Renovarse para empeorar

Guadalajara se ha venido descomponiendo a pasos agigantados en las últimas tres o cuatro décadas. Para desgracia de “la clara ciudad”, como llamara Agustín Yáñez a su tierra nativa, la descompostura de ésta abarca casi todos los aspectos: la fisonomía urbana, la seguridad, el uso de suelo, la vialidad, la actividad comercial, el aseo público, los espacios de recreo y esparcimiento… Y esta sostenida tendencia al empeoramiento se ha venido dando por los cuatro puntos cardinales y no sólo en un solo punto en específico, aun cuando bien se podría afirmar que el primer cuadro de la ciudad parece ser –y por mucho– la demarcación más desfigurada y jodida, con una disculpa de quien esto escribe por su mal francés.

Aun cuando Guadalajara había venido perdiendo inmuebles patrimoniales a lo largo de la primera mitad del siglo XX y que dichas pérdidas alcanzaron sus cuotas más altas durante el sexenio “modernizador” y sobre todo depredador de Jesús González Gallo (1947-1953), a pesar de todo la capital de Jalisco pudo conservar una buena fisonomía hasta finales de los años setenta, antes de que autoridades estatales y municipales discurrieron, con un pésimo tino y sin descartar el móvil de la codicia de funcionarios y desarrolladores, dizque “adecentar” el centro tapatío, específicamente las 14 manzanas que iban de la parte posterior del teatro Degollado al frente del antiguo Hospicio Cabañas.

El resultado fue la desaparición de un apreciable y vital conjunto urbano que, en apenas tres años (de 1979 a 1982), fue borrado del mapa y sustituido por la actual plaza Tapatía, una desafortunada combinación de construcciones de nula calidad arquitectónica y que por cierto de “plaza” sólo tiene el nombre, pues a más de tres décadas de haber sido inaugurada, nunca ha pasado de ser un implante muerto, cuya gangrena urbana muy pronto comenzó a extenderse por los alrededores: el barrio y el mercado de San Juan de Dios; los contornos del parque Morelos; el otrora efervescente corredor de la calzada Independencia, que abarcaba desde el mencionado parque hasta el del Agua Azul y cuya vitalidad no cejaba ni de día ni de noche, con todo tipo de giros comerciales.

Junto con la degradación arquitectónica y urbanística que trajo consigo la plaza tapatía, vino aparejada la restricción de la vida nocturna de San Juan de Dios y la decadencia de toda la zona, una decadencia que, muy lejos de que se haya detenido en algún momento, se ha agravado lo mismo por la falta de visión o las intervenciones equivocadas de las autoridades de la comarca que por catástrofes como las explosiones del 22 de abril de 1992, esta última provocada también por el descuido y la indolencia criminal de nuestros dizque “servidores públicos”. Vale decir que, aparte de la abultada pérdida en vidas humanas, los ocho kilómetros de calles y casas destruidas en el Sector Reforma fueron sustituidos por construcciones de ínfima calidad, tanto por los materiales utilizados como por la fisonomía que resultó en el acabado de los nuevos inmuebles.

Hacia mediados de los ochenta, cuando el entonces gobernador Enrique Álvarez del Castillo decidió trasladar el grueso de las actividades de la central tapatía de autobuses foráneos hacia el extremo oriente de la ciudad, en los límites de Tlaquepaque y Tonalá, a quererlo o no, con ello terminó dándole un golpe mortal a toda la actividad comercial del área comprendida entre Analco y el Agua Azul, convirtiendo esa demarcación en una zona deprimida, en la cual lo único que ha prosperado desde entonces es la venta de autopartes, buena parte de ellas de muy dudosa procedencia, por no decir que robadas, particularmente por calles como Los Ángeles y 5 de Febrero, rúa ésta a la que la sabiduría popular tapatía ha rebautizado con el nombre de “Cinco del Ratero”.

Disfrazada de tendencia renovadora, desde finales de los setenta la necrosis urbana se siguió extendiendo por diversas zonas de la ciudad y encabezada lo mismo por especuladores inmobiliarios que por representantes de instituciones culturales como la Universidad de Guadalajara. Los jeques de la UdeG no sólo demolieron, a finales de 1980, una de las fincas patrimoniales y de mejor ver con que contaba dicha casa de estudios (el edificio paralelo al del Paraninfo), sino que en pocos años, ya en la rectoría del enquistado mandamás de la UdeG (¿eres tú, Raúl?) comenzaron a descomponer varios de los campi más agraciados de la misma institución, comenzando por el de Ciencias Sociales y Humanidades, en la zona de la Normal, con el añadido de edificaciones chafas en las generosas áreas ajardinadas, y siguiendo con el Tecnológico (el actual CUCEI), donde un plantel tan noble como la antigua Escuela Vocacional fue deformado impunemente, con la desafortunada transformación de su fachada original y el añadido de un tímpano postizo.

Entre los parques públicos descompuestos y cercenados destaca un par de casos: el Mirador Independencia, en el bordo de la Barranca de Huentitán el Bajo, y el parque de la Revolución. Este último se jodió para siempre con la estación Juárez II del Tren Ligero, obra encomendada al pretencioso arquitecto tapatío Fernando González Gortázar, quien, aparte de diezmar severamente el arbolado y las áreas verdes, construyó un par de feos tejabanes en la parte central de dicho parque. En cuanto al Mirador Independencia, la mitad de su superficie fue cercenada –por acuerdo de cabildo, cuando presidía el ayuntamiento de Guadalajara el panista Alfonso Petersen Farah, acuerdo que fue ratificado poco después por el alcalde priista Aristóteles Sandoval– para destinar la parte mutilada del parque primero al fallido proyecto del Museo Guggenheim de Guadalajara y después a otra casa de las musas nonata: el llamado Barranca Museo de Arte Contemporáneo y Moderno, que aun cuando no se ha construido (y como dijo Don Teofilito…), sigue sin reintegrarle a los visitantes de dicho parque el terreno que se les carranceó.

Con la llegada de los panistas a los principales cargos de gobierno de la comarca, ésta se ha seguido descomponiendo con todo tipo de obras: puentes vehiculares, nodos viales, pasos a desnivel elevados; la conversión del estacionamiento subterráneo de la plaza Guadalajara en reducto de vendedores ambulantes; la edificación de un malogrado complejo habitacional (la Villa Panamericana) en una zona de alta fragilidad ambiental (el Bajío de Zapopan), luego de depredar en vano los alrededores del parque Morelos.

En cuanto al sector público y otras fuerzas vivas de la comarca, han desplegado una plaga de anuncios espectaculares, han talado árboles a mansalva y han desaparecido o desfigurado fincas valiosas de la vieja Guadalajara para adaptarlas como tiendas de conveniencia. Y todo ello con la complacencia o hasta la compli$idad (ojo, no es falta de ortografía) de funcionarios lo mismo del ámbito municipal que de dizque custodios del patrimonio cultural.

La Iglesia católica tapatía también ha contribuido al desfiguro de Guadalajara. Primero retirando el altar mayor de la catedral, y más recientemente con la construcción de un adefesio en el viento sur de la ciudad: el llamado Santuario de los Mártires, una estramancia monumental que, por donde quiere que se la vea, parece muchas cosas, menos lo que pretende ser: ejemplo de gran arquitectura religiosa. Quien recorre el Periférico Sur tiene la certeza de estar viendo, primero, una extraña nave industrial encaramada sobre un cerro; después una suerte de telescopio mal hecho que se va desplegando con el recorrido del espectador, para luego convertirse en una inflada barriga al aire. Desde otras perspectivas, el que se anuncia como el templo cristiano con mayor capacidad en el orbe, semeja a un escarabajo estercolero.

Así se ha ido desfigurando Guadalajara, que parece haber seguido una consigna que raya en el suicidio urbano: renovarse para empeorar.  l