La visita del Papa Francisco a Sudamérica ha sido de mensajes sociales y denuncia. En sus homilías, discursos y alocuciones, anima a los fieles y estructuras religiosas a asumir posturas más proactivas para enfrentar un sistema económico mundial depredador, que esclaviza la condición humana y lleva al exterminio la casa común, es decir la naturaleza.
El jueves 9, en Santa Cruz, Bolivia, Francisco pronunció el discurso social más directo y crítico, en el cierre de los trabajos del II Encuentro Mundial de Movimientos Populares. Sentenció: “Este sistema ya no se aguanta. No lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra, como decía San Francisco”.
El argentino pronunció el mensaje más contundente de su pontificado en materia social. Muchos lo califican como antesala de una nueva encíclica sobre la cuestión actual. Un esbozo que conjugaría lo tradicional de la doctrina social con nuevas fórmulas de denuncia contra la modernidad contemporánea, este sistema idolátrico del dinero que contradice todo el mensaje de Jesús y es antagónico a la proclama cristiana de la buena nueva.
Sobre esto señaló: “Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba ‘el estiércol del diablo’. La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo ésta, nuestra casa común”.
Hay una extraña mezcla en Francisco del viejo catolicismo antimoderno y antiliberal con una renovada Teología de la Liberación, que incorpora la ecología y una visión planetaria. Con aflicción sentenció que ante tantas injusticias y pobrezas hay una humanidad doliente, y ante tanto dolor se nos estremecen las entrañas.
También criticó a la misma Iglesia católica, pidió perdón por los pecados ante los pueblos originarios e inevitablemente involucra a la Iglesia en el proceso de cambio: “La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio”.
Aunque habló de una economía de inspiración cristiana, rechazó las recetas simplistas: “En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón”.
Si bien el discurso del argentino es audaz e implacable en su crítica al actual sistema económico, no se le puede reprochar que se salga de los márgenes de la doctrina social de la Iglesia. Es más, es cuidadoso y fundamenta siempre sus tesis más intrépidas. Cuando acusa a los monopolios y concentraciones de bienes, por ejemplo, se basa en la tradición: “El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo”.
En su mensaje ante cerca de mil 500 delegados –600 de Bolivia y 900 de diferentes países participantes en este foro de movimientos populares– Bergoglio no utilizó sutilezas. Frontalmente asume las conclusiones de los participantes en torno a las llamadas “tres T” –tierra, trabajo y techo– como derechos sagrados para todos.
“¿Qué es lo que pueden hacer los pobres y los excluidos? ¡Mucho! ¡Pueden hacer mucho! Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de ‘las tres T’ (trabajo, techo, tierra) y también en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, nacionales, regionales y mundiales. ¡No se achiquen!”
Entre las recomendaciones que formula Francisco, sobresale poner la economía al servicio de los pueblos; antes había sentenciado que este sistema económico “atenta contra el proyecto de Jesús”.
Sin duda el mensaje social de Francisco provocará reacciones en los núcleos conservadores de la catolicidad. Está yendo demasiado lejos. La curia rancia tendrá argumentos para resistir sus reformas. Los refinados intelectuales europeos seguirán catalogándolo como un Papa populista y de un tercermundismo obcecado. Sin embargo, ha agitado el adormecido confort de Roma y su fuerza va en aumento.
Su encíclica Laudato Si’ y este viaje multitudinario por Sudamérica así lo muestran. Francisco está recuperando la naturaleza de la Teología de la Liberación y da seguimiento a su anterior visita a Brasil, donde mostró indicios de un perfil pontifical renovado. Es cierto que no ha abordado con fuerza el tema de la mujer ni encarado el tema de los gays, nuevos matrimonios ni divorciados vueltos a casar.
Probablemente tenga otra prioridad o esté preparando nuevas actitudes de la Iglesia que serán debatidas en el próximo capítulo del sínodo sobre la familia. Finalmente vale la pena leer el texto, disponible en la redes sociales, porque es un nuevo paso en materia social, adelante del que en su momento formuló León XII en 1891 con la encíclica Rerum Novarum.








