En la Patagonia de los años 1880, con el fin de civilizar y conquistar el desierto, el gobierno argentino promueve una campaña de exterminio de indígenas para “civilizar” el país. En tal contexto trabaja como ingeniero un capitán danés (Viggo Mortensen) que viaja con Ingebor (Viilbork Malling Agger), una hija de 15 años que despierta el deseo de los militares del campamento. Cuando la chica escapa con un soldado de bajo rango, el padre, armado, sale tras ellos.
Jauja (Argentina-México- Francia-Dinamarca; 2014) comienza a la manera de un western clásico. La vastedad de los desiertos de la Patagonia, la avidez de los colonizadores, misteriosos indígenas de las últimas décadas del siglo XIX, suenan y se ven como tierra fértil, con derecho propio, para evocar a John Ford, maestro del género.
Pero si alguien pensaba saborear la reinvención del western a la manera latinoamericana, con un Viggo Mortensen como el nuevo John Wayne de este siglo y ecos ya de Historia de la violencia (Cronenberg), quedará atónito con la coreografía de espacios y tiempos que se arma el director argentino Lisandro Alonso. Película literalmente clave en la obra complicada de este director relativamente joven (Buenos Aires, 1975), porque aclara cintas anteriores, como Los muertos, con temas como la lucha entre civilización y barbarie, donde se borran las fronteras borrosas entre lo humano y lo animal.
En la primera escena, Ingebor quisiera tener un perro que la acompañe a todas partes; poco después, su progenitor la seguirá por llanos y desiertos de piedras como perro extraviado, y otro perro extraviado lo conducirá hacia la mujer de la caverna que sólo habla con sus perros. En la espiral de tiempo, la extraña anciana es su hija, o una posibilidad del futuro; como si ese horizonte, con diferentes puntos de fuga –donde el director coloca a sus personajes a la manera de rayas y puntos–, perdiera la fuerza de gravedad para mantener anclados a los seres humanos que caminan por ahí.
A Lisandro Alonso le gustan las paradojas más que las metáforas; éstas pueden explicarse, pero no las primeras; en Jauja el western se desploma naturalmente con tanto espejismo, empezando por el mito de la abundancia que sugiere el título. La paradoja es que el sueño de grandiosidad del aventurero, vaquero o gaucho, sólo tiene lugar en el mito, y tal es el western. Personajes como el capitán afrancesado, o Pittaluga, el sargento que codicia a la adolescente y se masturba en una poza marina, podrían ser monigotes de un museo de cera, pero el tratamiento naturalista los hace habitar un espacio real.
El espectador de Jauja puede aburrirse mortalmente si espera que la acción conduzca a lugares conocidos; se apasiona, sin embargo, si se deja llevar por la belleza de este laberinto borgiano de paradojas, donde hombres del siglo XIX sueñan con el futuro o el futuro sueña con ellos; o donde el deseo inconsciente, en este caso el incesto, desata a los demonios, a la manera de David Lynch. Inútil, también, hablar de minimalismo en una película tan saturada de color como de niveles.








