La rebelión del hartazgo

La furia, la miseria y la desesperanza votaron en Grecia y dijeron “no” a una mayor austeridad, “no” a una reducción de las pensiones, “no” al sometimiento ante las autoridades financieras de la Unión Europea. Pero ese clamor abrió la puerta a tiempos muy difíciles. El gobierno de la nación helénica debe renegociar un acuerdo con sus acreedores a marchas forzadas, en el que cada hora cuenta. Acechan, ni más ni menos, la quiebra del país, la fractura de la zona euro y un sismo económico de proporciones planetarias.

ATENAS.- Hace tiempo que el ágora de Atenas perdió su lustre. Desde luego, su imagen dista mucho de aquella plaza pública poblada por filósofos de la antigüedad. Desde hace años, el Mercado Popular Central –ágora, en la moderna lengua helena– está de capa caída. El último lustro empeoró su declive: durante ese tiempo, la economía de este país mediterráneo ha sufrido la mayor recesión vivida por un país europeo fuera de épocas de guerra (el Producto Interior Bruto ha caído más de 25%).

Viejas señoras desdentadas gritan su mercancía a las puertas de este guirigay de puestos de carne y pescado, mientras un perro y varios vagabundos dormitan junto a las paredes desconchadas. Una moto recorre el interior, sorteando tullidos y cortando los charcos de agua y sangre de las reses. Los turistas del norte de Europa se tapan la boca y la nariz, pero no se sabe si les repugna más el espectáculo de carnes y vísceras colgadas de un gancho o la pornográfica miseria que se percibe por las calles de Atenas.

Sin embargo, el carnicero Vangelis explica que las últimas dos semanas han sido de mucho trabajo: “No hemos parado de vender. Los canales de televisión han metido el miedo en el cuerpo de la gente y todos vienen a hacer acopio de alimentos”.

Los últimos 15 días en Grecia han sido, desde luego, trepidantes. El gobierno griego estaba negociando con sus acreedores (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, conocidos como la Troika) un nuevo programa de ajuste a cambio de nuevos créditos con los que financiar su economía, porque desde hace cinco años tiene la puerta de los mercados internacionales prácticamente cerrada.

Pero, el 26 de junio, el Ejecutivo heleno, presidido por la Coalición de Izquierda Radical (Syriza), se levantó de la mesa: Según fuentes griegas, cuando parecía que las posturas se acercaban, los acreedores presentaron un ultimátum exigiendo recortes en pensiones y subida de los impuestos, al tiempo que rechazaban la propuesta griega de elevar la tasación sobre las grandes fortunas. El primer ministro heleno, Alexis Tsipras, que venció en las elecciones del pasado enero con un mensaje contrario a la austeridad y a los recortes sociales, alegó que las exigencias de los acreedores iban contra el mandato de las urnas y que, por tanto, debía consultar a su pueblo si aceptaba o no el acuerdo.

Así lo hizo, pero la convocatoria de un referéndum no sentó para nada bien a los socios de la moneda común ni al Banco Central Europeo (BCE), que decidió detener la inyección de fondos de emergencia. Ante el temor de que la huida de capitales al extranjero –que venía incrementándose en los últimos meses– hiciese quebrar a los bancos, el Ejecutivo decretó un corralito, el segundo en producirse en la Zona Euro tras el de Chipre de 2013, que también se debió a que el BCE retiró las inyecciones de liquidez cuando el Parlamento de ese país decidió rechazar el acuerdo de rescate.

Así, con los bancos prácticamente cerrados –sólo se permite retirar 60 euros diarios y salvo algunas excepciones no permiten hacer pagos al extranjero– se desató la batalla por la consulta. El gobierno de Syriza pidió a los griegos votar “No” a las propuestas presentadas por los acreedores pues, sostenía, ello ayudaría a “reforzar” su posición en la mesa de negociaciones.

En cambio, los dirigentes de la Unión Europea y los líderes de los restantes países europeos se volcaron en impulsar el “Sí” y, además, plantearon a Grecia que un rechazo a la propuesta podría significar la salida de la zona euro. La propaganda se desató en ambos lados pero, especialmente, del lado del Sí, que contó con el apoyo de la oposición y de la mayoría de los canales de televisión privados, que, según un estudio, dedicaron 11 veces más tiempo a la campaña del Sí que a la del No.

De hecho, la posición de los medios es entendible desde el punto de vista económico. Todos los grupos mediáticos privados griegos pertenecen a grandes emporios ligados al sector de la construcción o de las empresas navieras –que Syriza pretende tasar. Además se da la situación de que los canales de televisión no pagan por sus licencias de emisión desde finales de la década de 1980, y se calcula que adeudan al Estado unos 2 mil millones de euros. Lo que pasa es que los partidos políticos que han gobernado Grecia durante los últimos 40 años –la conservadora Nueva Democracia y el socialdemócrata Pasok, ambos ahora en la oposición y partidiarios del Sí– les permitieron ejercer mediante licencias provisionales a cambio de que sus informaciones no se cebasen contra ellos, algo que el gobierno de Tsipras pretende acabar.

“Lo que hubo durante la campaña no fue periodismo, fue criminal”, se queja Nikos, un librero del centro de Atenas que, pese a los daños que ha hecho a su negocio el corralito bancario, terminó optando por el No. Y es que los analistas creen que la abrumadora campaña mediática a favor del Sí y la “injerencia” de las autoridades europeas tuvieron un “efecto boomerang”. El domingo 5, los votantes griegos expresaron una negativa rotunda: esa opción consiguió 61.3% de los votos, frente a 38.7% del Sí.

“Hemos dicho basta, y lo hemos dicho como un pueblo, sin tener en cuenta las opciones políticas”, clama orgulloso el carnicero Vangelis: “Ahora Alemania y la UE tendrán que cerrar un acuerdo, porque si nos vamos nosotros del euro, se van detrás Portugal, España e Italia. El pueblo votó sobre las medidas de austeridad y las rechazó, porque nos han hecho sufrir. ¿Estamos locos? No, lo único que queremos es que se cumplan nuestros derechos. Y por eso hemos votado sin miedo y hemos dicho No”.

“Los griegos siempre hemos sido un pueblo orgulloso”, apunta Yorgos Andakis, admitiendo el componente nacionalista del rechazo de Grecia a las propuestas europeas: “Nosotros sólo queremos una ayuda. Hemos padecido mucho hasta ahora y hace falta que cada cual asuma sus responsabilidades”. Para gente como este vendedor de ropa infantil, la situación es terrible –“Hay días que cerramos la caja sin haber hecho un solo euro”– y se ve agravada por el cierre bancario que secó completamente la economía.

Si hubiera ganado el Sí en el referéndum habría provocado la dimisión del gobierno heleno –tal y como prometieron las autoridades. Pero la victoria del No tampoco es fácil de gestionar. En primer lugar, porque dejó una sociedad profundamente fracturada desde el punto de vista político, social e incluso generacional. Los resultados reflejan que el Sí ganó con creces en los distritos mejor situados económicamente, además de contar con un elevado apoyo entre los mayores de 54 años. En cambio, hasta 80 % de los votantes menores de 25 años –los que más han sufrido la crisis y las medidas de austeridad– optaron por el No.

Además, según una encuesta de la empresa demoscópica Marc, 43.7% de los griegos aceptó, como asentaba el gobierno, que se trataba de una consulta sobre el nuevo acuerdo con los acreedores; pero otro 41.7% lo consideró como un referéndum sobre la permanencia en la divisa europea.

Y en segundo lugar porque, para realizar el referéndum, hubo que declarar el cierre bancario, y un corralito es una situación de la que se sabe cómo se entra pero no cuándo ni cómo se sale. “Esta incertidumbre hace muy difícil importar y exportar. El impacto del cierre bancario significa que este año volveremos a la recesión, pese a que el pasado año habíamos logrado un crecimiento de 0.7% del PIB y este año esperábamos que se incrementase a 2.5%”, lamenta Nikos Vettas, presidente de la Fundación de Investigaciones Económicas e Industriales (IOBE): “Es imprescindible una vuelta a la normalidad cuanto antes porque cada hora cuenta. Sin tener un acuerdo (con la UE) los bancos no podrán volver a abrir, y eso les hace un daño que podría transformarse en irreversible”.

De hecho, la imposibilidad de hacer pagos al extranjero –excepto en aquellos casos que sean autorizados, debido a su urgencia, por el Ministerio de Finanzas– comenzó a provocar problemas en el suministro de ciertos productos. “Buena parte de la carne que vendemos viene de Holanda y hemos tenido que detener la importación porque no podemos pagar a los proveedores”, asegura una fuente de una gran cadena de supermercados que pide el anonimato.

La situación ha dañado especialmente a las pequeñas y medianas empresas importadoras, que no cuentan con fondos en el extranjero y han tenido que detener los pedidos del exterior, pero también, en muchos casos, del interior, ya que algunos suministradores exigen ahora el pago en efectivo por temor a que el gobierno se vea obligado a efectuar un recorte de los depósitos bancarios.

“Las empresas se enfrentan a todo tipo de dificultades para hacer negocios; hay interrupciones en la cadena de suministros y cuellos de botella en el sistema de pago…”, se queja Mijalis Masurakis, economista jefe de la Federación de Empresas de Grecia (SEV), quien acusa al gobierno de Syriza de haber puesto al país al borde de la salida de la divisa europea: “No sabemos cuál es su verdadero plan, si quieren quedarse en el euro o convertir este país en la Cuba del Mediterráneo”. El miedo a lo que pueda pasar, unido al poco efectivo que se puede extraer de los cajeros, provocó una caída de 70% en las ventas. Y, en cambio, aumentaron 20% la alimentación y la gasolina.

Ese temor obligó a la administración federal a regresar a la mesa de negociaciones con la Unión Europea y a hacerlo sacrificando al polémico ministro de Finanzas, Yanis Varufakis, muy odiado por los acreedores debido a sus maneras heterodoxas. Eso sí, en casa, Tsipras salió reforzado debido al elevado voto por el No y a que, por el resultado del referéndum, la oposición se vio obligada a cerrar filas en torno al gobierno de cara a las negociaciones.

De esta manera y ahogada por un calendario de pagos en el que ya acumula demoras, Atenas se vio obligada a solicitar un tercer rescate a la Unión Europea, después de los dos obtenidos en 2010 (por 110 mil millones de euros) y 2012 (130 mil millones). Pero las autoridades europeas, muy molestas por la rebeldía de Tsipras, forzaron al país mediterráneo a aceptar un programa de ahorro por 12 mil millones de euros, incluidas reformas en las pensiones y aumentos de los impuestos indirectos, medidas similares a las rechazadas por el pueblo griego y muy difíciles de asumir para una población poco dispuesta a aceptar más austeridad después de que los salarios hayan caído hasta 40% y las pensiones se recortaran entre 35% y 50%.

“Algunos nos preguntamos para qué sirvió la consulta”, se queja la diputada regional de Syriza Corina Vasilopulu en declaraciones a Proceso: “No estoy segura de que unas medidas tan duras sean aprobadas por el Parlamento, ya que algunos diputados de nuestro partido podrían rebelarse a menos que vayan acompañadas por un acuerdo sobre la reestructuración­ de la deuda”.

De hecho, ante el riesgo de descarrilamiento del diálogo, el FMI y Estados Unidos han presionado a la UE y, sobre todo, a Alemania –el país europeo más reacio a hacer concesiones a Grecia– a favor de un cierto perdón de la deuda. Las presiones llegaron a tal punto que el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, llegó a proponer a su homólogo estadunidense, entre bromas y veras: “Nosotros podemos acoger a Puerto Rico en la Eurozona si Estados Unidos está dispuesto a que Grecia entre en la unión del dólar”. Pero es que Washington teme que una salida de Grecia del euro y la UE podría llevar a este país a echarse en manos de Rusia o China.

“La UE está dando verdadero asco, a veces me parece una institución dictatorial”, denuncia Vasilopulu: “Es evidente que lo que quieren nuestros socios europeos es poner de rodillas a Syriza, porque vienen elecciones en España, Portugal e Irlanda, y temen que ganen partidos como el nuestro, contrarios a la austeridad”.

De hecho, el hartazgo es cada vez mayor en Atenas y, aunque la mayoría aún se muestra partidario de mantener el euro, son cada vez más los que apuestan por volver a su anterior divisa: el dracma.

Yorgos regenta un puesto de venta de baratijas en el centro de Atenas, pero pasa las horas sentado en un café cercano charlando con sus vecinos, porque las ventas se hundieron 90%. “Cada vez vamos a peor. La gente se encierra en casa y sólo sale a comprar lo más básico”, sostiene: “Da igual lo que votemos. La UE es una gran mentira”. l