Uno de los guerrilleros sobrevivientes, Raúl Florencio Lugo Hernández, decidió poner por escrito sus experiencias de aquellos días, desde su incorporación al grupo de Arturo Gámiz y Pablo Gómez hasta el fatídico 23 de septiembre, pasando por un ataque –previo y exitoso– a un cuartel de la policía judicial rural. Elaboró ese trabajo mientras estaba preso en Lecumberri. El resultado: El asalto al cuartel de Ciudad Madera. Testimonio de un sobreviviente. Aquí se publica un resumen del libro, realizado por el propio autor en septiembre de 2015.
La guerrilla en la sierra de Chihuahua surgió como respuesta a la violencia ejercida por el gobierno contra líderes y luchadores sociales que, desde años antes, habían enarbolado las banderas de las necesidades de campesinos, obreros y estudiantes: el profesor Francisco Luján Adame (asesinado en 1959), don Rosendo Gaytán Valdez y Carlos Ríos. Después, el doctor Pablo Gómez Ramírez, el profesor Arturo Gámiz García, Álvaro Ríos Ramírez, Óscar González Eguiarte, los hermanos Rodríguez Ford, los hermanos Gaytán Aguirre, entre muchos otros que participaron de manera decidida en la lucha legal a favor de los más necesitados.
La represión del gobierno y los latifundistas contra Arturo Gámiz, Pablo Gómez, Óscar González o los hermanos Rodríguez Ford arreció a partir de la quema de un templete en la ciudad de Chihuahua, donde se presentaría Gustavo Díaz Ordaz, entonces candidato a la Presidencia.
Poco después, Salomón Gaytán Aguirre y Antonio Scobell Gaytán, (previo acuerdo con el profesor Gámiz) ajusticiaron al cacique Florentino Ibarra y se remontaron a la sierra. Para entonces Gámiz estaba detenido en la capital chihuahuense. Cuando salió de la cárcel, sabiendo los riesgos que corría si se quedaba en la ciudad, decidió trasladarse a la sierra para reunirse con Salomón y Antonio; entonces se inició el movimiento armado revolucionario en la sierra de Chihuahua.
Pensando que podría ser una salida a la precaria situación económica por la que atravesaba mi familia, empecé participando en un grupo de solicitantes de tierra en Nuevo Casas Grandes, Chihuahua. Nos asesoraban miembros de la Unión General de Obreros y Campesinos de México.
En uno de los encuentros estudiantiles en la sierra, convocados por Arturo Gámiz, se acordó la creación de Clubes de la Juventud Trabajadora. En Nuevo Casas Grandes se formó uno y fue allí donde tuve acceso a la literatura revolucionaria.
Gámiz les pidió a los compañeros de la ciudad que le enviaran gente para fortalecer al grupo guerrillero; de Nuevo Casas Grandes salió rumbo a la sierra un grupo de siete compañeros, entre quienes estaba yo.
En Ciudad Madera hicimos contacto con Guadalupe Scobell, quien nos llevó a un lugar de la sierra donde nos esperaban Salomón y Antonio. Después de varios días de intensa caminata llegamos a otro punto donde estaban Gámiz y Margarito González.
Tiempo después llegó a nuestro grupo un estudiante que tuvo que remontarse a la sierra para evitar ser detenido por las autoridades, debido a su actividad en el movimiento social revolucionario. Tras ser detenido y torturado por judiciales rurales, Juan Antonio Gaytán también decidió incorporarse a nuestro grupo. Así fue como el Grupo Popular Guerrillero llegó a contar con 15 guerrilleros: Arturo Gámiz, Salomón Gaytán, Antonio Scobell, Juan Antonio Gaytán, Ramón Mendoza, Margarito González, los seis compañeros de Nuevo Casas Grandes y yo, más un campesino a quien le decíamos El Güero y el estudiante universitario.
Crear condiciones
Las condiciones objetivas para el desarrollo de la lucha armada existían, pero era necesario crear las subjetivas, por lo que el Grupo Popular Guerrillero daba prioridad a la politización y concientización de la gente.
Sin embargo, el primer enfrentamiento con las fuerzas enemigas se dio cuando fuimos emboscados por un grupo de la judicial rural, comandado por Rito Caldera Samudio, quien torturaba campesinos para recabar información respecto a nuestra ubicación. Estos hechos nos hicieron reflexionar y decidimos pasar al plano de la ofensiva, para demostrarle al pueblo que por nuestras ideas y nuestra convicción revolucionaria estábamos comprometidos a dar la batalla hasta sus últimas consecuencias; también para demostrarle al enemigo que la guerra estaba declarada y sería una lucha a muerte.
Empezamos a planear una acción militar contra la judicial rural, que consistía en un ataque sorpresa en su cuartel, en el pueblo de Dolores, en una casa propiedad de los caciques Ibarra. En esos días nuestras fuerzas eran de seis compañeros armados con un M-1, tres 30-30 y dos 7 mm.
Era de madrugada cuando sitiamos la casa. El ataque duró 30 minutos aproximadamente; El Güero, protegido por Salomón, Juan Antonio y Arturo, corrió hasta la puerta de la casa, la abrió a balazos y arrojó al interior una bomba molotov. Los judiciales se rindieron; los trasladamos hasta el centro del poblado, donde fue fusilado el jefe del grupo, Rito Caldera.
En ese momento pensé que no era conveniente llevar a cabo el fusilamiento y le pedí al profesor que le perdonara la vida. Hubo una breve discusión, porque Salomón decía que mi petición rompía con el plan; a final de cuentas no se llevó a cabo la ejecución pero, sin lugar a duda, política y militarmente la acción revolucionaria fue para nosotros un triunfo muy importante.
Bajas
Las condiciones de lucha eran de mucho sacrificio debido a la falta de control del territorio y la escasez de logística para el desempeño de las actividades propias de la guerrilla, lo cual fue minando la voluntad de algunos compañeros. Al poco tiempo de haber ingresado a la guerrilla, del grupo de los siete procedentes de Nuevo Casas Grandes, cuatro pidieron ser dados de baja, lo cual se les concedió, previa advertencia de lo que les podía pasar en caso de caer en manos de las fuerzas represivas. Días después también pidieron su baja los otros dos compañeros.
El estudiante, que había sido perseguido por las autoridades por su actividad en la lucha social, dentro y fuera de la universidad, a los tres días de estar en el grupo tuvo que ser dado de baja y fue trasladado de nuevo a la ciudad, por no aguantar el ritmo de la guerrilla. El Güero también pidió su salida del grupo, argumentando problemas familiares.
Gámiz y Salomón, considerando que era yo el menos identificado del grupo, decidieron enviarme a la ciudad de Chihuahua. La encomienda que llevaba era recabar información referente a la situación política, solicitar ayuda económica o en especie, es decir armas, balas, ropa calzado y alimentos.
Bajé de la sierra acompañado por un indígena pima, hasta llegar a Ciudad Madera; de allí me trasladé a la capital del estado. Llegando a la ciudad me dirigí a casa de la compañera Guadalupe Jacott, donde permanecí varios días. Hice contacto con algunos compañeros de la red urbana y les di a conocer el motivo de mi estancia en la ciudad. Estuvieron de acuerdo respecto a la solicitud de apoyo logístico. Poco después regresó el compañero Óscar González y me informó que Gámiz había tomado la decisión de bajar de la sierra a todo el grupo. El hecho de que algunos compañeros habían pedido su baja originó que se tomara la decisión de reclutar más elementos y llevar a cabo un entrenamiento político-militar.
En grupos pequeños nos fuimos trasladando a la Ciudad de México. Se dio inicio a los cursos ideológico-político-militares. Las prácticas de campamento, tiro al blanco, fabricación de granadas caseras, mantenimiento y limpieza de armas, se llevaron a cabo en unos cerros cercanos a Santa Martha Acatitla. En el entrenamiento también participaron las compañeras Jacott, Mélida Terrazas y Lola Gámiz, hermana de Arturo.
Días después de iniciada la práctica llegaron al grupo el doctor Gómez y otros compañeros. También llegó el capitán retirado Lorenzo Cárdenas Barajas, quien supuestamente nos daría entrenamiento militar; la deficiencia en la enseñanza teórica que éste nos proporcionaba nos hizo dudar de su honestidad; tiempo después comprobamos que había sido infiltrado en nuestro grupo y que delató, en parte, los planes del Grupo Popular Guerrillero.
Luego de terminar los cursos de capacitación se tomó la decisión de regresar a Chihuahua; lo hicimos en grupos pequeños. De la ciudad capital partimos a Ciudad Madera.
El grupo principal, en el que yo me encontraba, llegó –en un camión maderero que habíamos secuestrado– a un lugar cercano a Ciudad Madera, donde acampamos y a donde deberían llegar otros dos grupos: uno que había sido enviado a la ciudad a recabar información; el otro, compuesto por Salvador y Juan Antonio Gaytán, que habían sido comisionados para subir a la sierra y traer las armas que había dejado allá el Grupo Popular Guerrillero.
El asalto al cuartel estaba programado para el 15 de septiembre, pero por problemas de último momento y por la espera de la llegada de los otros grupos, la acción se pospuso. Gámiz envió a dos compañeros a la ciudad y la información que recabaron fue que la tropa había sido reforzada y que en el cuartel había más de 100 soldados. El día 22, Gámiz tomo la decisión de llevar a cabo el asalto la madrugada del 23 de septiembre.
El doctor Gómez le pidió que reflexionara sobre su decisión y le propuso buscar alternativas donde el grupo tuviera más posibilidades de triunfo; el profesor contestó que no. “El asalto se va a llevar a cabo –dijo–. Si ganamos, qué bueno; si perdemos, ni modo. Pero tenemos que dar un golpe espectacular para que los chihuahuenses y todos los mexicanos se den cuenta de lo que está sucediendo aquí”. José Juan Fernández le insistió a Arturo en que reflexionara sobre su decisión; el profesor le dijo: “¿Tienes miedo?” Luego le ordenó: “Tú te vas a encargar de cuidar al chofer y al camión con el resto del equipo”.
El asalto se programó de la siguiente manera: hacia el norte, en la casa redonda, el grupo formado por Óscar Sandoval, Rafael Martínez Valdivia, Guadalupe Scobell y yo. Hacia el sur, rumbo a la entrada a la ciudad, el doctor Pablo Gómez, Emilio Gámiz, Antonio Scobell y Miguel Quiñones. Hacia el este, en el terraplén de las vías del ferrocarril, Arturo Gámiz, Salomón Gaytán y Ramón Mendoza. Hacia el suroeste, en la casa Pacheco, Francisco Ornelas. En algún lugar, para mí desconocido, José Juan Fernández cuidando el camión maderero en el que nos iríamos, en caso de triunfo. La voz de ataque sería el primer disparo; la voz de retirada era la palabra “águila”.
Se escuchó el primer disparo. La balacera se generalizó y en pocos momentos empezaron a caer combatientes de ambos bandos. En medio del estruendo del combate, alcancé a escuchar la voz de retirada; se los hice saber a mis compañeros, pero Rafael Martínez me contestó que no era la voz de retirada, que tal vez había sido el grito de dolor de algún soldado que había caído herido. En ese instante, un grupo de soldados corrió hacia donde estábamos nosotros, llegando hasta el otro lado de la barda que nos servía de parapeto.
Escuché más disparos, pero venían del lado contrario, es decir, a nuestras espaldas. El primero en caer fue el compañero Óscar Sandoval. Rafael Martínez trataba de encender la mecha de una granada para lanzarla a los soldados que habían llegado del cuartel a la barda y en ese momento fue alcanzado por las balas de los soldados que nos estaban cercando. “Ya me dieron”, dijo, y cayó muerto.
En ese instante, a la altura de la cintura sentí el impacto de una bala que, por suerte, pegó en un cargador extra del 30-06 que portaba. La bala y esquirlas del cargador penetraron en mi cuerpo, pero me sobrepuse al golpe y pude continuar de pie. Hablé con Lupito Scobell para hacerle saber lo absurdo de nuestra permanencia en el lugar, pero me respondió con valentía: “Aquí nos lleva la chingada, pero no abandonamos el combate”.
Insistí, haciéndole saber mi decisión de tratar de romper el cerco. Hice unos disparos logrando replegar a los soldados; corrí lo más que pude, luego me detuve para proteger la salida de Lupito, pero me di cuenta de que ya no se encontraba en el lugar.
Así terminó aquella batalla, con un saldo de ocho guerrilleros muertos y cinco sobrevivientes. También murieron seis soldados, según el reporte oficial. l








