Cómo se construyó

El origen del Acueducto del Padre Tembleque se remonta a los primeros años de la conquista española. Cuentan los entrevistados por Proceso, y consta en diversos documentos y crónicas, que los indígenas de la región de Otumba, Estado de México, consumían agua en depósitos tradicionales de captación de agua de lluvia llamados jagüeyes. Podían ser construidos o formados naturalmente por depresiones del terreno.

Cuando llegaron los españoles e introdujeron la ganadería no tuvieron reparo en llevar ahí a sus animales (entre ellos caballos, vacas y puercos) que comían, bebían y defecaban, con lo cual contaminaron el agua. Hubo entonces una epidemia entre los habitantes originarios y comenzaron a morir principalmente niños y gente mayor.

Arraigado ya en la región, el padre Tembleque, quien aprendió a hablar náhuatl y adoptó el nombre de Francisco por pertenecer a la orden franciscana, y el apellido de su tierra natal, el pueblo de Tembleque, en Toledo, región castellana, comienza a investigar las causas de la mortandad y decide emprender la búsqueda de agua limpia para los pobladores de Otumba.

Le informan que en el señorío de Zempoala hay unos manantiales y se traslada al lugar. Se trata del agua que nace al pie del volcán extinguido del Tecajete, en cuya cima se acumula agua pluvial que va descendiendo y al hacerlo se nutre de los minerales del cerro, para depositarse finalmente en los manantiales.

El padre Tembleque tuvo entonces la idea de construir un acueducto para llevarla a sus pueblos. Poseía conocimientos topográficos y arquitectónicos de la cultura occidental y aprovechó la sabiduría milenaria indígena y su mano de obra. Subraya al respecto el arquitecto Raúl Delgado Lamas, al frente de la Dirección de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta):

“Es un portento, una obra de ingeniería. Y algo más: ¡No la hizo el gobierno español, no la hizo la corona española! ¡Fue el pueblo! La hizo la sociedad, la comunidad, la hicieron las mujeres… Las mujeres pagaron el acueducto. ¿Qué hicieron? Como en el siglo XVI, en tiempos renacentistas, tenían que producir los textiles para sus esposos y sus hijos, hicieron un poco más para venderlos en el mercado y tener recursos para el financiamiento.”

El tramo más vistoso y espectacular es la arcada mayor de un kilómetro de extensión, ubicada en los límites de los estados de México e Hidalgo. El arco central, que es el más alto, tiene una elevación de 33.84 metros, y según consta en algunos documentos, es el más alto en su tipo, por encima de otros acueductos romanos o renacentistas ya inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial.

Debajo de este gran arco pasa el río El Papalote que forma la barranca de Tepeyahualco, y pareciera tener una especie de trabe a la mitad. Pero si se le mira bien, está sobrepuesto a las columnas que van desde el arco hasta tierra firme. El ingeniero Antonio Mateo Linaza, miembro del Patronato Acueducto Tembleque A. C., explica que ese pequeño arco no soporta ningún peso y fue construido únicamente para ponerle nichos que albergan imágenes religiosas.

El conjunto de arcos, hecho con piedra, cal y agua de nopal, ha soportado no sólo el paso de los siglos, el desgaste por el uso, la erosión, las filtraciones de agua, el desprendimiento de sus materiales, y a decir del arquitecto también sismos, algo “a lo que no se enfrentaron los romanos, allá no tenían estos problemas”. Aunque Linaza aclara que donde se encuentra no es zona sísmica.

Al ser una región semidesértica, no hubo madera de la cual echar mano para hacer la cimbra que cargara temporalmente los arcos, por lo cual el soporte se hizo con muros de adobe que sirvieron también para transportar los materiales de una región a otra y, al final, fueron derribados aunque se conservan restos testimoniales de la hazaña.

Muchos creen que la obra hecha por el franciscano, que ya se llama oficialmente Acueducto del Padre Tembleque. Complejo Hidráulico Renacentista en América –para fines de su inscripción en la UNESCO–, es sólo este conjunto de arcos. Lo cierto es que a lo largo de los 48.22 kilómetros de extensión que van del Cerro del Tecajete, en Zempoala, a Otumba, hay canales o apantles distribuidos en dos ramales, acequias, cajas de agua, distribuidores, aljibes, pilas, fuentes que datan de la misma época, y arquitectura colonial de casas y templos que aún se conservan.

Como un elemento más, constitutivo de su singular belleza, pueden mencionarse incontables glifos prehispánicos que son la huella o marca que las manos indígenas quisieron dejar como testimonio de su participación. Algunos de ellos aparecen también en códices, representan escudos o son signos calendáricos, y según Delgado fueron estudiados por el padre Ángel María Garibay y ahora son del interés de su discípulo, el historiador Miguel León-Portilla.

En un recorrido hecho por Proceso con la guía de Linaza y otro miembro del Patronato, el abogado Saúl Uribe, pudo verse que en sus primeros tramos el acueducto está a más de un metro de profundidad de la superficie y poco a poco se va elevando hasta el ras del terreno. También se constataron tramos donde se han roto las tapas de los canales y hasta se han construido cajas de agua con materiales actuales para desviar el líquido.

Los estudios que a lo largo de los años se han hecho sobre el acueducto permiten ver en el mapa que, salvo el de la arquería monumental, no hay tramos rectos. Fray Tembleque tuvo que librar los obstáculos que el terreno le opuso en su empeño por llevar el agua hasta Otumba: Bordear cerros, saltar barrancas y atravesar el árido altiplano central mexicano. Debió darle además un desnivel de 250 metros, entre el extremo del cerro del Tecajete y Otumba para que el agua corriera por la gravedad.