Las tensiones culturales en el Porfiriato

En el siglo XIX, México fue todo un laboratorio de ciencia política; difícilmente se puede identificar una forma de gobierno que no hubiera experimentado el país en ese tiempo. A partir de 1876 Porfirio Díaz marcó la vida política mexicana con la instauración de un régimen autoritario que, como todo sistema de esta naturaleza, careció del talento para resolver las tensiones y contradicciones internas, así como para asegurar la transición institucional y pacífica del poder.

La política cultural del Porfiriato pudo estructurarse con base en un proyecto de Estado que tuvo el suficiente poder para imponerse en sus inicios a otras fuerzas políticas. La transición social que se inició con la Independencia cerraba un ciclo, uno más, que tuvo resonancias significativas en el ámbito de la cultura.

El mito precolombino

Los fundadores del Estado nacional advirtieron desde el principio la importancia de la enseñanza de la historia a los habitantes del país; concepción proveniente de las ideas de la Revolución Francesa, las cuales fueron conocidas por el dominico Servando Teresa de Mier (1765-1827) como consecuencia de la relación que estableció en Francia con el abate Grégoire, uno de los ideólogos culturales franceses. Pero, más que la enseñanza de la historia por su valor educativo, lo que importaba era su empleo para arraigar los sentimientos de solidaridad y lealtad hacia un sistema político determinado.

Así, los independentistas mexicanos partieron del postulado de que dicha enseñanza alimentaría el patriotismo. Esta tesis daría lugar a una de las grandes polémicas entre los liberales y conservadores en el siglo XIX, etapa durante la cual la Iglesia católica se arrogó la función formativa del nacionalismo.

En este entorno se creó el mito precolombino, específicamente sobre la grandeza del pueblo azteca.  El pasado prehispánico adquirió así una importancia cardinal en la medida en que contribuía a la construcción de la historia mexicana.

Los bienes precolombinos se constituyeron entonces en un excelente vehículo para la consecución de ese propósito, pues eran la mejor expresión de un pasado glorioso y podían ser enarbolados como representativos de la auténtica alma nacional. Su importancia respondía más al interés político de integrar a la sociedad a un Estado nacional que a su valorización real. En esa forma, se impuso una cultura única y excluyente que creó un arquetipo de mexicano abstracto e ignoró la diversidad cultural prevaleciente.

Los primeros escarceos de la sacralización del pasado precolombino quedan evidenciados, entre otros proyectos, con la creación de la Academia de la Lengua en 1835, uno de cuyos objetivos era elaborar un diccionario de términos hispano-mexicanos que debían distinguirse de los vocablos del “castellano corrompido”, así como crear gramáticas y diccionarios de las diferentes lenguas existentes en la República.

La fundación de la Academia Nacional de la Historia, también en 1835, no fue cosa menor, toda vez que su misión consistía en depurar la historia de México eliminando “los errores y las fábulas” que contenía. Por conducto de esa institución se pretendía explicar la historia de los 300 años de dominación española, ya que los hechos históricos consignados anteriormente se limitaban a una simple nomenclatura de reyes y prelados que habían gobernado el país en los ámbitos temporal y espiritual.

Estas instituciones culturales tenían como principal propósito cimentar los nuevos valores de la sociedad, pero sus esfuerzos acabaron reduciéndose a un conjunto de buenas intenciones.

La política museística del Porfiriato

La importancia social de los museos no pasó desapercibida para los fundadores de la nueva nación independiente. En 1825 se instauró el Museo Nacional, en cuyo decreto fundacional se determinó que bajo su responsabilidad quedaría la conservación y el estudio de los bienes culturales, con la prohibición expresa de sustraerlos del recinto sin que mediara para ello una orden presidencial.

Dicho museo quedó finalmente instalado en noviembre de 1831 y albergó piezas  “de utilidad y lustre nacional”. De esta forma, se inició la conversión de objetos “idolátricos” en colecciones museísticas. Más adelante, correspondió a Maximiliano ubicarlo en la Antigua Casa de Moneda, en donde permanecería por más de 100 años.

El Museo Nacional se convirtió, de acuerdo con sus aspiraciones, en un conservatorio de antiguallas mexicanas y en un punto cultural de convergencia de objetos varios: medallas, estelas, inscripciones,  manuscritos… Debía ser un establecimiento científico destinado a hacer accesibles al público los conocimientos de la población antigua y sus orígenes, así como los progresos de la ciencia y las artes, de la religión y las costumbres de sus habitantes.

La realidad del Museo Nacional contrastó fuertemente con sus buenos propósitos –con razón se ha descrito a los periodos que van de 1825 a 1887 como protomuseográficos (Luis Gerardo Morales Moreno). En dicho recinto la ausencia de clasificación, el orden dispuesto para la exposición de las piezas y la carencia de espacio eran la constante. Éstas se guardaban apiladas en cajas, y las que se exhibían fungían más como curiosidades que como objetos de transmisión de conocimiento.

Frances Erskine Inglis de Calderón de la Barca (1804-1882), en sus impresiones sobre la sociedad mexicana del siglo XIX, lo expresaría sin sutilezas: “la forma en la que yacen amontonadas las antigüedades mexicanas… no parecen dignas de llamar la atención”.

En ese siglo –es necesario decirlo sin ambages–, la museografía mexicana estuvo destinada más a la gente educada que a la educación de las personas. Es revelador que los museos nacionales se hayan adscrito principalmente a centros de docencia e investigación con la evidente finalidad de satisfacer las necesidades de éstos últimos. En el mejor de los casos, constituían museos de élite.

La prolongación de las turbulencias políticas y sociales, la fragmentación de la sociedad y la rivalidad entre grupos antagónicos impidieron la formulación ordenada y continua de colecciones museográficas. Es hasta el Porfiriato cuando se observa la consecución de los genuinos propósitos museísticos.

A partir de la década de los ochenta del siglo XIX se intensifican los estudios sobre el México prehispánico y su difusión en el Museo Nacional. El Estado se empeñó en rediseñar este recinto: lo transfiguró en una institución científica dedicada a la clasificación rigurosa de colecciones y en un centro de investigaciones y de enseñanza laica que arraigó el pensamiento liberal de la época. En el Porfiriato se transmutó en un centro de cultura y en un instrumento de difusión de la misma en su expresión más sucinta.

Justo Sierra, uno de los intelectuales prominentes del Porfiriato, le dio al Museo Nacional también una orientación política; a través de este vehículo, solidificó la ideología liberal del régimen de Díaz y contribuyó a la construcción de la identidad criolla. La narrativa del museo deificó la cosmología precolombina e hizo del movimiento de independencia una gesta nacional que culminó con la derrota de la invasión francesa. Para las fiestas del Centenario de la Independencia, la institución fue convertida en Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, y se le habilitó finalmente como un recinto del rito republicano.

La multiplicación de programas de enseñanza extraescolar y de investigación sobre la historia, la arqueología, la etnografía y las lenguas del país fueron notables entonces. En 1887 Jesús Sánchez, director del Museo Nacional, propuso hacer de éste “una escuela popular de enseñanza objetiva, tanto más útil cuanto que en ella recibirá instrucción principalmente la multitud de personas que no adquieren en las escuelas los beneficios de la enseñanza” (Luis Gerardo Morales Moreno).

La política cultural del Porfiriato, sin embargo, no se agotó en el Museo Nacional; se dio a la tarea de impulsar una idea museística que asombraría incluso a los actuales mandarines culturales del país. Así, para Luis E. Ruiz, un pedagogo de la época, era indispensable crear museos escolares, pues en lo que atañe “al principal factor en la enseñanza primaria, natural es que un adecuado museo forme parte integrante de la escuela. Pero dichos museos no han de estar constituidos por preciosidades cuidadosamente guardadas tras de vidrieras, sino por objetos tan variados como de uso común, constantemente manejados y en una gran parte coleccionados por los mismos alumnos” (Luis Gerardo Morales Moreno).

Esta concepción museística rindió sus frutos: a finales del siglo XIX y principios del XX el conjunto de colecciones artísticas, naturales, científicas, históricas, antropológicas y etnográficas aportaban una visión relativamente exacta del pasado y presente mexicano, así como un vasto panorama natural y cultural del país.

La homogeneización de la sociedad mexicana

El siglo XIX fue una época oscura para el indigenismo, el cual se radicalizó en el Porfiriato bajo la premisa de que este régimen sostenía que uno de los obstáculos mayores para el progreso de México eran las comunidades indígenas (Manuel M. Marzal).

Fueron el padre Mier y el jesuita italiano Francisco Javier Clavijero (1731-1787) quienes propusieron la deificación del “indio arqueológico” cuando en la sociedad mexicana prevalecía el desprecio a las etnias y se legitimaba su segregación y degradación. Esta percepción social trasciende a la Independencia. En el México liberal, un buen indio era un indio invisible.     

Corresponde, empero, al erudito Francisco Javier Pimentel y Heras Soto (1832-1893) culminar con la deificación del “indio arqueológico”. Conservador y colaboracionista de Maximiliano, junto con Francisco Galicia Chimalpopoca y José Fernández Benítez, se distinguió como el mejor lingüista de su generación. Sin embargo, en sus obras, Pimentel introdujo los fundamentos del racismo y de un nacionalismo criollo de la época y, por tanto, excluyente. Dicho racismo se agravó con los postulados de la intelligentisia porfirista, formada por el grupo de élite conocido como “los científicos”, cuya pretensión real era legitimar la relación de dominio que justificaba la explotación de los indios por los hacendados (Enrique Semo).

Pimentel atribuye las causas del “abatimiento” de los indígenas a la práctica de una religión bárbara, a los maltratos de los españoles y al aislamiento jurídico del cual gozaron los indios gracias a la política colonial benevolente de los Habsburgo, que les permitió conservar sus tradiciones.

Concernió a Pimentel elaborar el primer diagnóstico del indigenismo en su tiempo. Deslizó incluso la posibilidad del exterminio: “¡Morir o matar!”. Pero ante el “genocidio humanitario” que llegó a plantear, optó por un mestizaje impuesto a través de la raza blanca europea. El arribo de los europeos, consideraba, permitiría “absorber todos los vestigios de la indignidad y con ello los temidos vicios que los acompañan”. Pimentel inició la mistificación del mestizo, que Andrés Molina Enríquez (1868-1940) desarrolló más adelante con el postulado de la mestizofilia en su obra Los grandes problemas nacionales.

El mestizo Vicente Riva Palacio (1832-1896), editor y coautor de México a través de los siglos (1884) –una de las obras más influyentes de su tiempo–, abogado defensor de Maximiliano en Querétaro, propuso un contrato racial que rivalizó con la ideología oficialista y sostuvo que si bien el elemento español había predominado en el mestizaje, la mezcla racial sería beneficiosa, pero para los criollos. Las comunidades indígenas, concluyó Riva Palacio, eran las auténticas depositarias de la mexicanidad (Agustín Basave Benítez).

Justo Sierra, positivista, participó de las ideas eurocéntricas de la élite criolla. Sostuvo que el progreso de México dependía de la consumación del mestizaje a través de los europeos. Más aún, estableció que por medio de la educación pública se debía aculturar a las etnias, erradicar sus lenguas y, con ello, crear la verdadera alma nacional.

Sierra transitaba con ambigüedad entre la deificación del pasado precolombino, que le servía ideológicamente, y la interpretación hispanizate de la historia nacional. Esta última lo obligó a profundizar en la fábula del mestizaje como fundamento racial de la mexicanidad españolizada (Guy Rozat Dupeyron). La homogeneización de la sociedad constituyó el constante ideario de su tiempo, con las tensiones culturales que ello implicaba. Los postulados de Sierra le valieron ser designado como el primer secretario de Instrucción Pública en los estertores del Porfiriato.

A finales de esta época surgen con Andrés Molina Enríquez (1868-1940) las voces discordantes, que traslucían ya serias fracturas culturales en el monolito porfirista. Este sociólogo, abogado y escritor positivista, autor de Los grandes problemas nacionales, empezó por cuestionar las leyes de desamortización y nacionalización, uno de cuyos efectos primarios consistió en la consolidación de los criollos mediante la destrucción de la propiedad comunal indígena.

La concentración de las tierras, el acaparamiento del crédito, el control de los regadíos y, desde luego, el poder político, señalaba Molina Enríquez, eran los verdaderos problemas de México. Ésta y no otra fue la motivación que legitimó la explotación de los indígenas. Si bien Molina Enríquez hizo énfasis en la mestizofilia como solución racial, su tesis sostiene que el aislamiento del indígena se debió a la estratificación social que caracterizaba –y caracteriza aun hoy en día– al país.

Únicamente un movimiento armado de la magnitud del iniciado en 1910 fue capaz de cambiar el significado social de la concepción racial en torno a las etnias y transmutarlo en un debate de clases sociales. El emergente indigenismo se convirtió muy pronto en un movimiento liberador contra la opresión. Las condiciones estaban dadas para que las ideas de Manuel Gamio –alumno de Franz Boas–, Gonzalo Aguirre Beltrán y Alfonso Caso pudieran germinar. A partir de entonces comienza a pergeñarse un nuevo sentido de la mexicanidad que se expresaría en forma inicial, parafraseando a Agustín Yáñez, en la comunión entre las vertientes española e indígena.

México tendría que esperar hasta la formación del grupo filosófico Hiperión, animado por Luis Villoro, para conciliarse con el mestizo. En su obra señera Los grandes momentos del indigenismo en México, lo expresaría así: “El concepto racial se convierte en un símbolo de un conglomerado social. Gracias a él, el grupo social adquiere un carácter mítico y profético, de que carecía por sus meras circunstancias económicas o políticas”. La narrativa social, pues, ya no consistiría en resolver un problema racial, sino en descifrar un enigma cultural.   

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas.