En las Grutas de Cacahuamilpa

En un escenario impresionante y casi me atrevería a decir que único en el mundo, en las Grutas de Cacahuamilpa del estado de Guerrero se llevó a cabo la última actividad de la XXVIII edición de las Jornadas Alarconianas que desde 1987 se vienen realizando en Taxco, cuna del dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón.

El festival no excluye sin embargo otras disciplinas como la danza y la música, ocupando ésta espacio preponderante, tanto que la clausura oficial se hizo con un concierto de la Orquesta Filarmónica de Acapulco (OFA) bajo la dirección de su titular Eduardo Álvarez, y que este año tuvo como invitado de lujo al flautista Horacio Franco

En las cavernas milenarias en donde las estalactitas y estalagmitas adoptan las más inimaginadas formas y las sombras semejan gigantescos monstruos y fantasmas, a no menos de un kilómetro de profundidad en donde la naturaleza creó un amplio espacio plano, se alza (es un decir porque en realidad se trata de una plataforma de no más de 10 centímetros de altitud) una plancha de cemento en la que la orquesta se coloca. Al frente se han instalado butacas fijas y pasillos, y luces en los techos y paredes húmedas y luminosas, y aquello es, pues, un teatro que no tiene parangón en donde la misma música suena y se siente diferente.

Allí, en medio de la nada y en el cual la humedad cala, fue donde el remanso de paz donde Johann Sebastian Bach –el hombre que escribía música para agradarle a Dios– adquirió una dimensión distinta y sus cantatas rompieron toneladas de roca y remontaron su alabanza al infinito. Y así también otro creyente, El cura rojo Antonio Vivaldi; y el eternamente joven Gioachino Rossini, y el romántico eternamente atormentado Peter Ilich Tchaikovski fueron los magnos creadores que tuvimos oportunidad de degustar en este escenario (hay que repetirlo) impresionante, impactante y único.

Abrió el concierto con la festiva obertura “La urraca ladrona” de Rossini, y le siguieron Vivaldi y luego Bach, pero aquí debe aclararse que no sería exacto que se trató de tal o cual obra de suya, pues en el primer caso fue una transcripción-arreglo para flauta hecha por el virtuoso Horacio Franco a uno de los tantos conciertos que escribiera el veneciano; en cuanto a Bach, que no escribió sonatas para flauta, Franco reunió partes de las sonatas números 29 y 35 a las que agregó algo de alguna “partita” y con ellas, permaneciendo Bach, el intérprete de flautas barrocas sin parangón en el mundo creó una obra nueva.

Cerró el concierto de una OFA cohesionada y emotiva
–evidenciando el buen trabajo de Álvarez–, de una manera festiva, grata y fácilmente digerible para ese público heterogéneo con uno de los bellísimos y conocidos ballets de Tchaikovski, La bella durmiente.

La emoción no cesó, había que volver hacia la luz física del día, pero en el interior de las mágicas y gigantescas grutas la luz espiritual siguió alumbrando plenamente.