El Carrillo Gil: una Kunsthalle

Convertido en un museo sin vocación, el Museo de Arte Carrillo Gil señala tres urgencias que debería atender la directora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Cristina García Cepeda: el diseño de programas que faciliten el posicionamiento de artistas emergentes y jóvenes; el ordenamiento de la cooperación entre el INBA y la iniciativa privada; y la reestructuración institucional tanto de la vocación del recinto como del acervo Carrillo Gil.

Dirigido desde 2011 por Vania Rojas, el museo, fundado en 1974 para exhibir la espléndida colección de arte moderno mexicano del doctor Carrillo Gil, se ha transformado en una especie de Kunsthalle –galería de arte sin fines lucrativos– en la que se exhiben proyectos organizados y financiados por organismos ajenos al INBA. Actualmente se presentan la Primera Bienal Nacional del Paisaje, organizada por el Instituto Sonorense de Cultura; Latin American Roaming Art (LARA), patrocinada por el grupo de servicios financieros Asiaciti Trust –con base en Singapur y operaciones en Dubai, Hong Kong y Nueva Zelanda, entre otros países–; y Parámetro, primera edición del concurso Arte Lumen organizado por la empresa Lumen.

Por sus fallidas y ambiciosas pretensiones estéticas de reflexión político-social, la peor de todas es LARA. Curado por Tatiana Cuevas, el proyecto consistió en invitar a 8 creadores latinoamericanos para que produjeran su obra durante dos semanas en Oaxaca. De México participaron Florencia Guillén y dos artistas que pertenecen a prestigiadas galerías citadinas: Jorge Méndez Blake de la OMR y Moris de la Arroniz. El primero con una instalación de bloques rectangulares de distintos materiales que producen en el techo una sombra que recuerda la silueta de varios edificios, y el segundo con sus conocidos amontonamientos de objetos y materiales. Con una pieza que presenta por un lado un textil artesanal y por el otro el video de unas manos que tejen, Guillén reproduce la tradición de exaltar el romanticismo del trabajo mientras se es indiferente ante la identidad del artesano como persona.

Con numerosas imágenes digitales, forzadas propuestas tridimensionales y pésimas expresiones pictóricas, la Bienal descubre un angustioso interés por actualizar el género del paisaje. Discretas y sin alardes tecnológicos, las vistas dibujísticas de la Laguna de Catemaco que León Armando Martínez realizó en tinta, pintura y café soluble, descubren una interesante y crítica exploración de la visibilidad térrea de Google Maps.

El gusto por la pintura queda confirmado en el concurso Arte Lumen. Sin propuestas que problematicen la disciplina y con excesos expresivos que no logran disimular lo básico de los lenguajes, en el conjunto sobresale el sugerente paisaje urbano de Marianel González. Trabajado en tonos grises que otorgan a la pintura una atmósfera irreal y sutil, la pieza no puede ocultar la exploración espacial de la pintora.

Contradictorio en sus actividades –apoya eventos privados mientras el Encuentro Nacional de Arte Joven carece de una sede permanente–, el INBA necesita actualizar sus programas considerando la importancia que tiene la legitimación museística en el posicionamiento comercial.