De Enrique González Rojo Arthur
Señor director:
Le agradecería dedicar un pequeño espacio en Palabra de Lector al siguiente poema.
Y vivos los queremos
La incertidumbre prende fuego
en las partes inflamables del afán de justicia.
Duele en la carne viva del espíritu.
Hace que las lágrimas se introduzcan en las venas
y lleguen a los puños, transmudando
su líquida congoja en sólida iracundia,
y es el hilo enmarañado que, nudo en la garganta,
se halla a punto, carajo, de asfixiar
las sílabas guerreras
que porta en su cartuchera de metáforas
mi canto.
Con los padres de las víctimas, sostengo:
no hay nada peor
que estar enfermo de incertidumbre,
que cargar la duda –enquistada y purulenta–
en medio de la frente, de si los hijos viven
o si el homicidio, mudando su obsoleta guadaña
por hornos crematorios, los ha vuelto
puñados de ceniza que manos criminales,
con líneas de la muerte en cada palma,
arrojaran al despeñadero del anonimato.
Pero no hay duda ya
de quiénes son los responsables:
los talleres plebeyos de la sospecha,
movidos por la fuerza motriz de la iracundia,
dibujan a todo vapor y a cielo abierto
el fantasma inconfundible del culpable.
Ha tiempo, los de arriba
–poniéndole veladoras de azufre
a la malevolencia–
han otorgado la ciudadanía mexicana
a la impunidad. Ha tiempo.
El crimen sin castigo ha terminado por ser
el principio rector de nuestro México.
Enrique González Rojo Arthur








