Jorge Zapata González se declara dispuesto a morir. Lo dice en voz alta, con el tono seco del campesino suriano. Y reivindica lo dicho por su abuelo, el general Emiliano Zapata: mejor morir luchando que vivir arrodillado.
Jorge Zapata lucha contra los megaproyectos energéticos, mineros, hidráulicos; contra el despojo de tierras y aguas; contra los políticos, a quienes califica de peones de las trasnacionales: “No quiero que mis descendientes sean esclavos de esos cabrones. Ya se hicieron dos luchas (Independencia y Revolución) y fueron contra los mismos españoles. Ésta es la tercera que tendremos, por la alcahuetería de los gobiernos entreguistas.
“Ésta es la tercera y la vencida. Es la definitiva y tiene que ganar el pueblo. Ni modo que… pos… y si no, ¿para qué servimos?”
Toma el sombrero al estilo texano, por la copa, y lo deja en una silla antes de sentarse a fumar y hablar de la lucha que de la defensa del río Cuautla pasó a hermanar causas de pueblos distantes.
El miércoles 20 será anfitrión de la Caravana por la Defensa del Agua, el Territorio, el Trabajo y la Vida, que el pueblo yaqui realiza por las zonas del país afectadas por los megaproyectos. Se proponían llegar a Anenecuilco y relanzar el Plan de Ayala, además de solidarizarse con los pueblos morelenses que rechazan el Proyecto Integral Morelos (PIM), la minería a cielo abierto y la industrialización de tierras y aguas de cultivo.
Jorge Zapata no está de acuerdo con ese relanzamiento. Intransigente con la historia del Plan de Ayala, acepta, eso sí, una “reivindicación”, una “ratificación” o el lanzamiento de otro plan que puede ser de Anenecuilco, de Apatlaco, pero que no se toque el Plan de 1911, el de su abuelo.
Zapata González consiguió un amparo en 2013 contra el acueducto que se construía para enfriar una termoeléctrica. Pero a mediados de marzo, trabajadores subcontratados por la empresa española Abengoa avanzaron con custodia policiaca hasta que en San Pedro Apatlaco se instaló un campamento de campesinos que impiden la construcción.
A ese campamento llegarán la caravana yaqui y otra que partirá de Chiapas. Éstas tendrán un momento político importante cuando se reúnan en Xochimilco un día antes, y ya en Anenecuilco se espera que hagan un pronunciamiento. Hasta ahí llegarán estudiantes y maestros de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) e integrantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, además de una comisión de la Normal de Ayotzinapa.
“Mejor sin puesto”
Hace unos años a Zapata González se le identificaba con el PRI. Pero, a diferencia de muchos descendientes de caudillos, no ocupó cargos públicos. En 2008 contendió por la dirigencia de la Confederación Nacional Campesina en la entidad –sólo “porque se lo pidieron los campesinos”–, pero no lo dejaron llegar “porque uniría al campesinado”.
Se quedó en Anenecuilco para cultivar sus tierras, y aunque asegura que le han ofrecido diputaciones, la alcaldía y otros puestos, prefiere su independencia: “Luego quedo atado de manos y así no, así sin carteras, las chingaderas que yo les quiera decir se las digo en su cara. De otro modo me van a callar la boca con un ‘cállese, cabrón, que de ahí está tragando’. Mejor sin puesto”.
Por las calles de Ciudad Ayala, en los pueblos y comunidades morelenses o en la UAEM –donde habló con Proceso el viernes 8– la gente se acerca para fotografiarse con él. Accede, muy amable. Cuatro días después, el jueves 12, salió con un contingente del campamento de Apatlaco para tomar la Presidencia Municipal de Ayala, donde permanecía hasta el cierre de esta edición.
Ante el PIM y una concesión minera en el suroriente de Morelos, cuestiona: “¿Cómo va a ser posible que vayan a crear electricidad a costa de los recursos de los campesinos para que se hinchen de dinero unos cuantos, la mayoría extranjeros?”.
Él mismo responde que de Ayala salen entre 30 y 35 camiones diarios a la Central de Abasto de la Ciudad de México, los cuales dejarán de salir. Los campos estarán muertos, los campesinos beberán y respirarán contaminación, se perderán las tradiciones, la cultura. Son proyectos, dice, de destrucción.
Nuevos latifundios
En sus intervenciones de los últimos años, Jorge Zapata suele condenar el uso del nombre de su abuelo por los políticos. Denuncia al gobernador Graco Ramírez por generar división, por la represión policiaca y por el ataque contra uno de sus hijos el pasado 2 de abril.
Cuando habla de los megaproyectos energéticos, de las tiendas de autoservicio o de los desarrollos inmobiliarios, lo hace con datos duros: “Son los nuevos latifundistas”.
Recuerda que en los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón le entregaron 51 millones de hectáreas a la minería, en 26 mil permisos de explotación, con un costo por hectárea de cinco a 111 pesos.
“Nos van a acabar, porque también las mineras utilizan agua, contaminan mucho y lo que extraigan se lo van a llevar. ¿Y nosotros qué? Si somos de los pueblos originarios que debemos disfrutar los recursos naturales que Dios nos dio, ¿por qué van a venir extranjeros a privarnos de ello?”
Lo mismo con los especuladores de bienes raíces, que compran tierras para sus desarrollos y luego mandan a secuestrar a los campesinos que vendieron para recuperar su dinero; con las grandes cadenas de tiendas que proliferan en pequeñas ciudades, aniquilando sus economías.
“De las reformas que se aceptaron el año pasado no hay una sola que beneficie al pueblo. Ahorita nada más les falta la privatización del agua, que afortunadamente está congelada en el Congreso, pero el día que le den luz verde, ¿qué va a ser de toda la nación?”
Se muestra convencido de que las reformas impulsadas por el gobierno de Enrique Peña Nieto se aprobaron a base de dinero para los congresistas. “Esto no es proyecto nuevo, lo vienen maquinando desde el pelón de Salinas de Gortari, que todavía tuvo el cinismo de ponerle Emiliano a uno de sus hijos, según él en honor de mi abuelo. ¡El pinche hipócrita!”.
“La lucha ya no es por nosotros, es por las siguientes generaciones. Así como nuestros abuelos lucharon por que nosotros tuviéramos una vida mejor, ahora tenemos que hacerlo nosotros. Un día me pueden reclamar mis nietos: ‘Tú pudiste hacer algo y no hiciste nada. ¿Para qué serviste?’ ¿Con qué valor los voy a ver a los ojos?… Aunque vayamos a caer en el intento, que se sientan orgullosos de nosotros, así como yo me siento orgulloso de mi abuelo.”








