La defunción del PRD

Esopo cuenta que las ranas se reunieron en conciliábulo y le solicitaron a Zeus un rey. A tan extraña solicitud batracia, el dios respondió arrojándoles a la charca un tronco. De pronto los anfibios buscaron ocultarse, pues desconocían el humor que podría traer su nuevo soberano. Pero una a una fueron venciendo su miedo, se le acercaron y terminaron trepadas al tronco soberano. Ante la burla, le exigieron una nueva designación y entonces Zeus les envió una hidra, la cual terminó engulléndolas a todas.

Cuando los cabecillas del PRD mencionaron que buscarían a un personaje externo que condujera al partido, mencionaron primero al doctor Ramón de la Fuente. Ahora hablan del politólogo Agustín Basave. La asociación con esta antigua fábula se vuelve obligada. ¿Cómo o mediante qué mecanismos llegó a este estado de postración un partido que nació hace 25 años con tantos bríos y esperanza, apoyado en el segmento más politizado y combativo del pueblo mexicano? Eso amerita revisar a detalle esta página política. No es trabajo sencillo, pero habrá que iniciar por alguna parte.

El problema no radica en si el PRD invoca, para conductor, a Herodes o a Pilatos. La hondura del mal que lo aqueja se manifiesta en el hecho mismo de buscar una personalidad externa que lo conduzca. No es más síntoma sino prueba irrefutable del fracaso de los objetivos centrales que le dieron origen. Sabemos de sobra que fue el fraude electoral de 1988, cuando Carlos Salinas fue impuesto en la silla presidencial y el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas despojado de su triunfo en las urnas, lo que llevó a la creación de este instituto político. Muchos de los seguidores en aquella jornada del ingeniero Cárdenas hicieron caso a su llamado de integrarse en un partido nacional unido, fuerte y decidido a tomar el timón de la nave. Se vivieron muchos tragos amargos. En momentos pareció que el proyecto iba a zozobrar. Pero la propuesta salió adelante y se consolidó. Lleva viva toda una generación.

Pasaron pues ya 25 años de aquellas jornadas. Es el lapso que se atribuye a la duración a una generación de seres humanos. Pero todo apunta a que este organismo, políticamente necesario para el país, envejeció. No sólo eso, se encuentra al filo de la sepultura. Hay que entender el fenómeno en su verdadera dimensión. La fluctuación propia de una onda social como la que encarnó el PRD, tras cinco lustros de existencia, de haber cuajado, tendría que estar produciendo frutos maduros. Pero desaparece de escena por inanición, por no dar el ancho, por haberse corrompido. ¿Qué dicta el diagnóstico real?

En los estatutos de arranque del llamado partido del sol azteca se perfilaron dos objetivos nítidos. Uno, fundamental, proclamaba construir en los hechos la vida democrática en el país. El otro, como consecuencia natural del anterior, consistía en sepultar de la vida nacional, derrotándolo por la vía pacífica y electoral desde luego, al partido de Estado. Así se plasmaron estos puntos con todas sus letras. El referente del partido de Estado era el PRI.

No hubo duda alguna en las proclamas, pues sabíamos que el PRI, con careta de partido, tenía controlados todos los espacios de la administración nacional. Por sus siglas se llegaba a cualquier puesto de “elección popular”. A través de él se accedía a cualquier espacio de poder federal, estatal o municipal. La aplanadora priista era la que rifaba. La simbiosis del PRI con el gobierno era total. Desde el poder se maneja el presupuesto. El acceso al dinero público transitaba por las vías exclusivas del PRI. La tarea era ingente, pero clara.

Había otros elementos. El PAN era un partido tanto o más viejo que el PRI, con la salvedad de que no sabía o no quería disputarle al PRI en serio el poder. Sus miembros estaban muy modositos y contentos con los esquemas del reparto establecido. Su presencia, a lo largo de medio siglo, se tradujo en un bono electoral redituable. Podían presumir de ser “la oposición”. A esta raja le sacaron jugo. Ser oposición y ser panista se identificó en muchas mentes, sobre todo en las menos avispadas, aunque también en muchas convenencieras.

Salinas hiló su telaraña con estos materiales y consiguió algo inimaginable. Lo acuciaba la amenaza de que el PRD lograra concretar sus objetivos y que se inaugurara en México la era de partidos políticos, que todavía no llega. Para contrarrestar tal amenaza, Salinas metió a su danza a los personeros principales del PAN. Les concedió graciosamente, como sólo sabía hacerlo el PRI, las primeras gubernaturas y, ya encandilados, logró fundirlos en su falso partido. Ambos, sin decirlo, se convirtieron en uno solo: el PRIAN.

Ya fundidos, pero cada uno con cuerda propia para seguir engañando a todos los bobos que se la crean, nos simularon el juego de la alternancia en la silla presidencial, que se supone la joya de la corona. El PAN llevó a la silla nacional a Fox y a Calderón, prestada desde luego. Tras curiosearla y manosearla, la retornó al PRI sin chistar, cumpliendo el acuerdo de concertacesión signado en la etapa álgida, en que la amenaza perredista pintaba a cuajar. El poder sigue secuestrado en sus manos y ni quien lo arrebate.

Construir la democracia en el país, instrumentándola a partir del ejercicio democrático interno primero, tenía visos de posible. Era, por decirlo así, el paso obligado y primo que había que dar. El PRD funcionaría en cada uno de sus eventos locales y nacionales siempre con estricto apego a la normatividad, de consulta universal, inflexible, infranqueable. De sus ejercicios continuos en cuanta instancia ciudadana operara, se desprendería la democracia para cada instancia pública que fuera conquistando, hasta establecerla en todo el país y sepultar un pasado ominoso de autoritarismo y verticalidad extrema.

Estos viejos objetivos están ya sepultados. Ni quien los mencione. Al contrario. El PRI no sólo no fue desplazado sino que regresó al poder tonificado y duplicado, como ya dijimos. Ahora compone, fundido con el PAN, el adefesio que lleva las riendas del país. El PRD, o lo que de él queda, en lugar de retomar con nuevos bríos su vieja lucha y desenmascarar todos estos embelecos, dio por solicitar su fusión a esta dualidad monstruosa. No sólo solicitó sino que se fundió con ellos, cuando signó el llamado Pacto por México.

La oligarquía que nos oprime aplaudió a rabiar la firma de esta acta de capitulación y le abrió las puertas del aturdimiento. Con los mendrugos que le arroja de la mesa del festín en el reparto del poder, lo domesticaron. Es deplorable entonces su situación presente. El PRD desaparece, sin pena ni gloria, como alternativa seria. Se convierte en el tercer invitado indeseable a la mesa del poder. Compone con los otros dos una triada impronunciable: PRIANRD. Mas su encargo central, como se colige, consiste en que se siga proclamando de izquierda, que le cierre el paso a Morena y que realice graciosas piruetas de bufón para que nada cambie, como lo dice Lampedusa en El gatopardo. ¿Quién podrá seguirse tragando estos embelecos? l