De los relevos partidistas

Estamos viviendo una temporada movida en cuanto al relevo de la dirigencia nacional de los partidos denominados “grandes”. Si nos atenemos a la función de representación popular, que los debería sustentar, les viene grande tal calificación. Pero se les llama así por la inercia de identificarlos como los canales únicos para transitar a la detentación del poder y a los puestos clave de la administración pública. Ningún ciudadano ajeno a ellos trepa tales espacios. Si bien tras la elección del pasado 7 de junio, con la llegada de El Bronco a la gubernatura de Nuevo León y la conquista de algunas curules por personajes vistos con calidad de independientes, parece que se inaugura una pista para destronar la partidocracia que nos corroe. Ya lo veremos.

Por lo pronto, hay que repetir aquellos versos famosos del drama de Zorrilla, Don Juan Tenorio, que pontifica que: los muertos que vos matáis gozan de cabal salud, para recetarlo a los independentistas. Los tres partidazos siguen rigiendo la vida pública; siguen controlando los espacios legislativos y todas sus instituciones aledañas como el INE, el TEPJF, el Poder Ejecutivo nacional, los de los estados y la inmensa mayoría de nuestros municipios; por lo mismo, siguen ocupados en revisar sus estrategias para no soltar la pista de los controles de estas grimas y electorerías. Con ello han logrado obtener hasta hoy pingües ganancias y no piensan renunciar a tan jugosas partidas, así se les haga ver que tal conducta va en detrimento de la buena salud de la república. Esto, a tales dirigencias, les tiene totalmente sin cuidado. Lo sabemos.

Los tres andan en el brete de renovar su dirigencia nacional, como si se hubieran puesto de acuerdo. En el PRI no se vive novedad alguna. De pronto se empezó a escuchar el rumor de que al actual inquilino de Los Pinos le urgía cubrirse las espaldas con un grillo de polendas, perteneciente a su círculo íntimo, para dirigir el tricolor. Pero ni Nuño ni Miranda dieron el ancho. Por supuesto que no iba a sacar a pasear en burro a Videgaray y menos a Osorio Chong. Así que cuajaron la puntada de “elegir” a Manlio Fabio Beltrones para que siga haciendo lo que sabe: embutes, compraventa de conciencias, mediatización generalizada. No les falló. Salió a escena y declaró anulada la sana distancia, esquema retórico de independencia entre el partido ganador y el Poder Ejecutivo. Ya sin esta restricción, el presidente de la República retoma el mando único y se convierte en el primer priista de la nación. Ahora habrá que ver cuál de los dos será el jefe en turno, si Peña o Beltrones. O si ambos serán meros ventrílocuos de Salinas, el mudo poder tras el trono en este malhadado sexenio.

Pero no se trata aquí de hacer predicciones, sino de revisar hechos de actuaciones públicas. ¿Cómo entender eso de que Manlio “fue electo”, si no hubo elección? ¿Y cómo aceptar el dato de que todos los priistas del país se pliegan a una “candidatura de unidad”? Que se lo cuenten a los sordos de la Amazonia, a ver si ellos se la creen. Lo duro del caso no es que la gran masa amorfa de los que se asumen priistas lo crea, sino el hecho duro y maduro de que, siendo tantos entes entregados a la grilla y actuando en colectivo, no hagan nada ante tan burda imposición. Si Peña no pudo imponer a Miranda ni a Nuño, es cosa que a una base partidista le debería importar un carajo y exigir la movilidad de los procesos electorales internos, para mantener saneadas estas prácticas. Aunque es mucho pedir ante un partido, que nunca ha existido, ni ha cuidado al menos de guardar las apariencias. Con el PRI ya se dejaron atrás las discusiones de renovación, de rejuvenecimiento, de adecuación a los nuevos tiempos. Es obvio que ahí no se cuecen habas distintas al dedazo y al manipuleo, al que han sido tan adictos toda la vida. Lo malo es que con tales cocciones defectuosas contaminaron ya los procesos internos de todos los demás partidos de la vida nacional.

Esta es la triste lección que arrojan las elecciones internas del PAN. Contendieron en ellas Ricardo Anaya, como monigotito oficial de las fuerzas encalladas en esa franquicia electoral, y Javier Corral, un distinguido militante que aún se creyó del canto de las sirenas de la democracia propalada con tintes azules. De hecho, el lema de campaña de Corral se dirigió a la rebelión de las bases de su partido. Puede suponerse, en un ejercicio laudatorio de reconocimiento de lo que se tiene, que haya levantado esta bandera no tanto para triunfar, pues no se vislumbraba por ninguna vía un resultado favorable para él, sino para hacer el reconocimiento de lo que le quedara de sano a este antiguo instituto político. Saber si aún había algo por salvar de este partido entumecido, acancerado, tras su largo contacto con la vida en el poder.

Corral obtuvo una votación muy precaria, apenas un 16% de la nómina de su partido. En buen castizo, estos números revelan o hacen significar que más del 80% de quienes se asumen panistas ya entraron al redil del dedazo y de las designaciones oficiales que bajan desde la cúpula y se imponen a cualquier iniciativa ciudadana. Fue muy cuidadoso el panismo en toda su historia con las prácticas de la exclusión partidista, con la selección a la hora del ingreso a sus filas. Daba prioridad al purismo de convicciones y al apego a principios, frente al pragmatismo que terminó corroyendo a la aplanadora del partido en el poder. Parece que esta ya es una batalla perdida también al interior del mundo panista.

Es una lección muy clara la de esta jornada. Dicho sin tapadera alguna, es un mensaje más que desalentador. Entre el PRI y el PAN se acaparan al menos dos tercios del electorado nacional. Se entiende que ambos componen la derecha, sí. Pero con la participación de ambos se arman mayoritariamente los gobiernos que padecemos. Ahora se ve que en lo interno ambos institutos actúan de la misma forma: imposiciones, dedazos, imposturas, actuación de espaldas a sus electores, infamias y  mentiras,  compraventa  de candidaturas y todas las lindezas que corrompen la vida nacional.

El PRI no volvió a sus andadas. Nunca las eliminó de su vida interna. Simuló un tiempo, mientras sus mandones consideraron conveniente estar jugando tales farsas. Pero ahora corroboramos que ni los puristas del PAN se salvaron del naufragio nacional. Los dos de los tres partidos llamados grandes hunden en la miseria a la vida nacional, pues entre ambos monopolizan nuestro espectro político. En el espacio geográfico bajo su dominio, de nada sirven los esfuerzos pasados por construir la democracia. En su actuación no se refleja influencia alguna de los conatos prodemocráticos que nos han entretenido antes.

Lo que ocurre en el PRD muestra alguna diversidad, aunque también sea lamentable. Son estertores de una izquierda extraviada, completamente desdibujada. No merece ésta ser estrangulada con tales patrañas. Veremos de ocuparnos de ello en una próxima entrega, cuando clarifiquen el panorama o ya tengan definición sus disparatadas propuestas. Por tratarse de un electorado serio y responsable, los chuchos deberían elevar propuestas honorables, no repetir burlas como la pintada por Esopo, cuando puso a una turba de ranas implorándole a Júpiter el envío de un rey que las condujera. Es un caso lacerante, burdo y falto de oficio político, como casi todo lo que emprende el chuchismo en la vida nacional. Pero ya lo retrotraeremos más adelante.