El patriarca del lodazal

En 1998 y después de 17 años como secretario general de la FIFA, Joseph Blatter llegó a la presidencia del organismo más poderoso del futbol mundial como el “delfín” de su predecesor, el brasileño Joao Havelange.

Blatter es una copia al carbón de Havelange. De él aprendió a operar la FIFA a través de la corrupción y la trampa. El mismo hierro que mató al líder brasileño es el que tiene ahora al suizo a nada de ser acusado de recibir sobornos.

La caída del máximo jerarca de la FIFA era cuestión de tiempo. Los señalamientos y acusaciones que la prensa británica ha hecho durante más de 15 años así lo indicaban.

El lodo que comenzó a descubrirse obligó a la FIFA a simular que, a través de una investigación independiente, encargada al exfiscal estadunidense Michael J. García, realizaba una limpia interna entre sus miembros, quienes fueron acusados –e incluso algunos, expulsados– por los actos de corrupción que cometieron, entre ellos ofrecer o aceptar sobornos.

En agosto de 2011, después de que Blatter lograra su cuarta reelección al frente de la FIFA en medio de acusaciones, la organización no gubernamental Transparencia Internacional (TI) le pidió que cumpliera su promesa de instalar una comisión integrada por personas ajenas al organismo, ya que era “crucial” que rindiera cuentas y fuera transparente.

Después de varios escándalos de sobornos y compra de votos para la designación de las sedes mundialistas, principalmente las de Rusia 2018 y Qatar 2022, en julio de 2012 la FIFA designó a García –uno de los candidatos del presidente Barack Obama a la dirección del FBI– para realizar la investigación, y nombró al juez alemán Hans-Joachim Eckert, especialista en casos de soborno, como presidente del Comité de Ética.

El “Informe García” fue entregado en septiembre de 2014. La FIFA no hizo pública la investigación. Se limitó a informar, a través de Eckert, que reveló “algunos hechos susceptibles de atentar contra la integridad del proceso de atribución de los Mundiales de 2018 y 2022, pero no lo suficientemente graves como para poner en duda la concesión de las sedes”.

Esta conclusión fue rechazada por García, quien denunció “una presentación errónea e incompleta” de su investigación y exigió que se difundiera completa ante la opinión pública.

A esta exigencia se sumaron voces como la del presidente de la UEFA, Michel Platini, y el vicepresidente de la propia FIFA, el jordano Ali Bin Al Hussein, pero nada pasó. Blatter advirtió a la Asociación Inglesa de Futbol (FA) sobre las consecuencias legales que enfrentaría si se atrevía a publicar íntegramente el Informe García.

De hecho, nunca ha pasado nada cuando algún miembro o exmiembro del organismo ha señalado directamente a Blatter. Todas las “investigaciones” emprendidas por la FIFA han tocado a muchos, pero no a él. Incluso el propio Havelange y Ricardo Texeira, otro exvicepresidente de la FIFA y líder del futbol brasileño durante más de dos décadas, han sido indagados.

En 2012, la FIFA se deslindó de ambos y los acusó de haber recibido sobornos millonarios a cambio de jugosos contratos por patrocinios y derechos televisivos de los mundiales. Ese caso significó uno de los peores escándalos de corrupción en el seno de la federación internacional: el de la agencia de marketing que fue el brazo comercial de la FIFA durante casi dos décadas: International Sport and Leisure (ISL), que en 2001 se declaró en quiebra con adeudos superiores a 300 millones de dólares.

La caída de esos exfuncionarios comenzó a gestarse en 2010, cuando una investigación de la cadena de televisión británica BBC destapó la coladera que después desembocó, ante las sólidas evidencias, en la resolución del Comité de Ética de la FIFA. En el reportaje Los sucios secretos de la FIFA, el periodista escocés Andrew Jennings reveló que Teixeira recibió de ISL por lo menos 12.7 millones de francos suizos entre 1992 y 1997 en “comisiones” que no hizo públicas. Havelange fue acusado de haber recibido 1 millón de dólares en sobornos para que ISL conservara los derechos de televisión para varios mundiales de futbol.

En mayo de 2011, Blatter se lanzó contra su único rival por la silla presidencial, el qatarí Mohamed bin Hammam, líder de la Confederación de Futbol de Asia,y al entonces presidente de la Concacaf, Jack Warner, a quienes acusó de haber pagado sobornos de 40 mil dólares en efectivo a directivos de algunos países caribeños para conseguir apoyos para Hammam, quien aspiraba a ser elegido presidente de la FIFA.

Bin Hammam retiró su candidatura. La Comisión de Ética de la FIFA lo suspendió de por vida. Y después de haber formado parte del Comité Ejecutivo de la FIFA durante 28 años, Warner renunció, decisión que lo exoneró de cualquier investigación. Cuando estalló el escándalo ya había sido cesado como presidente de la Concacaf, cargo que ocupó desde 1990.

El trinitario Jack Warner hizo público un correo electrónico que le mandó el secretario general de la FIFA, Jérôme Valcke, en el que éste sugería que Qatar “compró” la organización del Mundial de 2022. Nada pasó.

En Australia un senador pidió al gobierno de su país que solicitara a la FIFA la devolución de los casi 46 millones de dólares que ese país invirtió en una candidatura por la sede mundialista que, en realidad, jamás tuvieron posibilidad de ganar porque “los votos se daban a cambio de sobornos”.

“Parece que el comportamiento corrupto y altamente cuestionable llega al corazón mismo de la FIFA. ¿Cómo puede la FIFA asegurar la probidad de su proceso de elección de candidaturas cuando sus dirigentes están potencialmente involucrados en un comportamiento corrupto?”, cuestionó.

El poder

Para asegurarse el voto de las dos terceras partes de los miembros afiliados al organismo, en 1998 –cuando Blatter comenzó la campaña que lo catapultó al puesto que ahora ocupa– prometió darle a África la sede del Mundial 2006.

En su libro Cómo se robaron la Copa, el periodista inglés David Yallop reveló cómo Blatter compró aquella elección, cuando se enfrentó al sueco Lennart Johansson, entonces presidente de la UEFA. La información fue consignada por los reporteros Denis Campbell y Simon Kuper en el diario The Observer el 21 de marzo de 1999:

“Veinte figuras clave del mundo del futbol supuestamente recibieron 50 mil dólares cada uno. El líder de un país de Medio Oriente viajó en un jet privado hasta París para hacer la entrega del millón de dólares que fue repartido entre 20 delegados de la FIFA en el Hotel Meridien para arreglar la elección y posicionar a Blatter como cabeza de la FIFA.”

A principios de 2002, cuando Blatter buscaba reelegirse para un segundo periodo de cuatro años, el entonces secretario general de la FIFA, Michel Zen-Ruffinen, entregó un documento de 21 páginas a la agencia Reuters para demostrar algunas de las irregularidades que el suizo había cometido desde 1998 en clara violación a los estatutos de la FIFA. Por esta razón, altos oficiales del organismo demandaron al presidente.

En febrero de 2002, Farah Addo, vicepresidente de la Asociación Africana de Futbol (CAF) y presidente de la federación de Somalia, le dijo al Daily Mail de Inglaterra que, en 1998, rechazó una oferta de 100 mil dólares para votar a Blatter, pero acusó a “18 votantes africanos que sí aceptaron los sobornos”.

“En la CAF comprometimos los 51 votos para el candidato Lennart Johansson, pero después de eso recibí una llamada de un embajador de Somalia en uno de los países del Golfo Pérsico. Me dijo: ‘Tengo un amigo que quiere ofrecerle 100 mil dólares para cambiar su voto. Mitad en efectivo y el resto en material deportivo’. Hice mi investigación y 18 aceptaron las mordidas”, declaró Addo, quien no acusó directamente a Blatter, pero sí dijo que “hay gente detrás de él tratando de corromper a los africanos”.

El 26 de mayo de 2002, Blatter fue reelecto a pesar de los cargos por corrupción en las cortes suizas y acusaciones de malversación de fondos durante sus primeros cuatro años como presidente. De inmediato se deshizo de Zen-Ruffinen, a quien antes consideraba como “un hijo”. “Nuestro Comité Ejecutivo se encargará del Sr. Maestro Limpio”, le dijo Blatter a la prensa.

En diciembre de ese año, los fiscales de Zúrich desecharon todos los cargos contra Blatter.