Regresa la película “La sombra del caudillo”

Han transcurrido 55 años desde que Julio Bracho realizó el filme que se convertiría en el más censurado de la historia de México. En entrevista, el investigador de la UAM Felipe Gálvez rememora los detalles y compara la realidad del país narrada por Martín Luis Guzmán –en la novela homónima en la cual se basó la cinta–, con la inefable crudeza de la actualidad. A 70 años de su nacimiento, el sindicato cinematográfico, que hizo trabajo voluntario y planeaba construir una clínica con el recaudo, anuncia su exhibición esta semana con la presencia de la actriz Diana Bracho.

En 1988, el investigador Felipe Gálvez Cancino presentó a sus alumnos de periodismo de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco la película La sombra del caudillo, realizada en 1960 por Julio Bracho a partir de la novela homónima de Martín Luis Guzmán, pese a que entonces estaba proscrita y era considerada una maldición para su director quien, por la censura, no volvió a filmar.

Considerada como la primera novela de la Revolución mexicana hecha gobierno, La sombra del caudillo fue escrita por Guzmán en España, donde se encontraba exiliado luego de haber apoyado la rebelión delahuertista. Relata la matanza del 3 de octubre de 1927 en Huitzilac, en donde fue masacrado el general Francisco Serrano (Ignacio Aguirre en la novela) –y 13 de sus simpatizantes–, quien pretendía suceder a Plutarco Elías Calles en la presidencia cuando el candidato oficial fue Álvaro Obregón.

La película, que recrea la novela, cumple 55 años de creación. Será proyectada el jueves 20 a las 17:30 horas en la Sala Julio Bracho del Centro Cultural Universitario, y se hará un reconocimiento a la hija del cineasta, la actriz Diana Bracho (ver recuadro), quien donó el guión original al Centro de Documentación de la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México.

En ese marco, Gálvez, periodista y doctor en antropología por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), autor de la biografía de Octavio Paz Solórzano, padre del poeta, cuenta en entrevista con Proceso porqué poseía aquella copia proyectada en la UAM, antes incluso de su estreno, el 12 de noviembre de 1990 en la Sala Gabriel Figueroa de la Cineteca Nacional.

Con la expectativa de una nueva exhibición en pantalla grande, el académico considera que aún tiene mucho que decir a los jóvenes. En su opinión hoy ya no podría ser motivo de censura o irritación para el ejército, como lo fue en los treinta años que estuvo prohibida, porque dicha institución está preocupada ahora por “salvar la facha” frente a otros hechos.

Relata que su compañero en la UAM, el desaparecido escritor Federico Campbell, fue quien le presentó al crítico de cine Andrés de Luna, que acababa de publicar su libro sobre el cine y la Revolución mexicana. Él lo invitó a mediados de los años ochenta del siglo pasado a una proyección semiclandestina de la película, en una casa ubicada al fondo de la calle Renato Leduc, en Tlalpan.

Gálvez preparaba entonces su libro sobre Paz Solórzano, cuya portada hizo la esposa de Andrés de Luna, Norma Patiño, por lo cual planeó visitar a Jorge Prieto Laurens, quien había sido amigo del padre de Paz, para que le contara algo. El viejo revolucionario le habló de su simpatía por Álvaro Obregón, quien después lo denostó.

No obstante, cuando se despidió de él, el periodista le preguntó: ‘¿Qué haría si estuviera nuevamente frente a Obregón?’. Tajante, Prieto le respondió: “Sin duda volvería a seguirlo, aunque me hiciera pedazos”.

Para Gálvez era el colmo del masoquismo, pero la prueba también de qué tan seductor fue el líder revolucionario, a quien incluso sus adversarios tenían admiración. Cautivaba.

Luego de ese episodio, el investigador volvió a casa de Prieto Laurens –abuelo del escritor Guillermo Sheridan–, y le preguntó si conocía la película La sombra del caudillo. Él le respondió que no y Gálvez le ofreció la posibilidad de proyectarla en su casa, lo cual hizo acompañado por Andrés de Luna.

La cinta –calificada algún tiempo de “maldita” porque representó una censura para Bracho– corría cuando de repente el obregonista se cubrió la cara con las manos y gritó:

“¡Ya párenle! ¡No quiero seguir viendo esto!, he revivido muchas cosas de mi vida que me lastimaron, que yo mismo me lastimé.”

Ahí terminó la proyección.

–¿Qué papel tuvo Prieto Laurens en la matanza de Huitzilac, por qué le pegó tanto la película?

–Porque él aparece como uno de los personajes que forman parte de la “escenografía” de los que están conspirando. El agrarista es Antonio Díaz Soto y Gama. Y uno que parece como muy intrigoso, ése es Prieto Laurens, eso le molestó, se vio representado muy crudo.

El largo silencio

Tras aquel suceso, Andrés de Luna le regaló una copia en videocasét a Gálvez. Previa a la película, se incluía una presentación hecha por el propio Martín Luis Guzmán en la cual explicaba que eran hechos del pasado, cuya etapa México “había superado”.

–¿Qué impresión tuvo cuando vio por primera vez la película? –se le pregunta a Gálvez.

–Me impactó muchísimo.

Recuerda que él investigó sobre la casa secreta de Plutarco Elías Calles. Ahora prepara también un proyecto sobre Álvaro Obregón. Cuenta asimismo que había seguido el tema del rodaje de la película:

“Yo era lector de la revista Política, que dirigía un editor muy aguerrido, Manuel Marcué Pardiñas. Ahí iban publicando la historia del Partido de la Revolución y se ocupaban de diversos temas. Y en su columna de cine se registró la filmación de la película y que se estrenaría, pero de repente se dejó de hablar de ella y nunca se estrenó. La tuvieron prohibida desde 1960, cuando se filmó.”

Ese año, hacía él su servicio militar y evoca que marchando por la colonia Del Valle le tocó presenciar la filmación de la escena cuando la actriz Bárbara Gil, en su papel de Rosario, le habla a Tito Junco, el general Aguirre, de lo “viril” que es la figura del Ajusco.

“Después vino el silencio durante mucho tiempo, se decía que se estrenaría después y luego se supo la historia: Se ordenó que se parara la proyección porque el ejército se enojó. El secretario de la Defensa Nacional dijo no. ¿Te acuerdas que antes no se podía tocar ni al ejército, ni al presidente, ni a la virgen de Guadalupe? Y ahora a todos se los vapulean, hasta a la virgen la ponen en tanga, ya hasta es china.”

En una entrevista con este semanario (Proceso, 733) la actriz Diana Bracho atribuyó la censura a la película de su padre al entonces secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, y a sus sucesores Luis Echeverría y Mario Moya Palencia. Y contó que tras los hechos su padre se deprimió pues no se le permitió volver a trabajar en proyectos personales.

Gálvez dice al respecto:

“El Ejército se opuso a que se proyectara porque iba a salir a luz el hecho de que habían echado a Serrano (que entonces era el secretario de Guerra) entre ellos mismos.”

El investigador rememora que Martín Luis Guzmán escribió La sombra del caudillo estando exiliado en España. El asesinato de Aguirre le impactó terriblemente y en menos de un mes comenzó a escribir sobre el caso. Lo hizo por entregas, que estuvo publicando en México el diario El Universal, así como La Opinión de Los Ángeles, y La Prensa de San Antonio.

Dice que la Hemeroteca Nacional publicó un libro “muy bello” con la versión hemerográfica:

“Es la edición completa, sin ninguno de los capítulos expurgados, la hizo Fernando Curiel y habría que preguntar por qué no la han reeditado porque se hizo con las ilustraciones, tal como salió en el periódico.”

En noviembre de 2009 Curiel se refiere (periódico El Financiero) a una nueva edición hecha por Rafael Olea Franco, investigador de El Colegio de México, quien “cuenta la historia de ambas versiones, amén de ofrecer un cuadro comparativo entre la edición periodística (1928-1929), la edición libresca (1929) y la edición que se contiene en las obras completas de Guzmán del Fondo de Cultura Económica, considerada como la última voluntad del lector”.

El investigador de la UNAM cita de una entrevista hecha por el crítico literario Emmanuel Carballo a Guzmán, a quien la pregunta cómo surgió ésta, “la primera gran novela política mexicana”.

“…Estaba escribiendo la primera parte de una trilogía que pintaría la Revolución convertida en régimen de gobierno. La primera parte se encararía con la etapa de Carranza, la segunda con la de Obregón y la última con la de Calles. Llegaron a Madrid, por esos días, los periódicos mexicanos que relataban la muerte del general Serrano; esos mismos periódicos insertaban las 12 o 13 esquelas, no recuerdo, de los hombres sacrificados en Huitzilac. De pronto me vino la visión de cómo esos acontecimientos podrían constituir el momento culminante de la segunda de las novelas. Abandoné mi trabajo y con verdadera fiebre me puse a escribir La sombra del caudillo, arrebatado por la emoción…”

Se mencionan enseguida quiénes son cada uno de los personajes: el caudillo es Obregón, Ignacio Aguirre es la mezcla de Adolfo de la Huerta y Francisco R. Serrano, Hilario Jiménez es Plutarco Elías Calles, Protasio Leyva es Arnulfo Gómez, Emilio Olivier Fernández es Jorge Prieto Laurens. Sólo Axkaná González, conciencia de la Revolución, nace de la ficción.

Felipe Gálvez ha seguido el tema de la masacre de Huitzilac, así como de la novela y la película La sombra del caudillo. Explica que también aquella sufrió censura, en México no se publicaron en El Universal las últimas entregas, justo las de la masacre.

Al editarse el libro en Madrid por Espasa-Calpe, Calles amenazó a la editorial con no permitirle venderlo en México si lo enviaba. Y fue por la intervención de Genaro Estrada que la novela circuló a cambio de que Guzmán no escribiera sobre temas contemporáneos. Hizo entonces la biografía de Javier Mina (Proceso, 9).

Reseñas de la realidad

Cuando Gálvez proyectó al película en la UAM-Xochimilco seguía la efervescencia e indignación por el fraude electoral contra Cuauhtémoc Cárdenas que le dio el triunfo a la presidencia a Carlos Salinas de Gortari, por lo cual la historia de la lucha por la sucesión presidencial y las escenas de una encarnizada pelea a punta de pistola en la Cámara de Diputados, proyectadas en pantalla, adquirían nuevos significados.

El discurso de Guzmán previo a la película sorprendía a Gálvez por la coherencia, “hablaba como escribía y escribía como hablaba, elegantísimo”. Tuvo oportunidad de conocer al también autor de Las memorias de Pancho Villa y El águila y la serpiente cuando buscaba información para uno de sus libros, el de la historia de los primeros diez años de la radiodifusión mexicana.  Guzmán, director del periódico El Mundo, había publicado una crónica de la inauguración de la radio:

“Llego a la Hemeroteca y me doy cuenta que faltaba precisamente la primera página con la crónica. Me dije: A quién apelaré, no hay una segunda copia.”

Pensó entonces en su condiscípulo y amigo Pedro Alisedo (quien llegaría a ser jefe de Redacción de Proceso):

“Peche me introdujo con Martín Luis Guzmán… me dijo: ‘Vente, yo te presento con él’.”

Afable Guzmán le respondió: “Véngase, yo le doy una copia”, y así empezó “una excelente relación con el viejo, era estupendo escucharlo hablar, era como Octavio Paz, que te envolvía”.

–¿Sigue siendo vigente el tema de la película?

–Para muchos sí va a tener una vigencia, aunque con las cosas que han pasado últimamente, esa matanza ya se queda chiquita. Ahí fueron 14 los asesinados, a 43 se los llevan y se vuelven humo, lo más seguro es que se los echaron. Y luego las matanzas en el norte, ya ni se diga: Es una tala de hombres. Esta generación es una tala de hombres, no tuvimos una guerra como la de Chile o de Argentina, pero ésta del narco es eso.

Considera que hay una especie de contrarreforma donde las tierras que se repartían entre los campesinos y comuneros, hoy se dan al narco que es quien siembra “amapola y esas cosas”.

En una ocasión, dice, le reclamó a su expendedor de periódicos por mostrar imágenes de la violencia; éste le contó entonces que era de Michoacán y tenía una enorme cantidad de terreno, “para cruzarla tardaba dos días”, pero le había sido arrebatada por el narco y ahora tenía que vivir en el bordo de Xochiaca y vender periódicos. Refiere Gálvez:

“Es cuando entiendo la magnitud.”

Y reitera a propósito de la película:

“Yo digo que sí le va a decir algo a las nuevas generaciones, por lo menos les provocara cierta inquietud, les permitirá conocer qué ocurrió en aquella época, pero tal vez sería pertinente que venga acompañada de la presentación que hace el propio Martin Luis para decir esas son cosas que se vivieron en otro tiempo. Era su posición decir que esto se ha superado, pero no se ha superado, esto fue para peor.”

–¿Cuál es su opinión de la novela?

–Me parece que sigue siendo la gran novela de la Revolución, es de lo más vivo, tiene la bondad de ser un reportaje. Yo lo equipararía con Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez, tiene la sensación de alguien que lo ha vivido como político y sabe de qué alimañas está hablando, retrata perfectamente a Calles, a Obregón a Serrano, los conoce muy bien.

Dice que Guzmán piensa en aquellos momentos: “Ya se empezaron a matar entre ellos”. Había visto cómo mataron a Benjamín Hill, y avizora que también matarán a Obregón. Pero éste también había matado a varios, incluido a un primo suyo.

Menciona que el investigador Federico Serrano, descendiente del general asesinado, encontró en la hemeroteca una nota en la cual un hombre relata que se encontró con el traje de éste y se lo lleva a su casa:

“Iba destilando sangre, llega a su casa y lo coloca en el respaldo de una silla, la perrita que tenía se horroriza y no se acerca a la prenda, como que siente que ahí hubo una tragedia muy grande.”

–¿La película le hace justicia a la novela?

–Bueno, de alguna manera refleja lo ocurrido. Yo creo que fílmicamente resuelve bien la historia, con los asegunes de que lo pone en la carretera de Toluca para que no sea la de Cuernavaca, pero en realidad está muy bien lograda.

El único que se salvó en aquella tragedia, evoca, fue Francisco J. Santamaría, quien fue gobernador de Tabasco, quien a su vez contó en un libro cómo se escapó de morir en Huitzilac.

–Ahora que volverá a proyectarse, ¿puede ser molesta para alguien en el ejército o la política?

–¡Espero que ya no! Yo creo que el ejército ya está muy cuestionado, y están más preocupados por salvar la facha por otras cosas, pero en aquella época tenían una institucionalidad muy consolidada, tenían a Marcelino García Barragán.

Lo triste de todo, le parece, es que al final Martín Luis Guzmán acaba “cantándole loas a Gustavo Díaz Ordaz, como lo señala en su libro sobre la censura Rafael Rodríguez Castañeda (director de Proceso), ¡Prensa vendida!”.

Para Guzmán, como sostenía en su discurso, los tiempos de la matanza de Huitzilac habían quedado atrás. En cambio Gálvez opina que el país ha empeorado y por eso “Proceso se ha convertido en buena medida en una versión de Alarma!, con cerebro y lo que tú digas, de izquierda o de avanzada, crítica, pero está contando puras cosas horripilantes”.

Lamenta que todo gire en torno a la droga y los referentes para los niños sean los narcos:

“Lo vemos en todos lados, todos quieren ser el Chapo Guzmán, hacer su túnel y pelarse. Yo veo Proceso y, con la pena, pero está reflejando la realidad. Se llama Proceso porque muestra el proceso que ha sufrido el país. ¡Bueno, el mismo Julio Scherer va y se retrata con el Mayo Zambada!, entrevista a la Reina del Pacífico, los niños delincuentes es de sus últimos trabajos, es un fiel reflejo de la realidad, él está buscando la historia.

“Es un proceso terrible. El día que esto estalle no sé cómo nos la vamos a apañar los mexicanos, no sé cuántos años en guerra habrá.”