“Una noche en la playa”

En el mar la vida te da revolcones donde a veces es posible levantarse atolondrado, pero en muchas otras no se sobrevive. La ambigüedad impera en la obra Una noche en la playa, en la cual un extranjero y un encargado de palapa se encuentran: primero para pelear el lugar, y después para enredarse en una serie de historias en las que nos arrastran, como la resaca. No sabemos hacia qué lugar nos llevan ni si vamos a reencontrarnos al final.

Producida por Ana Bracho y Paula Sánchez Navarro, es de la autoría del joven dramaturgo y actor español Javier Veiga, dirigida por Alejandro Ricaño, con las actuaciones de Odiseo Bichir y Alfonso Dosal. Es la primera vez que Ricaño dirige una obra que no es de su autoría. En sus trabajos anteriores, desde la escritura, ya estaba contenida su visión de puesta en escena, y ambas labores estaban intrínsecamente unidas. En esta ocasión aborda un texto ajeno en el que el humor y los escondrijos internos de los personajes colindan con su propuesta dramatúrgica.

Aun así, el texto de Veiga incursiona en temáticas diferentes y personajes no muy cercanos al universo dramático de Ricaño. La realidad se impone en esta propuesta y el autor recurre a referencias literarias y cinematográficas para hacer girar constantemente la historia. Con referencias narrativas de otros lados –en un momento, por ejemplo, parecería que estamos ante el mismo juego que plantea Extraños en un tren–, en este remix la constante es la develación de las intenciones ocultas de uno de los personajes para cumplir un encargo de venganza. Lo curioso es que la falta filial acusatoria está en el simple hecho de imaginar y desear; como en la religión católica, se peca de pensamiento, sin posibilidad de salvarse. No como la idiosincrasia popular concretada por Chava Flores en ese decir de “Soñar no cuesta nada”. Aquí, el pensamiento es castigado, por más inocente que sea el responsable.

Aunque los giros dramáticos parecieran construidos con fórmulas, la eficacia del autor mantiene atento al público y el thriller sale adelante con buenos resultados. El primer conflicto se da entre un extranjero norteamericano de origen sueco –de ahí la extrañeza en su hablar–, que dice estar curándose de un mal de amores y que no quiere desocupar el camastro que le exige el encargado de la palapa, pues es hora de cerrar. De ahí, los personajes caminan por diversos senderos con intrigas atractivas que van desde la pregunta: ¿nunca has pensado en matar a alguien?, hasta orillar al otro a defenderse y también  confiar. Javier Veiga sugiere dos personajes representantes de los países del norte y los países de sur. La adaptación a México es asertiva en el lenguaje, las referencias y las intenciones; no así en la estética, donde vemos una playa europea con sus casitas, y no una caribeña más caótica y colorida. La arena, como elemento fundamental escenográfico, es fantástica por la sensación que provoca, el reto actoral que implica y la obligada ubicación en una ambiente de playa.

Tanto la actuación de Odiseo Bichir como de Alfonso Dosal tienen una naturalidad sobresaliente. Guiados por Ricaño, fluyen en el espacio y generan entre los personajes una dinámica jugosa. Ambos se vuelven empáticos con el espectador a pesar que en un principio el extranjero parece chocoso y no se entiende esa forma extraña de hablar. Bichir incursiona con éxito en la comedia y Dosal muestra gran madurez escénica después de sus primeros trabajos en teatro, como Rojo.

Una noche en la playa se presenta en el Teatro Virginia Fábregas, y gracias al empeño de sus arriesgadas productoras –dando oportunidad a que el público pueda acceder a un texto inteligente–, es una propuesta escénica atractiva y un trabajo actoral muy bien desarrollado.