“A la cañería, el poco o mediano prestigio de Virgilio Andrade”

Señor director:

Permítame publicar los siguientes comentarios sobre Virgilio Andrade –con maestría en Administración y Políticas Públicas en la Universidad de Columbia–, quien el 3 de febrero del 2015 fue nombrado secretario de la Función Pública por el presidente Enrique Peña Nieto, con el primer encargo de investigar los conflictos de interés de su jefe –el mismo que lo nombró–, de la esposa de su jefe y del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en la adquisición de casas de la firma constructora HIGA.

Esto, a pesar de que el presidente de la República –según nuestra Constitución– no puede ser enjuiciado más que por traición a la patria y otros delitos graves, de manera que cualquiera fuese el resultado de la investigación carecería de alguna pena consecuente –en caso de culpabilidad–. Lo cual nos lleva a la pregunta obvia: ¿Qué se buscaba lograr con esta investigación?

Sabemos que la opinión pública dio su veredicto desde que Carmen Aristegui y la revista Proceso sacaron a la luz el ya famoso tema de la Casa Blanca. Tal veredicto fue de culpabilidad, reflejado en el 80% de los encuestados por diferentes medios de medición. Es de esperarse, entonces, que el propósito de dicha investigación era combatir –precisamente– las encuestas que han destrozado la credibilidad del señor Peña Nieto.

El 21 de agosto del mismo año, Virgilio Andrade presentó los resultados, confirmando que ninguna de las tres personas mencionadas incurrieron en conflicto de interés.

¿Se cumplió el objetivo? ¿Se redujo la cantidad de mexicanos que culpan a Peña Nieto de corrupción? La respuesta era también obvia. Considerando ochenta y tantos años de priismo y 12 de panismo, el veredicto permanece intacto: prácticas corruptas de los funcionarios del más alto nivel.

Pero todo esto pareciese descubrir el hilo negro… Nada nuevo: ¿Un presidente mexicano corrupto? ¿Un país incapaz de controlar la corrupción de sus dirigentes?

El asunto que realmente nos ocupa es qué reflexión, qué iniciativa, qué coacción, que mecanismo mental lleva a un académico a dilapidar un prestigio bueno o regular de esa manera. Hoy Virgilio Andrade es la nueva caricatura del pueblo mexicano. Su poco o mediano prestigio se fue por la cañería. ¿Sería tan ingenuo el licenciado Andrade para creer que su poco o mediano prestigio abatiría el consolidado escepticismo mexicano? ¿Acaso quiso copiar al padre –cuando éste representó a Carlos Romero Deschamps– defendiendo lo indefendible?

Hay algo que me aterra de la humanidad cuando trato de comprender casos como este; viene a mí la dantesca imagen de aquel militar nazi encargado de un campo de concentración que tenía su casa al lado del mismo, donde vivían su esposa e hijos, y que todos los días se sentaba a la mesa con su familia y exhortaba a sus miembros a ser buenos y justos, cuando horas antes había dado órdenes de ejecutar a prisioneros torturados judíos.

¿Opera la misma disociación cognitiva en Virgilio Andrade que en el militar nazi? ¿Acaso el licenciado Andrade piensa que el comportamiento ético puede dividirse según la ocasión?

Eso sólo podrá contestarlo él, pero la historia acuñó otro insensato.

Atentamente

Ernesto Felipe Villacorta Olivares