Lo califican de político-apolítico. Es un empresario deportista que tiene un impecable manejo de su imagen y quien siempre ha sabido acomodarse al lado de los ganadores: sean Menem, Duhalde o Kirchner. Es Daniel Scioli, el garante de la continuidad del kirchnerismo –cuyos militantes lo apoyan a regañadientes– para las elecciones presidenciales de este año en Argentina. Que Cristina vaya a ser el poder real en las sombras es el temor de unos y la esperanza de otros.
BUENOS AIRES.- “Scioli para la victoria”, dice el enorme cartel publicitario emplazado estratégicamente junto a la autopista que llega a esta capital desde el norte.
El candidato oficialista para las elecciones presidenciales del próximo 25 de octubre, Daniel Scioli, sonríe en la foto junto al eslogan escrito en celeste y blanco. Su expresión transmite confianza. Un hombre en el que tanto el votante kirchnerista como el independiente y el opositor volátil pueden confiar, según reflejan hoy todas las encuestas.
Scioli es un experto en mercadotecnia política. Elige personalmente las imágenes que difunde su equipo de prensa. La sonrisa cálida en la foto posee un registro natural al cual sus adversarios, Mauricio Macri y Sergio Massa, no pueden aspirar.
El eslogan del cartel oficialista fusiona de manera expresa a Scioli y al Frente para la Victoria. El candidato presidencial y el espacio kirchnerista que lo impulsa están en el mismo barco desde 2003, cuando aquél asumió como vicepresidente de Néstor Kirchner.
De 2007 a la fecha, Scioli gobierna en nombre de esta fuerza la estratégica provincia de Buenos Aires. Sin embargo, los políticos y “militantes K” lo ven con recelo: surgió a la fama gracias a un deporte elitista –la motonáutica– y fue reclutado para la política por el presidente neoliberal Carlos Menem (1989-1999). Su supuesta falta de ideología contrasta con el discurso militante del cual se nutre el kirchnerismo. Su política de seguridad es criticada por las organizaciones de derechos humanos. Su probado aporte en votos tiene, para muchos kirchneristas, un sabor agridulce.
El 16 de junio la presidenta Cristina Kirchner decidió apoyar la postulación de Scioli para sucederla. La designación de un candidato puramente kirchnerista al frente de la fórmula hubiera hecho peligrar las oportunidades de éxito, sobre todo frente al segundo en intención de voto en las encuestas, el alcalde de la capital, Mauricio Macri, de Propuesta Republicana.
Carlos Zannini, como candidato a vicepresidente, acompañará a Scioli. El actual secretario Legal y Técnico de la Presidencia es un alfil doctrinario del gobierno. La cuenta regresiva con que la oposición celebraba el fin del ciclo kirchnerista se detuvo.
Pero el kirchnerismo que emergería con Scioli como jefe de Estado es una incógnita. El candidato se presenta como la continuidad del proyecto de Néstor y Cristina. La oposición basa en esta lealtad sus críticas. La “militancia K”, por su parte, se forma casi a regañadientes detrás de él. Que la actual mandataria vaya a ser el poder real en las sombras es el temor de unos y la esperanza de otros.
Carreras
Daniel Osvaldo Scioli nació en Buenos Aires el 13 de enero de 1957. Su padre, José, fue fundador y dueño de Casa Scioli, una gran cadena de tiendas de electrodomésticos.
Dani –como lo llamaban familiares y amigos– estudió secundaria en el hiperpolitizado colegio Carlos Pellegrini. Sin embargo, el adolescente partía en su coche deportivo cuando sus compañeros se embarcaban en asambleas interminables.
Su único interés genuino era el deporte. Probó con ahínco en el tenis, el hockey sobre hielo, la natación, el basquetbol. Desembocaría en la motonáutica. Hoy juega futbol sala en su finca tres o cuatro veces por semana. “Si hubiera empezado de joven, habría sido un futbolista profesional”, confió a Pablo Ibáñez y Walter Schmidt, autores de la biografía Scioli secreto (2015).
Ha moldeado su imagen hasta convertirse en un producto atractivo para los votantes y para el establishment. Conoce de cerca la relación entre la política y los medios. Su padre también fue dueño del Canal 9 de televisión en los setenta y ochenta. Scioli cursó algunas materias de la carrera de Marketing en la Universidad Argentina de la Empresa. Finalmente se dedicó de lleno a las carreras acuáticas en lanchas que alcanzan los 250 kilómetros por hora. Comenzó a gestionar personalmente los auspicios y la difusión televisiva de su deporte de élite, desconocido para el gran público.
La imagen del joven corredor –vestido con un overol rojo, similar al usado por los pilotos de Fórmula 1– llegó a los medios. Scioli cosechó los primeros títulos internacionales. Su relación con la modelo Karina Rabolini alimentó a la prensa del corazón desde 1986.
El edificio donde la pareja vivía, en el exclusivo barrio de Recoleta, se incendió el 15 de mayo de 1987. Una cabaña de madera que el joven corredor de lanchas había construido ilegalmente en la terraza del noveno piso, ardió. El incendio se extendió a los pisos superiores. Él y Rabolini escaparon por los techos. La joven se fracturó un tobillo al saltar a un edificio vecino. El encargado del edificio, José Abujal, murió asfixiado al intentar rescatar a otras personas. La justicia benefició a Scioli frente a la demanda que le entabló un vecino por los daños.
El 4 de diciembre de 1989 selló la vida de Daniel Scioli. Durante la segunda etapa de los Mil Kilómetros del Delta se volcó con su lancha en el río Paraná. Perdió el brazo derecho. Padece el síndrome del miembro fantasma. Debe usar un adhesivo analgésico para “moderar los chispazos eléctricos que lo despiertan en medio de la noche, brotan entre los omóplatos y viborean bajo la piel, como un rayo, hasta estallar en el muñón”, relatan sus biógrafos. A pocos meses de accidente aprendió a escribir con la mano izquierda. Practicó su firma con esmero. Supo que había traspasado un límite el día en que su primer cheque fue cobrado en caja.
“Daniel, los mejores días están por venir”, le dijo el entonces presidente Menem, quien había sido copiloto de Scioli en la primera etapa de la carrera, al visitarlo tras la amputación del brazo.
“Un día vos te vas a sentar en este sillón, pero no te apures”, le dijo Néstor Kirchner el 10 de diciembre de 2007, cuando Cristina asumió su primer mandato. Scioli se siente predestinado a ocupar la jefatura del Estado.
La política
El padre de Scioli fue amigo del presidente radical Raúl Alfonsín (1983-1989). La familia estaba enfrentada ideológicamente con la izquierda y el peronismo. El giro neoliberal que encabezó el peronista Menem entre 1989 y 1999 le granjeó simpatías de antiguos adversarios.
Menem convocó a famosos del mundo del deporte y el espectáculo a sumarse a su proyecto. Scioli fue elegido diputado nacional en 1997, en medio de un clima de recesión y desempleo. En octubre de 2001 fue reelegido, en alianza con el ejecutor del modelo neoliberal en Argentina, el ministro de Economía, Domingo Cavallo.
Tras el estallido social de diciembre y la declaración de cesación de pagos de la deuda externa, Scioli fue secretario de Turismo y Deportes en el gobierno provisional de Eduardo Duhalde (2002-2003). En mayo de 2003 acompañó como vicepresidente a Kirchner. De 2007 a la fecha gobierna la provincia de Buenos Aires, cargo para el cual fue reelegido en 2011 con 54% de los votos.
Fue criticado por el arco progresista debido a sus políticas de seguridad y a las condiciones de reclusión de los presos. El candidato ha pedido reiteradamente bajar a 14 años la edad de imputabilidad penal.
La Fundación del Banco de la Provincia de Buenos Aires hace beneficencia con fondos públicos. En 2007 Scioli puso al frente a su mujer. El banco “olvidó” una deuda que la modelo tenía con la institución desde 1997, cuando pidió un préstamo de 700 mil dólares, intentando evitar, sin éxito, el remate de su fábrica de ropa.
En la Fundación, junto a Rabolini, trabaja Lorena Scioli, la hija del candidato. La mujer nació en 1978, fruto de la relación del joven con Margarita Rentaría Beltrán, empleada administrativa de su padre.
Scioli se vio obligado a reconocerla tras un juicio de filiación que la madre le entabló a principios de 1990. Lorena fue madre en 2013 y tiene con su padre y con Rabolini una relación estrecha.
Estilo
Scioli marcha hacia el poder sin detenerse. Siempre a la sombra de diferentes líderes. Visitaba a Menem cuando estuvo preso en 2001. Supo ser leal a Duhalde. Apostó por el espacio kirchnerista cuando otros dirigentes creyeron que era el momento del cambio.
Scioli vive entre la capital provincial, La Plata, y su finca junto al río Luján, al norte de la capital. Se moviliza en un helicóptero que pilota personalmente. Su finca, Villa La Ñata, es una especie de museo de sí mismo pero también de la vida política y cultural argentina de las últimas dos décadas.
En un galpón se muestran sus trofeos, cuelga el motor de una lancha con la que se coronó campeón del mundo. En las paredes hay fotos en las cuales aparece junto a Kirchner, George W. Bush, Maradona, Juan Pablo II, Mercedes Sosa, Fidel Castro, Shakira, Lula, Jorge Bergoglio cuando aún no era Francisco. Scioli toma al actual Papa como referente.
Es difícil saber qué actitud tomará en el prolongado conflicto entre el kirchnerismo y Grupo Clarín. Sus buenas relaciones con la empresa multimedios provienen de la época en que Canal 13 televisaba sus carreras. Scioli cree en una convivencia entre política y mercado. Su prédica descansa bajo el modelo que hizo crecer a su padre: gente que consuma, que compre, que pague en cuotas. A una parte del oficialismo le molesta tener que verse en este espejo. El kirchnerismo también es, en esencia, el acceso de la población a los electrodomésticos.
En Villa La Ñata conviven el deporte, los negocios, la política. Carlos Slim visita allí secretamente a Scioli cuando está en Argentina. También se acercan empresarios de medios y cantantes, como Julio Iglesias o Ricardo Montaner, quien acaba de grabar el “Himno de la victoria”, el fondo musical que acompañará al candidato en campaña. En la finca hay un lugar llamado “La Biblioteca”, que en realidad es un gimnasio. Prácticamente no lee. Se duerme en el cine y el teatro. Varias noches por semana juega ajedrez. Es frío y metódico. Entiende el juego como un ejercicio político.
Como político es más bien parco, ajeno al placer de la retórica. Su voz, algo ronca, nunca se regodea en el concepto. Sin necesidad de abrir la boca ha llegado alto. Se mueve entre el silencio y la indefinición como pez en el agua. “Scioli es así, hiperkinético, pero sin una línea definida en nada. No le preguntes si algo es blanco o negro, porque no lo sabe. Me hace recordar a un mozo (camarero) al que le pregunté si el pescado que me sirvió era a la plancha o al horno… y contestó que sí”, contaba uno de sus colaboradores a Página 12 el 10 de octubre de 2010.
Un consultor que en 2011 estudió a Scioli a pedido de un adversario político, sostuvo que la gente lo percibe como “el yerno ideal”. Es, como su principal adversario, Macri, un político apolítico.
La provincia de Buenos Aires abraza a la ciudad homónima contra el Río de la Plata. Kirchner lo ubicó allí como dique de contención para que Macri no pueda extenderse.
El conservador popular Scioli aventaja en las encuestas al conservador liberal Macri. El kirchnerismo intenta en estos días acentuar algún ribete progresista en él para asegurar el voto propio. Algunos consultores predicen un triunfo oficialista en primera vuelta.








