El México de sus amores y, a un tiempo, de sus dolores, que la retratística cinematográfica de Arturo Ripstein ha plasmado durante 50 años con medio centenar de cintas, enmarca la mirada fiel de un director implacable cuya exitosa carrera le será reconocida en la 72 Mostra Internacional de Cinema de Venezia este jueves 10. Ahí estrenará La calle de la amargura, su más reciente película en blanco y negro. “Todo lo que he visto es México, para bien o para mal”, afirma en entrevista.
Cuando al célebre cineasta mexicano Arturo Ripstein le informaron que se le rendiría un homenaje por sus 50 años de trayectoria cinematográfica en la 72 edición de la Mostra Internacional de Cinema de Venezia, confiesa que se puso muy contento, cuando se sabe que no es afecto a las reverencias:
“Al momento de que me enviaron la carta, me emocioné. No soy quién para rechazar este tipo de actos a estas alturas. ¡Lo agradezco enormemente!”
La Bienal le entregará un reconocimiento especial el jueves 10, a las 10 de la noche, horario de Italia, en la Sala Grande, antes de que se proyecte su nuevo largometraje La calle de la amargura fuera de competencia, por lo que será el estreno internacional del filme.
Es una historia original de su esposa Paz Alicia García Diego, quien también escribió el guión. Él y ella llevan más de 30 años de colaboración.
“Me fascinó el texto cinematográfico. Era paradójico, singular y doloroso, como son los guiones de Paz”, manifiesta en entrevista con Proceso antes de salir rumbo a Venencia.
También en charla con este semanario, García Diego destaca que está bastante satisfecha con La calle de la amargura. Y al preguntarle sobre el reconocimiento a su esposo, organizado por la Muestra de Venencia (que inició el miércoles 2 y finaliza el sábado 12), prefiere que el mismo realizador de más de 50 cintas, entre cortometraje y largometraje, del género documental y ficción, hable al respecto. Y da paso a que intervenga.
“Me satisface y me da gusto que un festival tan importante a nivel mundial como lo es el de Venecia, se fije en mí”, complementa el también director de El castillo de la pureza, Profundo carmesí y El imperio de la fortuna, entre otras películas.
Romance veneciano
El titular de La Muestra Internacional de Cine de Venencia, Alberto Barbera, ubica a Ripstein, según un boletín del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), de la siguiente manera:
“Es el más vital, tenaz y original director de la generación que hizo su debut a mediados de los sesenta, heredero de la época de oro del cine mexicano y precursor de la nueva generación de autores contemporáneos como Carlos Reygadas, Guillermo del Toro y Nicolás Pereda, quien cada uno a su manera reconoce la profunda deuda que deben a su trabajo.”
En La calle de la amargura, rodada en blanco y negro, dos prostitutas matan accidentalmente a dos enanos que ejercen la lucha libre, La Parkita y Espectrito Jr.
El elenco lo conforman Patricia Reyes Spíndola (quien ha actuado en 12 proyectos de Ripstein), Alberto Estrella, Silvia Pasquel, Arcelia Ramírez, Alejandro Suárez y Nora Velázquez. Producen la historia el Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (Foprocine) y Walter Navas.
La calle de la amargura después se proyectará en la 40 edición del Festival Internacional de Cine de Toronto, a efectuarse del jueves 10 al domingo 20.
Los suscriptores de la plataforma de internet FilminLatino, de Imcine, podrán ver La calle de la amargura el jueves 10, casi al mismo tiempo de su premier en Venecia, a partir de las 15 horas. Sólo permanecerá 24 horas en dicho sitio (www.filminlatino.mx ).
–¿Cómo ha sido para usted crear cine durante 50 años? –se le cuestiona al Premio Nacional de Ciencias y Artes 1997.
–¡Ha sido maravilloso y dificilísimo! Me ha dado mi vida, la cual ha sido maravillosa y atroz.
–¿Cómo ha balanceado esas dos posturas en su vida?
–Cuando se empieza una película, lo terrible es levantarla, ese paso cuesta un trabajo espantoso; pero una vez pasando eso, la filmación es muy emocionante, muy divertida, tan sabrosa y grata que se olvida el padecimiento, hasta que terminas. Entonces empiezan otras cosas más raras sobre la obsesión de la película que acabas de rodar.
“Pero, por fortuna, en este oficio te da amnesia. Al empezar la siguiente película se te olvida la anterior.”
–Después del rodaje de un filme, sigue la distribución, un asunto con muchos problemas para la cinematografía mexicana, ¿qué opina sobre eso?
–Ahí sí ya no llego… No me dan las fuerzas. Para esa etapa espero que alguien piadoso y generoso se ocupe. Soy hijo de un productor de cine (Alfredo Ripstein); pero soy brutísimo para eso.
–¿No es de esos cineastas que piensan en el público y a quien le gusta llegar a él?
–Bueno, uno espera que vean nuestros trabajos.
“Pero pensar en realizar una serie de concesiones al público para tenerlo contento, nunca he podido. No sé cómo se le hace. A veces, me gustaría tener un éxito comercial, ser famoso y ganar dinero; pero nunca he tenido idea de cómo hacerle.
–Usted se ha referido a que le gusta mucho su reciente largometraje, La calle de la amargura…
–El proceso de rodaje, el proceso de edición y después el proceso de sonido, implica ver la película una vez y otra, y otra, y otra vez, y en pedacitos.
“Son cientos de veces que uno ve las escenas, y además la película la vi totalmente unas 25 veces entera, y todavía me hacen reír los chistes; hay unos cuantos, como en todas mis cosas, y no salí desesperado después de trabajarla. Eso ya no sé si sea bueno o malo.
–¿A qué se refiere con que ya no salió desesperado?
–Lo que pasa es que en todas mis películas, al elaborarlas salgo desesperado, y lo único que quiero es ver si me meto a la tina y me baño, o si me corto las venas. Es una u otra.
Amar a México
–Como en anteriores largometrajes, en este de nuevo plasma la belleza y la brutalidad de México: personajes en el abismo. Y también es en blanco y negro, ¿por qué?
–Yo aprendí a realizar cine viendo el cine mexicano de cuando yo era un niño. Eran todas en blanco y negro. Yo no concebía a este país más que en blanco y negro. Las películas en inglés eran a colores, pero México para mí siempre fue en blanco y negro. Y todas las películas que he hecho en mi vida, o casi todas, quizá unas dos no, están planeadas en blanco y negro.
“Una de las primeras emociones de mi vida, fue cuando mi papá me llevó a los estudios, tenía unos tres años más o menos, para ver a Carlos Savage. Era el editor de Luis Buñuel y de cientos de otras películas mexicanas y él agarró la moviola, el aparato donde se edita, y corrió la película. La pantalla era chiquita a diferencia de ahora, y de pronto había un tronco, dividía el cuadro en dos horizontalmente, y detrás del tronco salieron tres charros cantando, en blanco y negro. Fue una de las grandes emociones, me brincó el corazón, y entender a México era sólo en blanco y negro.
“En una entrevista, Picasso dijo que el color debilita, y a mí eso me sostuvo por lo menos a la hora de las respuestas. Yo pretendo estar lejos de la vida real; ésta me molesta mucho, me duele mucho y la quiero mucho.
–Sin embargo, siempre retrata a México.
–No puedo evitarlo. Aquí nací, crecí y he vivido. Todo lo que he visto es México, para bien o para mal. Retrato lo que veo que tengo adelante. Además, el Distrito Federal es una ciudad que odio con profundidad minuciosamente y a la que quiero más en el mundo.
–¿Cómo surge siempre en sus cintas ese retrato de México donde se ve su belleza y también su brutalidad?
–¡Es inevitable! Hay que salir a la calle, y pararse en el semáforo. Se ve la brutalidad, la violencia y el horror. Y también, maravillas…
–¿Qué le preocupa del México actual?
–Su desdicha e infelicidad. Quisiera un país con atisbos de dicha y de felicidad. Deseo que mis hijos estén siempre contentos, y yo que soy hijo del país, quisiera estar contento.
–Pero la violencia, la corrupción y la injusticia ahora conforman a este país…
–La impunidad es la mamá de la corrupción. Yo no soy ajeno a todo eso y me duele en el alma, se lo aseguro.
A decir de García Diego, pese a que La calle de la amargura sucede en ambientes sórdidos, “y que es de Arturo Ripstein y mía, contiene una curiosa mirada esperanzada de esa humanidad, de esa gente que se hace el día a día a duras penas y trata de seguir adelante”.
Matiza: es una historia sobre el destino.
“De alguna manera, muchas de mis películas tienen que ver con el destino desde la primera, El imperio de la fortuna. Es un tema que aunque no lo aborde centralmente, es una fuerza dramática que siempre está latiendo, y en este caso es el motor central del guión.”
Legado “ripsteniano”
Ganador del premio a Mejor Ópera Prima en el Festival de Berlín, organizado en febrero de 2015, por 600 millas, e hijo de Arturo Ripstein, Gabriel Ripstein declara a Proceso respecto al reconocimiento a su progenitor en la Bienale:
“Ese festival y él ya tienen su historia. Que le rindan un homenaje y que exhiban su más reciente película habla de la vigencia del trabajo de mi papá. Es un cineasta que ha logrado construir una larga carrera que no parece detenerse, y eso es un ejemplo enorme a seguir.”
–¿Cómo ha influido su papá en su carrera como director de cine?
–Más que una influencia sobre mí, el que mi papá sea cineasta es un enorme privilegio porque me ha dado la oportunidad de conocer y adentrarme en ese mundo. De mi papá tomo el respeto con el que él se aproxima al proceso de la creación cinematográfica.
“Y de igual forma, es un enorme privilegio poder contar con alguien cercano a quien recurrir para pedir una opinión o un consejo. Lo agradezco de corazón.”
Jorge Sánchez, director de Imcine y quien produjo El coronel no tiene quien le escriba, Así es la vida y La perdición de los hombres, de Arturo Ripstein, expresa a esta revista que su homenaje “nos llena de satisfacción por una razón muy simple: es un gran cineasta y sin duda que lo merece”.
Sánchez se refiere a la obra del cineasta, así:
“Hay películas suyas que dejan luz y sombras en el cine de México y del mundo. Obstinado y terco, necio y luminoso, aprendí mucho con él; como también con Miguel Littin, Paul Leduc, María Novaro y Mercedes Moncada, en fin.
“Para sorpresa de muchos, sigo siendo su amigo y también de Paz Alicia. Me reúno con ellos con frecuencia y nos tomamos con especial alegría unos whiskies o unos tequilas. Me divierto mucho, hay una dosis de ingenio y cinismo que me provocan risas y que me recuerdan que sin esos ingredientes es muy difícil sobrevivir, sobre todo siendo cineasta.
“Pero la lección más clara, lo que no quiere decir que nuestra relación haya estado exenta de momentos en que seguramente quería exterminarme o yo a él, ha sido su profesionalismo. Lo llamo así porque no encuentro el término adecuado. Y su contención de la locura, o más bien, cómo la canaliza a un cuadro en movimiento.”
Al final, define el estilo del director de cine con una sola palabra:
“Ripsteiniano.”








