“Terapia”

En la obra Terapia de Martín Giner, estrenada el pasado miércoles en el Foro Lucerna, un paciente y un médico entablan un proceso de curación en donde, desde la comedia, los roles se confunden y trastocan la realidad.

El paciente llega con su madre inexistente con la que habla y obliga al médico a relacionarse con ella. Es divertida la confusión de dónde está ella y cómo se desdobla para encontrarse, sin estar, en lugares diferentes; y el que las voces se materialicen en dos personajes –que son las voces del médico/paciente transitando por su cerebro–, y que la pastilla para eliminar las alucinaciones sea el detonante que provoca un giro sorpresivo.

La idea dramatúrgica de Martín Giner es de largo alcance, aunque en su concreción sea muy limitada. Concibe una micro-realidad que, en la medida en que se aleja e incluye otros elementos, cambia de sentido. La visión ampliada descubre que el planteamiento es otro, que el paciente no es el paciente y que el médico tampoco es el médico.

La idea de esta obra está emparentada con la serie de libros Zoom del autor húngaro Istvan Banyai, en los que coloca el lente en el detalle de una imagen y, al irse alejando, el objeto va cambiando de significado y el lector va saltando de sorpresa en sorpresa al descubrir un macrocosmos invisible en la imagen anterior. Así, la intención del autor de Terapia es experimentar con este juego, poniendo como elemento la dupla médico/paciente. Lo que pareciera ser en un principio, no lo es en la realidad.

El resultado es pobre pues este alejamiento de la observación está dado principalmente en el giro final de la obra. La sorpresa inicial se estanca y la situación se torna repetitiva, hasta que, minutos antes del final, todo adquiere otro sentido. El dramaturgo tiene una piedra preciosa desperdiciada, aunque la intención invita a reflexionar y cuestionar la realidad que se observa. Ver con lupa impide contemplar la totalidad, pero la totalidad se torna imposible de alcanzar, ya que el alejamiento de la perspectiva puede ser hasta el infinito.

El texto es retomado por el joven director Hugo Villalvazo, pero al intentar proponer un espacio “original” rompe con la convención y confunde la intención. Si bien en el texto pareciera que estamos en un consultorio y en la mente del médico/paciente, el concepto de dirección y el diseño escenográfico de Luis Leyva nos ubica arbitrariamente en una playa, donde una tumbona podría ser el diván –aunque se utilice poco–, y la silla alta del salvavidas, el sillón del terapeuta. El espacio neutro, abstracto, sugeriría la multiplicidad de significados más que un lugar tan concreto y equívoco como el que se nos propone.

Héctor Berzunza y Roberto Beck son los actores que interpretan al médico y al paciente, o a la inversa, desarrollando su actuación de manera solvente, al igual que la presencia de la madre, interpretada por Regina Flores Ribot. La presencia y ausencia de ésta es el catalizador de la locura y funciona como un elemento que va de lo irreal a lo real. Carlos Medina y Erick Ripoll, vestidos con trajes de baño de principios del siglo pasado, son las ladillas que confunden y sobresaltan al paciente y que rompen la dupla médico/paciente esporádicamente.

El atractivo y ambicioso concepto que plantea la dramaturgia de Terapia, abre interesantes caminos para mostrar la relatividad del punto de vista, pero en esta ocasión el texto y la puesta en escena no lo consiguen explotar.