las debilidades de la muestra del mismo título que se presenta hasta el domingo 27 en el Museo del Palacio de Bellas Artes.
Integrado con textos de 12 especialistas de quienes no se mencionan sus datos curriculares, el libro –presentado el pasado 19 de agosto y a la venta únicamente en el interior de la exposición– recuerda tanto la inexacta publicidad de la muestra, como la seriedad de los investigadores en arte virreinal del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes con el apoyo de la Fundación Mary Street Jenkins y Los Amigos del Museo del Palacio de Bellas Artes A.C., el catálogo se divide en cuatro secciones correspondientes a: textos curatoriales; Miguel Ángel y su obra en Italia –al margen de la exposición–; la maniera de Miguel Ángel en la Nueva España y el México Independiente; y comentarios breves sobre algunas obras en exhibición.
Curada por el italiano Francesco Buranelli y el español Luis Javier Cuesta, la muestra destacó negativamente por dos aspectos principales: la debilidad del concepto curatorial y la carencia de obras significativas de Miguel Ángel. Forzado en su afán de vincular la maniera miguelangelesca con la iconografía virreinal, la narrativa curatorial no sólo evadió contextualizar la presencia y significado de las manieras renacentistas en la creación de la Nueva España sino que, también, acotó a un solo artista los manierismos novohispanos tan estudiados por el historiador del IIE Jorge Alberto Manrique. ¿En qué criterios se basaron los curadores para afirmar, en la cédula de sala, que la escultura de San Sebastián (anónimo siglo XVIII) que se encuentra en la Parroquia de San Bernardino de Siena en Xochimilco, evidencia la maniera específica de Buonarroti en el arte virreinal?
Un aspecto valioso de los textos escritos por los investigadores del IIE, es su atrevimiento a señalar los problemas que plantea el estudio del impacto de Miguel Ángel en La Nueva España. Clara Bargellini, Martha Fernández y Rogelio Ruiz Gomar mencionan que el italiano fue conocido únicamente por fuentes indirectas. Por lo mismo, señala Fernández, las obras que remiten a su manera son lecturas que “adaptaron el gusto artístico y cultural de la región”.
En lo que se refiere a la pintura, Ruiz Gomar afirma que los ecos miguelangelescos requieren un estudio “más cuidadoso” y, con rigor académico, define su aportación en el catálogo como un intento de reconstrucción incompleto con sugerencias imposibles de comprobar. Es interesante que estos planteamientos se contradicen con las afirmaciones contundentes y eurocentristas de las cédulas de sala de la exhibición.
Y por último la escultura. Un capítulo abordado por Bargellini, quien acota la exposición a dos piezas “problemáticas”: el inacabado David Apolo (1532-1534), y el Cristo Giustiniani o Portacroce que, al ser abandonado por el maestro, fue víctima de varias intervenciones.
Diseñada más como un evento publicitario que como una experiencia artística, la exposición Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos, se inserta en lo que se ha considerado un nuevo modelo de kitsch: productos que ofrecen un arte aparente, y que están dirigidos a un público ávido de vivenciar el fenómeno artístico.








