Lo más interesante se encuentra en el segundo piso. El proceso formativo y esencia estética de Mathias Goeritz, sus coincidencias con poéticas místicas europeas, su rechazo ante exploraciones que consideraba “arte mierda”, su defensa del “arte plegaria” contra el “arte mierda”.
Museografiado con una modestia que se agradece después de enfrentarse a la dorada y errónea espectacularidad del primer piso, el contenido de esta sección permite ubicar relaciones creativas entre el artista y algunos relevantes protagonistas de la vanguardia y la post-vanguardia. Entre ellos, el interesante Grupo Zero.
Emplazada en el Palacio de Cultura Banamex-Palacio de Iturbide, en el Distrito Federal, la muestra El retorno de la serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional plantea una acertada narrativa que permite ubicar los hitos y procesos creativos, el pensamiento y la actitud del artista tridimensional nacido en 1915 en Alemania, y radicado en México desde 1949 hasta su muerte en 1990.
Curada por el investigador Francisco Reyes Palma, la exhibición se articula a partir del concepto de arquitectura emocional que desarrolló el escultor. Desde su perspectiva, el arte debía crear espacios y objetos que causaran una máxima emoción. Presente en la cotidianeidad de la Ciudad de México por la contundencia de sus proyectos de arte público –entre otros, Las Torres de Satélite y la Ruta de la Amistad que promovió para la Olimpiada de 1968 a lo largo del Anillo Periférico–, Mathias Goeritz destaca por un constante misticismo que se manifiesta a través de volúmenes ascensionales, materiales luminosos y lenguajes geométricos.
Dividida en núcleos que relacionan sus vocabularios característicos –torres, estrellas, estructuras geométricas antropomorfas, tableros dorados, abecedarios– con documentos fotográficos y hemerográficos, maquetas y obras, la exposición integra en algunas secciones piezas menores y superfluas que, lejos de enriquecer, debilitan el guión curatorial. En concreto, me refiero al apartado dedicado a las Torres de Satélite.
Custodiada por un personal de seguridad que se manifiesta nervioso y amenazante, la muestra sobresale por la exhibición de algunos vínculos creativos entre Goeritz y artistas europeos. Además de las indiscretas referencias a Miró en sus pinturas tempranas, entre sus influencias más confrontantes se encuentra el pensamiento y propuesta estética del Grupo Zero. Fundado en 1957 por Otto Piene y Heinz Mack, el grupo planteó ideas y actitudes contrarias al pesimismo de los nuevos realistas. Interesados en un arte que generara emociones vibrantes, sus integrantes encontraron en la luz, el movimiento y la textura del color, los medios adecuados para iluminar conciencias. Con propuestas monocromáticas, materiales horadados y exploraciones matéricas que reflejaban la luz, los artistas de Zero brillaron con firmas como Yves Klein y Lucio Fontana. Presentes cada uno con una pieza, Klein, Fontana y Piene recuerdan la cercanía que tuvo Goeritz con sus ideas.
Diseñada con base en una sólida investigación que genera nuevas preguntas sobre la identidad artística de Mathias Goeritz, la muestra incide también en una manera diferente de significar nuestra ciudad








