Para el secretario de Cultura del Distrito Federal la política pública en ese ámbito es responsabilidad integral del gobierno, tarea pendiente “no sólo de la ciudad”, pues la cultura, lamenta en entrevista Eduardo Vázquez Martín, “simplemente no está en la agenda política”. En las campañas electorales pasadas no se habló al respecto, dice, y la nueva composición política en el DF obliga a un acuerdo “más allá de colores políticos”. Además, separa la cultura del entretenimiento, y señala sobre los espectáculos en el Zócalo: “Hacernos la caja de resonancia de una industria que tiene todos los espacios no parece necesario”.
Las elecciones del pasado 7 de junio dejaron como resultado un nuevo mapa político en la Ciudad de México, en donde el jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera, deberá cogobernar los próximos años con jefes delegacionales de diferentes partidos. Para la cultura el panorama no será distinto.
Aunque al poeta y editor Eduardo Vázquez Martín, secretario de Cultura del Distrito Federal, esta diversidad política se le antoje “interesante” y se apresta a proponer el diálogo para seguir construyendo una política cultural de Estado para la ciudad, tendrá que negociar varios puntos con los delegados entrantes.
Por principio, que el presupuesto autorizado a las delegaciones para “cultura, entretenimiento y otros programas sociales”, se aplique realmente a proyectos culturales, no de entretenimiento, y deje de ser “la caja chica” de los delegados; asimismo que tanto éstos como los nuevos integrantes de la Asamblea Legislativa contribuyan para dar a la Secretaría de Cultura las herramientas que le permitan realizar su función rectora de la política cultural de la Ciudad de México.
En entrevista con Proceso en sus oficinas de San Ángel, al evaluar sus primeros 18 meses al frente de la secretaría, luego de la veda impuesta por el proceso electoral, Vázquez Martín dice tajante al respecto:
“Hay que quitarnos la idea de que la cultura tiene que ver con el entretenimiento. El Estado no tiene por qué entretener a los ciudadanos, ellos tienen formas de entretenerse a sí mismos, eso está dentro de la vida privada, incluso suena como a perder el tiempo o a distraer.”
Precisa entonces su concepto:
“La tarea de la cultura es formar, construir comunidad, fortalecer los lazos identitarios, fortalecer la memoria histórica, crear formas de desarrollo educativo que permitan además formas de bienestar, de desarrollo económico. La cultura tiene que formar, cada vez más, parte de la estrategia económica… y ser el espíritu crítico.”
Entonces recuerda las palabras que el cronista Carlos Monsiváis le dijo a Alejandro Aura cuando éste tomó posesión como director del Instituto de Cultura, creado en el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas:
“Podemos acordar que una política cultural es no promover lo que no necesita promoción.”
Y es que uno de los cuestionamientos más persistentes hechos a los gobiernos llamados de izquierda en la ciudad es la ocupación del Zócalo como espacio para espectáculos ligados a Televisa, TV Azteca, OCESA y otras industrias del entretenimiento. Reitera el secretario:
“Hacernos la caja de resonancia de una industria que tiene todos los espacios no parece necesario, no por censura, sino porque lo que debemos promover ante las asimetrías culturales son culturas emergentes, con menos recursos o apoyos pero que representan gustos, comunidades, tradiciones, para que encuentren los apoyos necesarios… Hay que intervenir donde hagamos falta.”
Vázquez Martín llegó a la Secretaría de Cultura en enero del año pasado en sustitución de Lucía García Noriega, quien renunció en medio de la desaprobación de la comunidad cultural y habló en su momento de la necesidad de reformar la dependencia, pues no contaba con una estructura administrativa y era sólo un conjunto de programas dirigidos por gente contratada por honorarios para dos o tres meses (Proceso, 1897).
El secretario admite que la institución “requiere una estructura más robusta”, pero considera que antes de un proyecto administrativo debe haber un proyecto de política pública en materia cultural. Indica que ha avanzado en su construcción y el eje central lo conforman los derechos culturales como una extensión de los derechos humanos. Desglosa:
“Acceso a la educación en cultura y arte, a servicios y bienes culturales, a la propia identidad cultural, a desarrollar dicha identidad cultural en un marco de diversidad; derecho a la memoria histórica, que implica el derecho a hacer uso del patrimonio cultural de tu comunidad y de tu país; el derecho a la cooperación cultural, esto es, a dialogar y construir proyectos con otros; y a la inclusión social desde el punto de vista de la cultura.”
Estos derechos están plasmados en la Declaración de Friburgo y en la Agenda 21 para la Cultura, agrega el antropólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) poco antes del insólito suspenso que mantuvo Mancera al pedir la renuncia de su gabinete en pleno, para finalmente hacer sólo unos ajustes en los cuales (hasta el cierre de esta edición) se mantuvo en su lugar al secretario de Cultura.
A decir suyo se está ya construyendo esa política pública. Ahora, dice, se cuenta con un sistema de educación formal con esquemas de profesionalización en áreas como música y danza, en el Centro Cultural Ollin Yoliztli, y un espectro de educación no formal con diversos programas en las Fábricas de Artes y Oficios (Faros) de Oriente, Tláhuac, Indios Verdes, Milpa Alta, y se está proyectando uno más en Aragón.
Es como “una idea de acupuntura urbana: Poner en el centro del conflicto social, donde hay condiciones adversas más críticas para la convivencia social, un proyecto de cultura, de formación en artes, de encuentro comunitario”.
Se cuenta también con una escuela de Mariachi en la Plaza Garibaldi, la Escuela de Danza de Héctor Fink, la Escuela de Rock a la Palabra y la Casa de la Música Mexicana.
Atada de manos
Otro tema central de la política cultural de la ciudad es, para el funcionario, el reconocimiento a la diversidad cultural y el ejercicio de los derechos a manifestarse, expresar las ideas y desarrollar la cultura propia de las diversas comunidades de la ciudad.
Se apoyan proyectos culturales de redes sociales comunitarias en varias zonas, como el oriente de la ciudad, Iztapalapa y Aragón, algunos de ellos nacidos como libro-clubes en la época del instituto, y que con el tiempo abarcaron otras tareas, como música, artes escénicas, reciclado de papel, etcétera.
Puntualiza el secretario que la Ciudad de México tiene una gran diversidad en sus culturas y población, pues cuenta con la mayor concentración de población indígena, con alrededor de 500 mil personas, de las cuales 120 mil hablan una lengua indígena. Hay diversidad también en el género, en las capacidades físicas… Subraya:
“La idea de que la política cultural es general y que con anunciar un concierto en la calle todo mundo está invitado, no es correcta, pues hay que reconocer la diversidad, estudiarla, atenderla y abrir cauces para su manifestación.”
Cuando se le pregunta si realmente logran dar atención a esa diversidad, admite que aún no se ha logrado completamente. Lo atribuye en parte a que el presupuesto para cultura se “descentralizó” o atomizó al repartirse en las delegaciones políticas; así, la secretaría debe acordar las políticas y llevar a cabo los programas de manera coordinada:
“No se crearon las condiciones. Yo creo que en la próxima Legislatura y en este escenario de los próximos jefes delegacionales, uno de los temas que debemos poner en la mesa es cómo construir esa política de ciudad. No se puede tener una institución pequeña, pensada para ser rectora, si no tiene herramientas para serlo.”
Menciona, por ejemplo, que de la infraestructura cultural de la ciudad, la secretaría sólo maneja 4%: el Museo de la Ciudad de México, el Teatro de la Ciudad, el Conjunto Cultural Ollin Yoliztli, los teatros Benito Juárez y Sergio Magaña, los Faros, el Museo Archivo de la Fotografía, el de la Revolución y el del Panteón San Fernando.
Ello los obliga a lograr un proyecto interinstitucional con las delegaciones y con otras secretarías del gobierno de la ciudad, con el gobierno federal y con organismos de la sociedad civil. Y asegura que ya se han comenzado a crear los lazos y convenios de colaboración con varias instancias, como el Instituto de Mujeres del DF, la Secretaría de Educación y la del Trabajo, además de instancias económicas, pues la política cultural no puede ser responsabilidad exclusiva de la Secretaría de Cultura, debe ser una política integral del gobierno. Y remarca:
“La política cultural tiene que estar en el centro de un proyecto político de gobernanza, no es ni una forma de decoración ni una tarea irrelevante.”
Sin embargo, enfatiza que es una tarea pendiente no sólo del gobierno de la ciudad sino de todo el país, “y es necesario que el proyecto cultural tenga como sus materias la inclusión social, el reconocimiento de los derechos humanos, el bienestar y la reconstrucción de formas de convivencia que permitan el diálogo y la paz”.
La agenda cultural simplemente no está en la agenda política, lamenta, y pone como muestra que en las campañas políticas de las elecciones pasadas no se escuchó la palabra cultura en ningún partido político.
Se le comenta que el Partido de la Revolución Democrática, que llevó a Mancera a la Jefatura de Gobierno, ya no tendrá la mayoría legislativa, además de que varias delegaciones serán gobernadas por Morena y por los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional.
–¿Cómo será el trabajo ahora?
–Primero, muy interesante –dice.
Añade que no debe sorprender que si la ciudad es “megadiversa” culturalmente, lo sea también en la política. No descarta que la cultura se convierta en rehén de la política en asuntos como la autorización de presupuesto, las leyes o la definición de la política cultural, porque “hay problemas que parten de no ponernos de acuerdo”, pero se siente confiado en el poder de la negociación.
Ya se trabajó con el diputado priista Fernando Mercado, quien fue presidente de la Comisión de Cultura en la pasada Asamblea Legislativa. La labor de la secretaría, asume, será poner en manos de los responsables de cultura de las delegaciones el programa de fomento cultural, la idea de los derechos culturales, la Agenda 21 para la Cultura:
“Yo creo que hay herramientas para ponerse a trabajar.”
Construir la paz
Lo que es esencial, puntualiza, es que en este nuevo mapa político los recursos para cultura se apliquen en cultura, “no pueden ser la caja chica de las delegaciones”, y llegar a un acuerdo de cuáles son las políticas culturales de la ciudad, “más allá de colores políticos”.
Al final los ciudadanos son los mismos, son los habitantes de la ciudad y quieren tener acceso a la cultura, formas de inclusión que garanticen la convivencia:
“Lo que está en juego es la convivencia, las condiciones del país en la violencia, en la guerra, en la cantidad de víctimas, etcétera, no han terminado con la elección, o sea que la tarea es construir la paz, y yo creo que no se construye sin comunidad, y la comunidad no se amalgama sin los referentes identitarios y culturales que la conforman.”
Uno de los programas que ha implementado la secretaría, menciona, es Comunidad, Cultura y Paz, que fue inicialmente un seminario de reflexión con la Universidad Autónoma de Morelos, en el cual se analizó el papel de la cultura en la construcción de la paz, “porque también está fuera de la agenda y es esencial; la crisis de violencia del país es una crisis de dimensión cultural”.
En ese sentido, juzga que las políticas culturales pueden ser una herramienta muy poderosa para salir de esta crisis. Y no se descubre con ello el hilo negro, aclara, ya los colombianos Antanas Mockus y Enrique Peñalosa pusieron a la cultura enfrente en las crisis en Medellín y en Bogotá (el primero fue alcalde de esa capital y candidato a la presidencia de Colombia).
–Se habla mucho de la cultura para restablecer el tejido social, pero la cultura siempre ha estado ahí, no por ese concepto de “llevar cultura” o artistas de renombre, cada comunidad tiene su propia cultura, e igual hay crisis. ¿Por qué decir ahora que es el elemento que va a cohesionar?
–Es muy interesante la reflexión. Tienes toda la razón, no se trata de llevar nada, aunque también puede ser útil el diálogo, el intercambio y las presencias diversas, como una forma de ampliar el gusto y de incorporar nuevos saberes. De lo que se trata es de abrir espacios para la manifestación de las identidades y, a partir de ahí, para construir formas de diálogo comunitario, de participación y convivencia.
“Es decir, la violencia prospera de una manera mucho más agresiva donde la comunidad no tiene formas de diálogo, no tiene convivencia, no participa del espacio público desde la cultura, no encuentra en las manifestaciones culturales otras formas de integración, de inclusión social, que pueden tener también una dimensión económica de la cultura e incluso de referentes de lo que socialmente es prestigioso.”
Pone como ejemplo que no es lo mismo cuando el arquetipo de éxito social es cultural o deportivo, que delincuencial. Pregunta él mismo si abrir espacios para canalizar la energía social en manifestaciones artísticas acabará de manera mágica con la violencia. La respuesta es no.
“Pero la cultura tiene algo que hacer ahí, desde luego, no como una forma de maquillaje, no es porque aquí donde vivimos en el desastre traemos un concierto y todo se acabó, no. Es a través de proyectos comunitarios que vayan enraizando, provocando la defensa de los derechos culturales, del patrimonio.”
Y la defensa de éste no es sólo proteger reliquias del siglo XVI o arqueológicas, dice, sino también espacios como Wirikuta y el pueblo wixárika, porque sin esos referentes culturales no se puede construir la paz.
Uno de los temas polémicos que ha debido enfrentar el secretario Vázquez Martín es el Centro Cultural Ollin Yoliztli, cuyo deterioro ha ocupado los encabezados de las secciones culturales de varios medios. Al respecto el funcionario reiteró que se plantean dos opciones para solucionar el problema:
Intervenir con una “cirugía mayor” el edificio ubicado en Periférico Sur y Zapote, o trasladar las actividades a una nueva sede. Será el jefe de gobierno quien revise, junto con el titular de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda y el propio Vázquez, cuál es la opción más viable.
“Los dos tienen pros y contras, y los dos cuestan dinero”, pero debe tomarse la decisión pronto (dio en su momento un plazo de unos 30 días), pues el conjunto es “una institución valiosa” donde conviven la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (que espera un nuevo titular) y alrededor de 2 mil estudiantes de arte.








