Embarcado en la contemplación y la lectura de la obra plástica del mayor muralista jalisciense, el poeta Ernesto Lumbreras escribió su premiado libro La mano siniestra de José Clemente Orozco. Se trata de un ensayo que no pretende usurpar el papel de los críticos y los historiadores del arte, sino, en palabras de su autor, “transmitir algo sobre un acontecimiento espacial, sobre un hecho artístico”.
El poeta y ensayista Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966) ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1992 con el libro Espuela para demorar el viaje, obtuvo el Premio de Testimonio Chihuahua 2007 por La ciudad imantada, y en 2013 el premio Malcolm Lowry de Ensayo Literario por Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry.
Recientemente ganó el 12 Premio Internacional de Ensayo de la editorial Siglo XXI con el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco, que presentó en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara el miércoles 22.
En entrevista para Proceso Jalisco, Lumbreras explica que el origen del libro se remonta a su participación en los textos para la exposición Pintura y verdad de José Clemente Orozco, en 2010, y también en la compilación de textos críticos sobre la obra de Orozco en la antología en dos tomos La zarza rediviva. Orozco a contraluz.
“Quiero creer que, en ese contacto de gran calado con el universo de Orozco, me atrapó la obsesión o pasión del pintor jalisciense por pintar manos”, señala. Orozco, dice el escritor, empezó a hacer manos que aparecen en murales, obra de caballete, dibujos, ilustraciones y obra gráfica.
El libro lleva por subtítulo Paseo, divagaciones, fugas, que son la clave de la propuesta ensayística, pues si bien el tema principal es la pasión de Orozco por representar manos, el escritor quiso hacer un contrapunto a partir de otros “obsesos y apasionados personajes a los que el tema de la mano les importó, a veces desde la tragedia, desde la pérdida de la extremidad, y de algún modo sirven de contraste, de universo complementario respecto de la pérdida de la mano izquierda de José Clemente Orozco poco después de haber cumplido los 20 años.”
Lumbreras aclara que no se propuso hacer un trabajo académico con notas al pie (aunque al final incluyó una bibliografía esencial), sino un libro de ensayos donde, si bien aparecen el dato biográfico y el documento que sirve de argumento al discurso ensayístico, éste pudiera ser leído como un libro de relatos, así como “del arte de la correspondencia, del arte de relacionar”.
Y abunda: “Es relacionar las manos de Orozco, la mano de Orozco, con otras manos, con otras reflexiones sobre este milagro de la anatomía que ha definido lo que entendemos como Homo sapiens”.
¿Zurdo?
Ernesto Lumbreras señala que el tema de la pérdida también se proyecta como una reposición, pues es sabido que en quienes pierden una extremidad hay la recurrencia a sentir el llamado “miembro fantasma”, es decir, “hay una presencia desde la ausencia”.
Por eso, agrega: “Yo, desde el mundo de los símbolos, desde el mundo de la poesía, aventuro que José Clemente Orozco era zurdo; de tal suerte que la mano fantasma enseñó a la sobreviviente, a la diestra de Orozco, a pintar; y le enseñó, como una lección de tinieblas, desde esa parte oscura, desde el horror, desde lo siniestro, desde el terror, desde la noche. Y no es gratuito que –avalando mi tesis simbólica del Orozco zurdo– comienza a pintar el mundo sórdido de la Ciudad de México, la vida prostibularia de la capital del país. Y por otra parte, es un caricaturista genial: de nueva cuenta aprendizajes de la mano siniestra desde la mordacidad”.
Lumbreras aclara que durante su investigación no halló ningún indicio, testimonio o evidencia biográfica de que realmente Orozco fuera zurdo. Es simplemente una suposición desde el simbolismo, recalca.
Refiere una anécdota que incluye en el libro, contada por Michel Tournier, en la que relata que el pintor romántico Théodore Géricault se encontraba muy enfermo y estaba pintándose con su mano diestra la otra mano, y estaba tan flaco que se le veían las venas y casi el fluir de la sangre. Evidentemente Orozco no tuvo ese modelo, dice Lumbreras. “La mano izquierda de Orozco fue en un momento de su vida un tabú, un trauma, algo que le aflige. No hay que agotar la bibliografía del doctor Freud para saber que esa situación definió en buena medida el carácter de José Clemente Orozco, ciertas inseguridades para relacionarse, sobre todo con las mujeres, y su confort”.
Dice que también se aventura a ubicar a Orozco en el mismo plano que Henri de Toulouse-Lautrec en cuanto a su confianza y alegría de no sentirse distinto en el mundo de las prostitutas: “En esta zona ser manco o ser enano, entre el alcohol y los efluvios de la hormona y del deseo, desinhibía a Orozco como desinhibía a Toulouse-Lautrec”.
Un clásico vigente
Lumbreras posee una vasta bibliografía sobre José Clemente Orozco, producto de sus incursiones, durante los últimos seis años, en diversos lugares donde se venden libros viejos y usados, como La Lagunilla, en la Ciudad de México. Comenta que si contara con más dinero, podría adquirir libros acerca de Orozco en subastas, lo que le permitiría contar con la mejor bibliografía orozquiana, salvo, quizá, la que debe poseer la familia del pintor.
Por otra parte, considera que el lugar de Orozco es el de un clásico vigente; “un clásico que, a diferencia de Siqueiros, Rivera e incluso Tamayo, tiene una convocatoria unánime, una simpatía, no obstante los replanteamientos de los lenguajes artísticos y del concepto de arte”.
Ilustra esta aseveración con la polémica exposición Notas contra notas, celebrada en 2013 en el museo Carrillo Gil, en la que el artista Carlos Amorales utilizó un cuadro de Orozco para trazar en un muro una serie de rectángulos. Lumbreras señala que si bien se puede discutir si la pieza de Amorales dialoga con la obra de Orozco o sólo la utilizó como una escuadra para trazar los ángulos del marco en el muro, es evidente que en el fondo hay un interés por revisitar el legado del muralista jalisciense.
Orozco, sostiene, es considerado como un contemporáneo de los artistas de la generación de los ochenta. Comenta que otro ejemplo de la vigencia de Orozco fue la exposición del artista oaxaqueño Daniel Guzmán en la galería Kurimanzuto, titulada Mi generación: “Ahí Orozco aparecía en muchos sentidos. Orozco sigue diciendo cosas, sigue significando, más allá del replanteamiento artístico”.
Lumbreras pertenece a la tradición de poetas que han escrito sobre arte y que en no pocas ocasiones han sido descalificados por los críticos e historiadores del arte de carrera. En su caso, dice, sólo tuvo comentarios negativos por parte de Sylvia Navarrete, directora del Museo de Arte Moderno, quien no vio con buenos ojos que él fuera el editor de La zarza rediviva. “Pero no pasó más allá de unos post en el Facebook. La invité a dirimir el asunto, pero no quiso”, relata.
Reconoce que no es un crítico de arte, y explica que llegó “a esto de comentar, dialogar e intervenir propuestas plásticas de manera circunstancial. Esto, sin embargo, no implica la improvisación; es decir, hablar desde la poesía con un lirismo o con un discurso donde se aborde la obra con elementos poéticos. En todo caso escribiría un poema que tuviera como leitmotiv una obra visual”.
Agrega que ha sido “habitué de las exposiciones, de la lectura de críticos de arte que se ha publicado en los últimos 30 años en periódicos, revistas y libros. Así que cuando llegó la invitación del pintor Arturo Rivera, que estaba cansado de que críticos de arte abordaran su obra y quería comentarios de un poeta, acepté el reto, y, para bien o para mal, esa invitación me ha llevado a otras invitaciones para hablar de la obra de otros artistas”.
Finalmente, el entrevistado señala que le ha interesado tener un acercamiento ensayístico “en el que haya un disfrute que haga patente mi perplejidad, pero también mis dudas; que mi escritura ensayística transmita algo sobre un acontecimiento espacial, sobre un hecho artístico; que dé cuenta de eso, pero que tenga también la seducción, la trama, el discurrir de lo anecdótico como algo propiciatorio; crear las condiciones más gratas y seductoras para que en un momento más oportuno se haga una mínima aportación, una modesta lectura e interpretación de algo que me llamó la atención de ese cuadro, esa escultura, ese mural. Con eso me doy por bien servido”.








