En septiembre de 2005 el Comité Primeros Vientos (integrado por familiares de los guerrilleros caídos) organizó un foro a 40 años del asalto al cuartel de Madera. Ahí, Alma Gómez, hija de Pablo Gómez Ramírez, leyó el texto “Mujeres de Madera”, del cual se ofrece aquí un fragmento.
Durante los últimos 40 años hemos hablado con orgullo de nuestros muertos, los hemos calificado como revolucionarios, la escala máxima de la especie humana; mantenido vivo su recuerdo, pregonado las motivaciones y justeza de su lucha, el análisis de su pensamiento a la luz de la teoría revolucionaria, su ubicación en el contexto mundial y latinoamericano, la trascendencia de su lucha en el México actual, el legado histórico que dejaron, su inserción en la modernidad a través de internet, etcétera.
Doña Herculana Adame no es sólo la madre abnegada y amorosa de Matías. Es la mujer consciente que le grita a su hijo preso por participar en las invasiones de tierra: “¡Hijo, primero muerto que dejar de ser hombre!”. Es la mujer que, con lenguaje claro, profundo y vehemente, hablaba en aquel mitin en Saucillo en 1964, explicando cómo l@s campesin@s producían riqueza con su trabajo en las tierras de los latifundistas, mientras estos se coluden con autoridades, policía e Iglesia para mantener su poder contra los más pobres. En ese mitin las estudiantes de la Normal Rural para mujeres, Ricardo Flores Magón, fuimos agredidas con huevos, palos, víboras y gases por una turba de jóvenes envenenados por el clero y los caciques.
¿Quién habla de doña Albertina Gaytán Aguirre? Campesina que no sólo es la madre de Antonio y Lupito Scobell, uno muerto en Madera y el otro fusilado por el Ejército en Tepozaco, Sonora, en 1968, sino que además acompañó la lucha de los pobladores de Cebadilla de Dolores, del municipio de Madera, por la tierra, la democracia y la dignidad, junto con doña Aurelia Aguirre Ramos, madre de Salomón y Juan Antonio.
Doña Elodia García, madre de Arturo y Emilio, que no quiso identificar el cadáver de Arturo para que siguiera cabalgando y ganando batallas como el Cid, después de muerto. Doña Elodia buscó, junto con otras madres, a Jacobo, su otro hijo, desaparecido en 1974, y acompañó en el exilio a Lolita y Amalia, sus hijas presas por participar en la guerrilla de los setenta.
Doña Loreto Ramírez Uranga, mi abuela, mujer humilde, campesina analfabeta que se vanagloriaba de que su hijo Pablo murió luchando por lo que creía.
Doña Consuelo Salinas Domínguez, que en silencio, con entereza y orgullo sobrellevó la muerte de Óscar, posteriormente la lesión de Héctor en la agresión de los rurales a una manifestación, mejor conocida como la Batalla del Chuvíscar, que a decir de la gente fue la única que ganó Giner en su vida de general. Por si fuera poco, la muerte accidental de Jaime, que empezaba a destacar en la lucha política. Doña Consuelo tuvo oportunidad de irse del país, buscar la seguridad para su familia y decidieron quedarse en México; le apostaron a la educación, que en esos años significaba participación política y represión.
Doña Carmen Torres Olivas, mujer templada que le daba a Ramón una gran fuerza moral, le decía que no cambiara sus convicciones y que luchara por ellas a costa de lo que fuera.
Quien conoció a doña Refugio Pedroza Reyes, madre de Miguel, sabe que las cualidades que lo distinguieron: amor al conocimiento, humildad, dedicación, cultura, modestia, responsabilidad, son fruto de su ejemplo.
Doña Celestina Hernández, madre de Florencio Lugo, sobreviviente herido del asalto, que en silencio, orgullosa, sufrió posteriormente la clandestinidad y prisión de su hijo en Lecumberri y Santa Martha Acatitla.
Qué difícil decisión tomó mi padre para dejar a su esposa, sus cinco hijos, su profesión y tomar las armas. Yo misma me he preguntado las razones. Fue la fuerza de sus convicciones y el deseo de dejarnos un mundo mejor, pero además su decisión estuvo fundada en la certeza de que tenía por esposa a una mujer inteligente, valiente y rebelde, en quien podía dejar no sólo la responsabilidad de nuestro futuro, sino la continuidad de su lucha.
Y así fue. Doña Alma Caballero Talamantes cumplió no sólo como madre, sino que alentó y apoyó nuestra autonomía y participación política; resistió con entereza su secuestro a manos de la Brigada Blanca; luchó por mi libertad en los años que permanecí en Santa Martha Acatitla por pertenecer al Movimiento de Acción Revolucionaria; fundó escuelas en colonias proletarias: la Francisco Villa y la Salvador Allende; fue maestra disidente y sigue pendiente de lo que acontece en el país para seguir luchando.
El movimiento campesino, estudiantil y magisterial de los años sesenta tuvo en sus filas a decenas de mujeres que participaron libre y conscientemente en la toma de decisiones, en los encuentros, las marchas, las protestas, las invasiones. Mujeres organizadoras, mensajeras, dirigentes, proveedoras. Algunas encarceladas, pero todas dejamos constancia de nuestro derecho a ser agentes de la historia: Glicelba Morales, Estela Salado, Mélida y Carmen Terrazas, Guadalupe Jacott, Clara Elena Gutiérrez, Silvina Rodríguez, Rosalba y Nereida Abarca, Lucila Ochoa, Trinidad Erives, Amparo Osollo, Lucina Alvarado, Socorro Olivas, Marcia Moreno, Manuelita Elías, María Elena Jara, Francisca y Margarita Urías, Irma Campos, Dolores Carrasco, Gloria Juárez, Martha Cecilia Ornelas y tantas más.
Doña Refugio Carrasco, que durante la vida que compartió con Raúl Gómez Ramírez fue un auténtico refugio para l@s luchador@s; en su casa siempre hubo un plato de comida lo mismo para sus sobrin@s e hij@s, que para campesinos, dirigentes, maestr@s y guerriller@s.
Judith Reyes que escribió con su participación la historia y también la cantó. Militante de las luchas agrarias en Chihuahua y del Frente Electoral del Pueblo. Compositora y cantante a través del corrido como manifestación artística contra la opresión.
Belem Millán que en abril de 1965, en Zaragoza, en viernes santo, enfrentó con su esposo Secundino López e hijos a un grupo de ricos y autoridades, armados hasta los dientes, que dinamitaron y quemaron su casa para presionarlos a que dejaran la tierra que desde años atrás cultivaban. Belem, o la Tía, como le decíamos cariñosamente los clandestinos de las organizaciones armadas de los años setenta, en cuya casa encontramos siempre un lugar donde dormir y un plato de comida en la mesa.
Estela Quiñones, Evangelina Prieto, Rosa Ornelas, Alma Caballero y yo, que rodeadas y encañonadas por los soldados, en noviembre de 1965, limpiamos y pusimos flores en la tumba de los guerrilleros.
Después del 65 las historias de lucha y rebeldía continuaron y ahí estuvieron otras mujeres: Gloria Ponce, Laurita Saldívar, Alicia Merino, todas doñas, doñas vestidas de dignidad, madres del nuevo amanecer. l








