El barbero de Sevilla, la famosa ópera de Gioachino Rossini, es una joyita deliciosa, una verdadera obra maestra ejemplo de comicidad y enredos, y no sólo eso, sino una muestra insuperable de unificación de la ópera cómica y el bel canto, esa endiabladamente difícil y rapidísima forma de cantar. Tanto, que lo que se dice belcantistas-belcantistas hay únicamente unos cuantos en el mundo.
Esto, sin embargo, no quiere decir que otros cantantes estén impedidos para abordar, no sólo con decoro sino con gran éxito, obras consideradas propias de esa particular forma cantábile, aunque cada caso es particular y cada intérprete otorga su versión según la obra.
Todo lo anterior debido a la contemplación de un muy recomendable Barbero rossiniano a cargo de un grupo de jóvenes cantantes apoyados y dirigidos por un equipo, este sí ya experimentado, que todos los domingos de junio a la 1 de la tarde se presenta en el Teatro Helénico.
La versión ostensiblemente reducida puesto que está principalmente encaminada al público infantil, se interpreta únicamente a piano y, respetando la trama, musicalmente mantiene las principales, conocidas y gustadas arias como el “Largo al factotum”, “La calumnia”, “Una voce poco fa” y escenas de conjunto, desde dúos como “Pace e giogia” entre el Conde Almaviva-Lindoro y el Dr. Bartolo, hasta concertantes como el gracioso final del primer acto.
Manteniendo igualmente los personajes (incluyendo los muy prescindibles para una versión así) como Bertha, Ambrosio y hasta Fiorello, a los cuales se agrega uno inventado que viene a ser el pivote de la puesta en escena, nada menos que el mismísimo autor de la novela en la que se basa el libreto, monsieur Pierre August Caron de Beaumarchais.
Es éste quien va presentando, a través de párrafos cortos, desenfadados y con algunos toques de actualidad, los sucesos que escenificaran los aristas. Una forma sencilla pero efectiva de acercar a los más pequeños a la comprensión de lo que sobre el escenario sucede.
Por otra parte, en dos pantallas colocadas a ambos lados del escenario, se proyectan traducciones del italiano original. Supertitulaje que falló terriblemente pero, como es cuestión puramente técnica, esperamos se solucione para la función siguiente.
Hay otras fallas: Por ejemplo, la escena de la escalera, cuando se supone que Fígaro y Almaviva van por Rossina, entendible en el original pero que aquí no queda clara para nadie.
Fuera de esos detalles la versión es por demás grata, está bien hecha musical y actoralmente, resulta colorida y alegre, y demuestra que, con talento y compromiso, se pueden hacer cosas buenas sin necesariamente gastar millones.








