El rostro de Nelly (Nina Hoss), cantante judía, queda desfigurado cuando huye de Auswitchtz al final de la guerra; después de una cirugía reconstructiva regresa a buscar a su marido, Johnny (Ronald Zehrfeld), quien probablemente la abría delatado ante los nazis; ahora, a pesar de no reconocerla, le propone personificar a la esposa que cree difunta para cobrar su herencia. Nelly acepta participar en el juego y personificarse a sí misma.
Si bien la obviedad del título de Phoenix (Alemania, 2014), el ave que renace de sus propias cenizas, califica a esta heroína que se levanta entre una masa de cadáveres, y sirve de metáfora para la reconstrucción de la Alemania del Año Cero, también funciona como carnada para que el director Christian Petzold enfrente a su espectador con la desarticulación del mito de la reconstrucción e imagine el dolor de la transformación durante la postguerra. No basta una cirugía, por complicada que sea, para borrar el pasado.
El tema del rostro desfigurado, la pérdida de identidad debido a los estragos de la guerra, ha sido recurrente en el cine y la literatura, renace constantemente: El rostro de otro (1966), en Japón, adaptación que realizó Teshigahara de la novela de Kobo Abe; o Regreso desde las cenizas (Retour des cendres, de Monteilheten), misma novela que inspira Phoenix y de la que hubo anteriormente un par de adaptaciones al cine. La originalidad de Petzold fue combinar el tema con el complejo de Pigmalión, el hombre obsesionado por esculpir a la mujer deseada, y así destapar la culpa y la negación que implica el proceso donde construir es destruir. El resultado es un laberinto de juegos de identidad que le debe un tanto al Vértigo de Hitchcock.
En esa nueva Alemania todo es cirugía plástica y suplantación, Nelly no puede reconocerse a sí misma, siente que ya no existe. En palabras del mismo director, Johnny representa al hombre supuestamente nuevo de la reconstrucción que cambia culpa por dinero. Nelly deambula por la zona americana queriendo encontrar al marido, fantasma en busca de otro fantasma, con la esperanza de recobrar la identidad a través del amor; el bar donde lo descubre trabajando de mesero, el Phoenix, es pura cirugía, la música que suena, las canciones que se cantan y aplauden, son en inglés, “Noche y día”, engaño y autoengaño.
Dentro de un diseño expresionista, de sombras y luces rojas, esta espectral María Braun va cobrando vida a base de lápiz labial y tintes, comienza a usar la ropa de la difunta que es ella misma, y aprende a caminar con los zapatos que el marido de la muerta le compró en París. Johnny (parodia de la canción de Kurt Weil) obliga a Nelly a ensayar el reencuentro oficial de la pareja. Él quiere reconstruir para negar; la fantasía de ella, repetir para encontrarse y liberarse.








