Existen áreas de la administración pública estatal que no sólo le son ajenas al gobernador Aristóteles Sandoval Díaz, sino que en definitiva parecen no interesarle, hasta el punto de verlas como una potencial fuente de problemas antes que como un medio cierto para mejorar la vida de los habitantes de la entidad.
Un buen ejemplo de ello es la relegada Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ), cuyas funciones (hacer posible el derecho a la cultura de los jaliscienses, así como preservar y difundir los valores patrimoniales de nuestra entidad) han andado al garete en los casi dos años y medio que han transcurrido desde el regreso del PRI al gobierno de Jalisco. Y las funciones de la SCJ han andado a la deriva fundamentalmente por dos razones: por el mencionado desinterés del mandatario estatal y por la demostrada incompetencia de Myriam Vachez, titular de la dependencia.
Sobre la poca estimación que Sandoval Díaz tiene por las funciones de la SCJ son muchas las pruebas que existen. Una de ellas sería el descarado incumplimiento de una de sus promesas de campaña, cuando hace tres años el susodicho se “comprometió” paladinamente a que, en caso de llegar a la gubernatura, estaría destinando por lo menos el 1.0% del presupuesto estatal a la SCJ, cuya asignación desde la etapa de los gobiernos del PAN (1995-2013) apenas ronda el medio punto porcentual de dicho presupuesto.
Otra prueba de la poca o nula importancia que el negocio de las musas representa para el gobernador han sido sus oídos sordos a los múltiples reclamos que desde la sociedad han surgido en contra de las numerosas y graves dagas cometidas por su secretaria de Cultura, así como contra el decepcionante desempeño de la misma, quien –a diferencia de otros funcionarios estatales de primer nivel que han debido separarse de su cargo por acumulación de fallas– sigue tan campante en su renovada oficina.
Entre las no pocas anomalías cometidas por la aún titular de la SCJ, dos son particularmente preocupantes: haber convertido el Museo de Arqueología de Occidente en un edificio de oficinas (sus propias oficinas) y haberle entregado tácitamente el manejo absoluto de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) a la persona que ella contrató como director musical de esa institución, el ítalo-canadiense Marco Parisotto.
En el primer caso, vale decir que ni aquí ni en China es una medida inteligente ni digna de aplauso desaparecer un museo para instalar en su sitio una unidad burocrática. Lamentablemente eso es lo que ha sucedido con la finca patrimonial que durante casi un siglo fue ocupada por el Ejército en la región, una finca que en 2009 la Secretaría de la Defensa Nacional le cedió al gobierno de Jalisco con la condición explícita de que fuera destinada a “un museo público”.
Para colmo de males, la actual administración del estado no sólo acaba de incumplir descaradamente con el compromiso que adquirió ante el gobierno federal, sino que todavía hizo un desembolso cercano a los 20 millones de pesos para acondicionar el edificio, a fin de que la señora Vachez y colaboradores se instalaran cómodamente en lo que en otro tiempo fue la famosa “Quinceava Zona Militar”. Y ante las protestas públicas por este desatino cometido por la principal autoridad cultural de Jalisco, la respuesta del gobierno de Aristóteles Sandoval ha sido el silencio.
Y en cuanto a la maltratada OFJ, la señora Vachez le ha dado tanta manga ancha al mencionado Marco Parisotto que éste comenzó a cometer todo tipo de abusos, los cuales van desde haber contratado a su esposa como “asesora” (en un caso flagrante de nepotismo) hasta decidir quiénes participan como solistas y directores huéspedes de la orquesta, mostrando en este último caso una inclinación igualmente parcial e interesada por músicos que mantienen una relación clientelar con mister Parisotto, relegando de manera notable a instrumentistas y directores mexicanos.
Pero el abuso mayor, el cual tiene sumida desde hace meses a la OFJ en una grave crisis, es la decisión de “congelar” (eufemismo por suspender) a una veintena de los músicos con mayor trayectoria dentro de la orquesta, aduciendo todo tipo pretextos: que hay atrilistas con un largo recorrido que “ya deben jubilarse”, desestimando su experiencia y su madurez artística; que hay también varios “indisciplinados”, y otros más que, según él, tienen “carencias técnicas”. Pero la realidad es otra. Con el respaldo y aun con la complicidad de madame Vachez, mister Parisotto busca tener una orquesta no sólo a su entero gusto, sino a su servicio.
Un buen ejemplo de este descarado autoservicio de un presunto servidor público se tuvo en la condición que, hace medio año, Parisotto les puso a funcionarios de Cultura UdeG, que por entonces planeaban celebrar el décimo aniversario de ese membrete con la presentación de la soprano rusa Anna Netrebko en el Teatro Diana. Para ello, los organizadores solicitaron la colaboración de la OFJ, a fin de que esta orquesta acompañara a la afamada cantante de cartel internacional. Pero nadie contaba con la condición que el director de la sinfónica tapatía puso: aun cuando ya hubiera un director contratado para acompañar a la Netrebko, Parisotto sólo prestaría su orquesta si se aceptaba que él fuera el director. Sobra decir que tanto los grises funcionarios de Cultura UdeG –y ya no se diga Myriam Vachez– doblaron las manitas.
Comparado con el desempeño de sus predecesores en la SCJ, la labor realizada hasta ahora por la funcionaria de marras la coloca en la punta pero del furgón de cola. Y ello no porque que el trabajo de Sofía González Luna o el de Alejandro Cravioto Lebrija haya sido de época, sino porque el de Vachez ha estado muy por debajo de los antes mencionados. Véase si no.
En el campo de las artes visuales, para mediados del gobierno de Francisco Ramírez Acuña (2001-2006) ya se había presentado una de las mejores exposiciones de arte sacro que han podido verse en nuestro país. Y otro tanto se puede decir de la administración de Emilio González Márquez (2007-2013), que en 2010 presentó, también en el Instituto Cultural Cabañas, la que tal vez sea la más ambiciosa exposición de José Clemente Orozco que se ha concebido hasta ahora. Ambas muestras fueron curadas aquí, contaron con buenos e instructivos catálogos, y la de Orozco fue llevada a otros museos del país, como el de San Ildefonso en la Ciudad de México. Aparte de ello, durante esos mismos años otros espacios de exposición como el antiguo Convento del Carmen no sólo tuvieron una actividad febril, sino una concurrencia como no se ha vuelto a ver.
Pero también otros ámbitos de la promoción cultural han venido notablemente a menos durante lo que va del gobierno de Aristóteles Sandoval. Ese es el caso del desdibujado Sistema Jalisciense de Radio y Televisión. Otro ejemplo es el área de publicaciones de la SCJ. Comparada con la cantidad y la calidad de títulos que esa dependencia dio a la imprenta en el tiempo en que fue encabezada por González Luna y luego por Cravioto Lebrija, época en la que se concibieron colecciones notables como la de Arquitectos Jaliscienses del Siglo XX y la dedicada a autores clásicos o consagrados de las letras y las humanidades de nuestra entidad, la labor editorial realizada por Vachez y su equipo ha sido magra, pobre y errática.
Aun cuando la fórmula de incompetencia y desinterés también campea en otras áreas del gobierno de Aristóteles Sandoval, en la parcela de Myriam Vachez se ha convertido en la principal seña de identidad.








