A nunciada como Gala, la presentación del gran tenor Javier Camarena la noche del recién pasado 28 de mayo en el Auditorio Nacional realmente no lo fue, pero sí un “espectáculo” de ópera: No Gala, una función que, cuando está bien hecha, deja satisfechos a legos y profanos aunque también a los conocedores, algo más serio, lo cual no quiere decir “aplatanado”, solemne ni aburrido; sí un espectáculo –sin regatearle méritos, que los hay sensacionales–, algo más frívolo, con menor rigor y que usa diversas parafernalias para “vestir” el “espectáculo” precisamente.
Esto fue lo que ocurrió la noche del jueves en la que el justamente designado por el New York Times Príncipe entre tenores, generosamente compartió escenario con 6 jóvenes cantantes mexicanos, a quienes otorgó con esto un muy buen espaldarazo: las sopranos Rebeca Olvera y Karen Gardeazabal, las mezzosopranos Guadalupe Paz y Angélica Matta Esparza, el barítono Josué Cerón y el tenor Juan Enrique Guzmán, más otros dos cantantes extranjeros que ya no son tan jóvenes, el bajo-barítono italiano Stefano De Peppo, y el alemán Carsten Wittmoser (también bajo-barítono). Es decir, un octeto en el que prácticamente estaban representadas todas las tesituras.
A ellos se añadió una “voz en off” que hacía breves comentarios no siempre atinados y menos aún exactos, sobre lo que iba a representarse en los diferentes pasajes en los que se dividió la función y, además, se presentó un video de unos 5 minutos de duración en el que otro gran tenor, Francisco Araiza, emite halagos y buenos deseos sobre y para el joven estrella Camarena. Al fondo del escenario vacío se proyectaban imágines que muchas veces nada tenían nada que ver con lo que sobre el escenario estaba ocurriendo.
Por otra parte, y esto fue bueno, la función no se limitó a la tradicional interpretación de arias, dúos y, cuando mucho, un cuarteto, el de Rigoletto generalmente, sino que se integraron cuadros más completos de cada una de las óperas abordadas. Así tuvimos, de La Cenicienta de Rossini, la Obertura, el dúo “Tutto é deserto… Un soave non so che” y, por supuestísimo, el aria “Si, ritrovarla io giuro” que a base de aplausos el exigente público del MET de Nueva York le obligó a repetir. Igual cosa sucedió con La sonámbula de Bellini, El rapto del serrallo de Mozart, el famoso sexteto de Lucia de Lammermoor de Donizetti y, para cerrar, La hija del regimiento, del mismo autor, de la que se escuchó la Obertura, el Rataplán o redoble del tambor y, naturalmente, la famosísima aria “Ah! Mes amis, quel jour de fete” que, ante los aplausos, Javier repitiera en el Teatro Real de Madrid. Estas repeticiones, la del MET y la del Real tienen hoy por hoy, muy merecidamente, a Javier Camarena en los cuernos de la luna.
Con una pésima dirección de cámaras que reproducían el escenario en las dos pantallas laterales del interior del Auditorio, este espectáculo operístico contó con la participación no más que regular de la Orquesta Sinfónica de Minería y la del coro En Harmonia Vocalis que, por estar allí, se debe mencionar.
No obstante eso, escuchar a Camarena es siempre un agasajo.








