En la aduana es retenido un polaco al finalizar la Segunda Guerra Mundial y debe obtener un salvoconducto para permanecer en Río de Janeiro. El funcionario que lo atiende condiciona el documento a la capacidad del migrante de hacerlo llorar contándole su experiencia.
Bosco Brasil, autor contemporáneo, plantea en Nuevas directrices para los tiempos de paz el enfrentamiento entre dos personajes para hablar de los horrores de la guerra, los secretos individuales y, en medio de la desesperanza, vislumbrar una luz. Con las actuaciones de José Antonio Falconi y Julien Le Gargasson, bajo la dirección de Gabriel Figueroa Pacheco, la obra nos permite acercarnos a cuestionamientos más allá de la coyuntura histórica y hacernos preguntas sobre las implicaciones del ser humano ante la adversidad.
El migrante polaco dice ser agricultor, y sin maleta en mano nada más quiere huir de su pasado. El agente aduanal, que justifica su actuar con el “sólo cumplo órdenes”, obstaculiza su intención ya que todavía no le han dictado las nuevas directrices a seguir finalizada la guerra. Ambos ocultan sus verdades, y en el transcurso de la obra las van revelando, dándose a conocer el uno con el otro. El agricultor es un actor que no sabe hacer más que teatro y lo atormenta su inactividad frente a lo que ve pasar ante sus ojos. El funcionario tiene culpas difíciles de perdonarse: su sentido humanitario es trastocado por sus obligaciones, y al médico que salvó a su hermana le toca torturarlo por órdenes superiores. La situación que plantea Bosco Brasil es compleja pues aunque hay víctimas y victimarios, los individuos cargan consigo su propia responsabilidad.
En una oficina, determinada sólo por un escritorio y un par de sillas, Gabriel Figueroa Pacheco decide un medio tono actoral y una iluminación oscura para envolvernos en la confrontación. No hay excesos de ningún tipo; la sobriedad, acompañada de una economía acertada en el movimiento, posibilita un acercamiento sincero y sin obstáculos para los contenidos y las intenciones de los personajes y la propuesta. Las actuaciones son emotivas y convincentes, donde, sin grandilocuencia, conocemos poco a poco y con sorpresas los mecanismos internos de los personajes. Lo que pasa desapercibido es la situación apremiante en la que se encuentran los protagonistas y que tiempo después descubrimos; esa urgencia o esa realidad que acontece momentos antes de que inicie la obra.
El peligro de este medio tono, sobre todo en la primera parte, es la parsimonia y la lentitud que se le da al acontecer retardando el arranque dramático, pero lo que gana es en la introspección y el atisbo de la interioridad de cada uno de los personajes. El monólogo final de Segismundo en La vida es sueño, expresado por Le Gargasson, es impresionante. Con una traducción en prosa de Falconi y donde el director coloca al actor en proscenio, solo él iluminado y sin movimiento, hace que el final se eleve y nos eleve en la esperanza de lo que el teatro puede hacer en tiempos de guerra y de paz; su capacidad de humanizarnos y conmovernos, como hace con los personajes y que impacta en nuestro corazón.
Nuevas directrices para los tiempos de paz, estrenada en la ciudad de México el año pasado, después de presentarse en diferentes foros durante cinco temporadas, concluye exitosamente su recorrido el 2 de agosto en el Foro de las Artes en el Centro Nacional de las Artes.








