Tras un violento atentado del Estado Islámico en suelo turco, que provocó la muerte de 32 personas, Ankara decidió finalmente unirse a la coalición que dirige Estados Unidos contra aquella organización en Siria, pero aprovechó esta cobertura para dirigir sus ataques contra los kurdos, quienes se habían revelado como los mejores aliados en la lucha contra el yihadismo, lo que complica aún más el retorcido mapa de los conflictos en Medio Oriente.
ESTAMBUL.- Todo cambió a las 11:50 del 20 de julio. Unos 300 jóvenes en edad universitaria y vinculados al pequeño Partido Socialista de los Oprimidos se habían reunido en el centro cultural Amara, en la localidad turca de Suruc, a escasos kilómetros de la frontera con Siria.
El objetivo del grupo era entrar en la ciudad kurdo-siria de Kobane para ayudar en su reconstrucción, tras meses de asedio y ataques del Estado Islámico (EI). Durante dos días esperaron que las autoridades turcas les garantizasen un permiso oficial para cruzar la línea fronteriza. Pretendían destinar sus vacaciones veraniegas a rodar un documental, replantar un bosque y establecer una guardería. E iban cargados de juguetes para los niños de la castigada Kobane.
Los jóvenes sostenían una pancarta preparándose para explicar sus planes cuando un individuo supuestamente vinculado al EI y camuflado entre la multitud accionó el explosivo que llevaba oculto en una mochila, convirtiendo el patio del centro cultural Amara en un baño de sangre. Murieron 33 personas, incluyendo el atacante suicida, y más de un centenar resultaron heridas.
“El objetivo del ataque es ampliar las fronteras del frente bélico. Las organizaciones que luchan en Siria, como el EI o las milicias kurdas, pretenden extender su guerra al interior de Turquía”, sostiene Ibrahim Cevik, del Centro Turco para las Relaciones Internacionales y los Análisis Estratégicos.
“La masacre de Suruc”, uno de los mayores atentados en la historia de Turquía, es el primer acto terrorista que el gobierno islamista moderado del país euroasiático atribuye oficialmente al EI (hubo otro, el de Reyhanli en 2013, con 52 muertos, que se atribuye a los yihadistas sirios, pero del que el Ejecutivo culpó al régimen de Bashar al-Asad) y ha puesto de relieve “el punto de no retorno” al que ha llegado la política sobre Siria llevada a cabo por Ankara, dice Hakan Yilmaz, profesor de ciencia política de la Universidad del Bósforo.
“Es resultado de tres años de errores y de la insistencia del primer ministro (Ahmet Davutoglu) y del presidente (Recep Tayyip Erdogan) de perseverar en esa política”, agrega.
Una política que ha implicado mirar para otro lado mientras los yihadistas utilizan la frontera sur de Turquía para infiltrar armas y militantes en Siria y sacar el petróleo que extraen del país árabe hacia los mercados internacionales.
Pero hay más. Los análisis forenses confirmaron que el autor del atentado fue Seyh Abdurrahman Alagoz, estudiante de ingeniería mecánica de la Universidad de Adiyaman (sureste de Turquía). Esta provincia, como las cercanas de Batman y Bingol, son muy conservadoras y en ellas operan diversas congregaciones religiosas extremadamente reaccionarias.
De acuerdo con el historiador Sahidin Simsek, citado por el medio digital Al Monitor, estas cofradías musulmanas fueron apoyadas por el Estado desde la década de los ochenta para enfrentar la insurgencia del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), alzado en armas con el objetivo de reivindicar los derechos de los kurdos, un pueblo sin estado que habita en Turquía, Irán, Irak y Siria.
“El Estado formuló una identidad sunita-kurda que odia el nacionalismo kurdo (del PKK) y se adhiere al islamismo”, señala Simsek.
En este caldo de cultivo estudiaron Alagoz y su hermano mayor, quienes se convirtieron en habituales del salón de té Islam, donde –según testigos– había colgadas banderas del EI. Este local también era frecuentado por otro joven, Orhan Gonder, actualmente detenido e imputado por un ataque con bomba durante un mitin electoral el pasado junio, en el que fallecieron cuatro personas.
Los hermanos Alagoz desaparecieron de Adiyamán hace seis meses –hecho que su padre denunció a la policía– y se cree que acudieron a Siria a recibir entrenamiento por parte de los yihadistas. El pequeño regresó a casa de su familia en el mes de Ramadán, pero luego escapó de nuevo, para reaparecer por última vez como “hombre-bomba”.
Alagoz o Gonder son sólo algunos de los 7 mil turcos que se han unido al EI, según datos del analista Abdulkadir Selvi, cercano al gobierno turco. La mayoría está en el radar de la policía y algunos han llegado a ser detenidos, aunque posteriormente puestos en libertad –entre ellos dos mujeres que ahora se cree forman parte de un “comando durmiente” de terroristas suicidas–, lo que arroja sospechas sobre el comportamiento del gobierno islamista moderado que dirige Turquía.
En Suruc, además, los vecinos se preguntan todavía cómo pudo pasar inadvertido el autor del atentado, cuando la comisaría de policía se encontraba a 200 metros y los jóvenes izquierdistas asistentes al acto habían sido registrados e identificados por los agentes.
Tres días después del atentado de Suruc, el EI volvió a golpear a Turquía –un sargento falleció en un ataque a un puesto militar fronterizo– haciendo realidad la frase usada por la exsecretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, para criticar la tolerancia del gobierno de Paquistán con los grupos islamistas radicales: “No puedes criar serpientes en tu patio trasero y esperar que sólo muerdan a los vecinos”.
De hecho, no pocos analistas turcos han avisado del riesgo de “paquistanización” de Turquía, debido a la fijación del Ejecutivo turco, y especialmente de Erdogan, de acabar como sea con el régimen de Al-Asad en la vecina Siria, sin importar si para ello hay que apoyar a los yihadistas.
Respuesta criticada
Ankara ya no podía continuar con su política y esa misma noche bombardeó posiciones del EI en territorio sirio, a la vez que anunciaba la apertura de la base aérea de Incirlik a los aviones de la coalición que dirige Estados Unidos, tras meses de presiones desde Washington. Esta base es capital en la estrategia antiyihadista, ya que acorta 80% el tiempo de vuelo necesario para atacar al EI en su territorio, respecto de las posiciones estadunidenses en el Golfo Pérsico.
Con esas acciones Turquía respondió al EI y sus socios occidentales aplaudieron, pero ya durante la primera semana de esta operación “antiterrorista” se vio que el objetivo era otro. Las redadas policiales que se lanzaron contra las células durmientes y el entramado urbano de diversos grupos armados no se centraron en el EI: de los más de mil 500 detenidos, 85% pertenece a organizaciones kurdas e izquierdistas. Y en el caso de los bombardeos aéreos, tras dos días de ataques sobre las posiciones del grupo yihadista en Siria, los cazas se dirigieron al norte de Irak, donde están las bases y campamentos del PKK.
“Tres organizaciones terroristas, EI (yihadista), PKK (kurda) y DHKP-C (izquierdista), han comenzado ataques simultáneos contra Turquía. Aunque se nutren de fuentes diferentes, todas estas organizaciones terroristas obedecen a centros del mal que están unidos por un mismo objetivo”, afirmó Davutoglu tras el anuncio de las operaciones a gran escala contra todos esos grupos.
La justificación del gobierno se basaba en que la misma semana que el EI atentó en Suruc, el PKK acabó con la vida de un soldado en un combate en el sureste de Turquía y dos policías fueron asesinados por militantes del grupo kurdo. En las dos semanas siguientes, una veintena de miembros de las fuerzas de seguridad cayeron bajo las balas y explosivos del PKK.
La guerrilla ya había anunciado el pasado 11 de julio que retomaría sus ataques, poniendo fin a un alto el fuego decretado en marzo de 2013 durante las negociaciones de paz con Turquía, destinadas a detener un conflicto que desde 1983 ha provocado unos 45 mil muertos. El propio Erdogan dijo que, en esas condiciones, “no es posible continuar el proceso de paz con quienes atentan contra la unidad nacional”.
La política, resquebrajada
Pero, ¿por qué romper el alto al fuego arriesgándose así a descarrilar un proceso de paz apoyado por la comunidad internacional y que había llenado de esperanza a los kurdos de Turquía? La justificación oficial del PKK es la falta de avances en las negociaciones, el supuesto apoyo del Ejecutivo islamista moderado turco al EI y la construcción de puestos militares en la zona kurda del país.
Pero resulta innegable que dentro del movimiento kurdo existe una lucha de poder. De hecho, cuando el reportero visitó el cuartel general del grupo armado en las montañas de Irak hace seis años –entonces también se intentaba iniciar un proceso de paz– un dirigente reconoció en privado que en ocasiones les resultaba difícil controlar a ciertas células del grupo, especialmente las formadas por los más jóvenes.
Y actualmente, al mando militar de la guerrilla parece no haberle sentado nada bien el protagonismo adquirido por su ala civil: el Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP). Esta formación política se refundó hace más de un año buscando atraer no sólo los votos del nacionalismo kurdo, sino también de la izquierda y los liberales turcos que apuestan por la paz, algo que lo llevó a conseguir sus mejores resultados históricos en los comicios del pasado 7 de junio.
Los líderes del HDP consideran un “error” el regreso del PKK a la lucha armada y han condenado sus atentados, pidiendo tanto a la guerrilla como al gobierno que dejen la violencia y vuelvan a la mesa de negociaciones.
En ese sentido los objetivos de la élite gobernante en Turquía y del PKK se entrecruzan, pues ambos se benefician de la radicalización del conflicto. No en vano Erdogan lleva meses torpedeando el proceso de paz e impidiendo que el gobierno –de su mismo partido–, el HDP o los abogados puedan visitar al fundador del PKK y uno de los principales interlocutores de las negociaciones, Abdullah Ocalan, encarcelado en solitario en la isla-prisión de Imrali.
Según explica a este semanario el líder del HDP, Selahattin Demirtas, si Ocalan pudiese hablar, la situación se calmaría: “El hecho de que lo mantengan incomunicado es una muestra de que el gobierno está siguiendo una estrategia de fomentar la tensión”.
Por otra parte, el giro dado por Erdogan –de apoyar el proceso de paz con los kurdos a reforzar su discurso militarista y nacionalista turco– tiene que ver, según la prensa local, con sus ambiciones políticas. Los buenos resultados electorales obtenidos por los kurdos han impedido que su Partido de la Justicia y el Desarrollo (islamista moderado) forme un gobierno en solitario, por lo que el jefe de Estado busca una repetición de las elecciones en las que el conflictivo ambiente incremente los votos de su formación y reduzca los del HDP.
Pero estos juegos políticos tienen sus consecuencias a escala internacional, especialmente en una región tan dividida como Medio Oriente.
En declaraciones a Proceso, el analista político y exmilitar Metin Gurcan considera que “Turquía busca cambiar el equilibrio de fuerzas” en un momento en que los kurdos –tanto el PKK en Irak, como su organización hermana en Siria, las YPG– han ganado influencia por su lucha contra el Estado Islámico: “La estrategia de atacar al PKK y al EI al mismo tiempo, poniéndolas en el mismo saco, es muy importante y pone a Estados Unidos en un grave dilema”, ya que las YPG se habían convertido en el mejor aliado de Washington para combatir al yihadismo en Siria.
No en vano varios países de la OTAN le han pedido al gobierno turco moderación en la respuesta contra los ataques del PKK, ya que, como señala el Instituto para el Estudio de la Guerra, “complican” la campaña bélica al amenazar con dividir las fuerzas kurdas, “el único socio sobre el terreno que es efectivo en su lucha contra el Estado Islámico”.








