En el Estado de Israel el matrimonio es siempre religioso; si una mujer como Viviane (Ronit Elkabetz), infelizmente casada durante 30 años, decide separarse, tiene que pasar por un tribunal de rabinos; pero el divorcio sólo ocurre si el esposo lo concede y pronuncia la frase liberadora: ya cualquier hombre puede acceder a ti. Entonces la ley hebrea concede una Gett, el papel del divorcio.
El juicio de Viviane Amsalem (Francia-Israel, 2014) registra el tormento a puerta cerrada que Viviane padece durante media década, enfrentando a los rabinos que la consideran mujer extraviada por atreverse a protestar contra la ley. Esta es la tercera parte de una trilogía, realizada por la propia actriz junto con su hermano Shlomi, sobre la condición de la mujer en una sociedad patriarcal que lleva la literalidad de la ley al absurdo. Pero esta cinta, compacta y cuadrada, rodada casi toda dentro de la sala de audiencia, de muros blancos y con los protagonistas vestidos de negro, puede apreciarse fuera del tríptico.
Los hermanos Elkabetz, quienes se inspiran en la historia de su propia madre, evitan la confrontación religiosa y por ende censura de extremistas; Viviane sólo pide su libertad, respirar fuera de un matrimonio que la sofoca, y escapar de un hombre que en el fondo la detesta. Elisha Amsalem (Simon Abkarian) no soporta que la mujer se rebele y cuestione su papel de marido perfecto; el castigo es el silencio y la negativa hacia la autodeterminación.
De hecho, el subtítulo de Gett (“proceso” en francés) da mejor cuenta de la intención de los directores de señalar que la demanda de divorcio se revierte en el proceso de la protagonista misma. Kafka está presente todo el tiempo, no es que se le invoque mucho adrede, sino que la aplicación de la ley muerta, el hecho de que una mujer sea culpable hasta demostrar lo contrario –en una situación que la hace cada vez más culpable por no obedecer al patriarca–, atrae al autor del Proceso de K. El humor no es voluntario, lo provoca el absurdo de gestos y actitudes de los jueces, la postura que vecinos y testigos exhiben de la vida cotidiana de mujeres que saben jugar el rol impuesto; como el chongo que Viviane se deshace y que provoca el reproche contra esta mujer insumisa y pronta al libertinaje.
En una línea más seria, la severidad de la escenificación de El juicio de Viviane Amsalem con su planos frontales y contra planos, el estoicismo y la belleza clásica del rostro de Ronit Elkabetz, el grotesco de los jueces religiosos, evocan el proceso de Juana de Arco. Claro, Viviane no es ninguna santa, su cruzada es personal, sólo desea vivir su vida. Pero la abstracción de la puesta en escena, el rigor de la ley y la negación, por parte de los jueces, de aceptar que la sentenciada posee un rostro propio, permiten que la mujer israelita, víctima del sometimiento impuesto por la ley, pueda identificarse con ella.
Y si el paquete pesa por la decisión de concentrarse en este infiernito, Shlomi Elkabetz, quien logró presenciar alguno de estos juicios a puerta cerrada donde sólo las partes afectadas pueden estar, dirá que la realidad es aún peor, que la situación de Viviane Amsalem no es tan dura comparada con la de otras.








