La isla de Clipperton, nombrada por primera vez como la Isla de la Pasión, es un territorio que durante años se discutió de qué país era propietario: México, Francia e Inglaterra la disputaron, y para asentar la pertenencia de México, Porfirio Díaz mandó a construir un faro y envió una flotilla de soldados con sus familias, comandados por el capitán Arnaud.
Las pasiones suscitadas en el grupo, las precarias condiciones de vida y, en paralelo, la disputa entre “autoridades” por la isla, es lo que Alejandro Ainslie y el equipo de actores desarrolla en la propuesta escénica El sueño de la mantarraya, que se presenta en el Teatro el Granero del INBA.
Los acontecimientos están impregnados de una sensación de absurdo ante el hecho de la fidelidad hasta las últimas consecuencias de las órdenes de un superior, como lo sustenta el capitán Arnaud, personaje central de la obra, en contraste con el abandono y olvido en que esta autoridad los tiene. Es interesante el juego dramático de Ainslie al mostrar lo que sucede en México y el pleito legal con otros países; el cambio de poderes, la revolución, Madero, Huerta y finalmente la Segunda Guerra Mundial, en contraste con un lugar sin tiempo, aislado y sumergido en sus propios problemas. Un conglomerado de hombres y mujeres enredados en sus relaciones personales, padeciendo las inclemencias del terreno y el clima, que los llevan a la enfermedad, la locura y la muerte.
El espacio escénico es un espacio vacío donde la arena se mueve y se convierte en una playa o en una isla, amplia en principio, pero que se va reduciendo hasta desaparecer. El piso se dibuja con arena, las cabezas de los personajes se convierten en cubetas y el huracán arremete en una lucha a muerte con el capitán. Imágenes lúdicas en contraposición con el rigor de los personajes históricos, encumbrados en el poder peleando por la legalidad y moviendo a seres humanos como piezas de ajedrez.
La dualidad de El sueño de la mantarraya se ve dominada por la necesidad de contar la historia; de dar información y datos, de ejemplificarlos con acontecimientos y extenderse para abarcar lo más posible. La obra en ocasiones se alarga por la reiteración o la necesidad de nombrar. La fuerza del final catastrófico de la muerte, donde culmina el periplo del protagonista, se debilita, por ejemplo, con el monólogo y los textos en pantalla que explican lo que sucedió después. Aun así, las imágenes son poderosas y el juego dramático eficaz.
La historia fluye llena de momentos que atrapan, y la interpretación de Luis Lesher como el capitán Arnaud es entrañable. La profundidad del trabajo de Lesher y su sutileza emotiva para bordar emociones es acompañada por la lealtad de su mujer, interpretada con claridad por Paola Pérez-Rea y un grupo de actores que interpretan a los soldados o a los políticos del momento: Antonio Zúñiga, Mauricio Rodríguez y Humberto Yañez, entre otros.
El trazo escénico de Ainslie es fluido y armónico donde las diagonales y los triángulos dan ritmo visual a la propuesta. Utiliza con grandeza los vértices del foro y transforma el escenario en espacios oníricos significativos o netamente históricos.
La isla de Clipperton ha despertado el interés y la imaginación en nuestro cine, en la narrativa, el teatro, el ensayo y el documental. El Indio Fernández, Laura Restrepo, Ana García Bergua y David Olguín, entre otros, la abordan desde diferentes perspectivas. Ahora, Alejandro Ainslie la lleva al escenario con recursos escénicos creativos de gran aliento, donde la metáfora es la simiente. El sueño de la mantarraya estará hasta el 6 de septiembre en el Centro Cultural del Bosque.








