El mural del pintor oaxaqueño Rufino Tamayo que ocupaba el vestíbulo central de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, fue devuelto a ese sitio el lunes 27 de abril tras cinco años de restauración. En este texto entregado a Proceso, el curador del Museo Tamayo Arte Contemporáneo resume la historia completa de la obra y define su significado. Aclara que se trata de una donación del gobierno mexicano, no del artista, como erróneamente se ha difundido.
La Humanidad, una sola Raza”, es el mensaje cifrado con que Rufino Tamayo, desde su postura humanista y su visión poética, impregnó su mural conocido actualmente con el título de Fraternidad (1968, óleo y acrílicos sobre tela de 4 x 9 m. instalado en el edificio sede de la ONU en Nueva York).
Pero el primer título fue Flor de la amistad entre los pueblos y operó como un imán que emitió un mensaje de hermandad con los demás pueblos del mundo, desde el pabellón que representó a México en la Hemisfair, Feria Mundial llevada a cabo en San Antonio, Texas, del 6 de abril al 6 de octubre de 1968, teniendo como idea rectora “la confluencia de civilizaciones en América”.
Acaso ese primer título le fue dado para hacerlo coincidir con la vocación de Hemisfair, y quizá no haya sido el artista quien lo propuso, ya que el pintor era reacio a dar nominaciones literarias o descriptivas a sus obras. Lo cierto es que el mural lo conservó hasta 1971, en que fue donado a la ONU, donde y desde entonces testimonia, con un elocuente mensaje de hermandad, la presencia de México, que buscó integrarse al concierto de las naciones ahí representadas.
El pabellón de México para la Hemisfair, fue concebido por Fernando Gamboa, y desplegó en sus salas una sintética pero rica exposición de los tres periodos más identificables de la historia del arte nacional: el prehispánico –representado con una selección de piezas originales entre las que destacaban dos cabezas colosales de la cultura olmeca–; el colonial –que se destacó por un altar barroco de madera dorada y algunas esculturas de refinada factura–; y la era contemporánea –representada por las obras de pintores y escultores como Lilia Carrillo, Roberto Donis, Enrique Echeverría, Felipe Ehremberg, Manuel Felguérez, Francisco Icaza, Luis López Loza, Antonio Peláez, Vicente Rojo, Francisco Toledo, Fernando García Ponce, Arnaldo Cohen, Roger von Gunten, Arnold Belkin y los escultores Helen Escobedo, Peter Knigge, Oliver Seguín y Antonio Sepúlveda.
Las salas presentaban un apartado de exquisita artesanía, que tanto para Gamboa como para Tamayo significaba la continuación del hacer que refleja la espiritualidad de nuestros ancestros en sus descendientes, los indígenas. En el pabellón de México, cuyo emblema era una flor tomada de un sello prehispánico, destacaban las aportaciones de artistas vanguardistas como el vitral realizado por Pedro Friedeberg que creaban un caleidoscópico ambiente festivo, la Pared dinámica de Helen Escobedo o los murales de Gilberto Aceves Navarro con el título Poema floral, el de Vlady y el del propio Rufino Tamayo.
La fachada principal del pabellón mostraba un mural de Manuel Felguérez, de 2 x 25 metros con tema abstracto: Canto de Acapulco, realizado con conchas marinas de distintos colores y formas, que denotaban también la riqueza natural de las costas del país; en ese mismo frente se colocó una escultura en el singular mármol mexicano llamado Tecalli, que sintetizaba de forma moderna el sello o “pintadera” de la cultura prehispánica. En su vigoroso diseño lineal, cuatro pistilos, como cuerdas, están atados a un punto circular central, la tierra, sobre el cual hay dos elementos opuestos, se unen y sintetizan la dualidad del día y la noche, hombre y mujer, vida y muerte. Estos pistilos representan también los cuatro puntos cardinales y, como opuestos complementarios, están en constante movimiento. Es una imagen simbólica que irradia una energía espiritual, que se corresponde con Flor de la amistad entre los pueblos.
Con una idea más general, el logotipo de la feria presenta el desarrollo conceptual en cuatro tiempos del mundo: las migraciones humanas hacia el oeste, las trayectorias del conquistador europeo y las ideas que trae consigo y se fusionan con las civilizaciones que encuentra, para establecer nuevas formas de vida, para concluir en que el proceso continúa formando una Confluencia de Civilizaciones en las Américas.
Asimismo, en el exterior del pabellón, se colocaron las réplicas de dos de los arcángeles músicos del Patio Barroco del Convento de San Agustín de Querétaro, realizados en cantera rosada. En el vecino Centro de Convenciones Henry B. González, en la fachada superior del auditorio Lila Crockrell, Juan O´Gorman realizó un mural en mosaico de piedras multicolores que simboliza el progreso, realizado por la confluencia de civilizaciones en el hemisferio occidental. Adán y Eva están en medio de la composición; la civilización europea se muestra a la derecha, y la civilización mesoamericana indígena a la izquierda. El conjunto debía leerse como un compendio de la cultura de México a través de 400 años de arte, pero haciendo énfasis en los aportes al arte de un país joven y rebosante de energía.
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El mural de Rufino Tamayo, Flor de la amistad entre los pueblos, ocupaba el lugar de honor dentro de esa maqueta del proceso histórico de México y compendiaba de manera elocuente el tiempo mito-poético de los más altos ideales de la humanidad, cuyas imágenes están inspiradas por las cerámicas de las antiguas culturas del occidente de México en su etapa preclásica.
El mural fue patrocinado por la Secretaría de Industria y Comercio, en ese momento dirigida por Octaviano Campos Salas. El mural fue pintado en la Ciudad de México, en los amplios e iluminados salones de la Escuela Nacional de Danza, anexa al Conservatorio Nacional de Música. Como en casi todas las pinturas de ese formato que pintó Rufino Tamayo, el mural también llamado Fraternidad fue realizado con la ejemplar disciplina que desarrolló el pintor, y aunque debió de ejecutarlo en un lapso de tiempo muy corto, no requirió de ayuda en su creación. Las pinturas acrílicas de secado rápido fueron puestas sobre un lienzo tramado con resistentes hilos de cáñamo, cardado y tejido por los expertos artesanos textileros de Texcoco, lugar afamado por la excelencia de sus tejidos, al que había acudido el artista en distintas oportunidades para que le fabricaran las telas de formatos especiales y de tejido anudado manualmente que sostienen la gloria estética de sus murales, entre otros: Nacimiento de Nuestra Nacionalidad y México de Hoy, expuestos permanentemente en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes.
La ríspida superficie de la tela de 36 metros cuadrados tiene esa apariencia artesanal que debió ser tan del gusto del artista, ya que además de tener la textura ideal para el pintor, tiene como otra de sus bondades la resistencia que se requiere para una conservación a largo plazo de una superficie tan grande.
Tamayo era consciente de que la pintura debería de trascender su lucimiento en un evento efímero, que si bien era importante para la proyección internacional del país, tendría necesariamente un destino diferente al de la feria Hemisfair de San Antonio, Texas. Sin embargo tampoco sospechaba que su pintura estaría destinada a servir como ofrenda amistosa de México a la ONU. Esa lúcida conciencia le dio al oaxaqueño el impulso necesario para crear una obra de valores humanistas universales y de elocuente belleza, que pusiera en valor lo mismo un mensaje universal que derivara de lo actual y al mismo tiempo pudiese evocar los antecedentes de una cultura ancestral.
Posteriormente al evento que propició la creación de esta pintura mural, la obra fue retirada, y antes de ser puesta a resguardo de la Secretaría de Relaciones Exteriores, alejada de la vista de los espectadores, Fernando Gamboa decidió integrarla a la muestra antológica que Tamayo presentó en el Museo de Arte Moderno de Belgrado, Yugoslavia, entre noviembre de 1968 y enero de 1969, evento que fue apoyado por la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Tres años más tarde, cuando se volvió a retomar la inquietud de la presencia de México a través de una obra de arte, en la sede de la Organización de las Naciones Unidas, en enero de 1971, fue que el embajador Alfonso García Robles, junto al secretario de Relaciones Exteriores de México, Emilio O. Rabasa, decidieron, y con el beneplácito del presidente de México, Luis Echeverría Álvarez, el noble destino definitivo de la pintura de Tamayo, explicitar uno de los principales propósitos de la Organización de las Naciones Unidas: “Servir como centro que armonice los esfuerzos de todas las naciones para practicar la tolerancia y convivir en paz como buenos vecinos”, misión que se sintetizó en mensaje que el mural de Tamayo parecía poner en una imagen nítida y colores deslumbrantes.
El suceso de la donación a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) del mural rebautizado como Fraternidad –título, acaso sí dado por Tamayo– ocurrió el viernes 29 de octubre de 1971.
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La concreción de este hecho tiene antecedentes que se remontan a 1953-54 en que se llevó a cabo una ardua negociación para que Rufino Tamayo realizara una pintura mural en esa sede ubicada en la ciudad de Nueva York.
En aquella oportunidad, los esforzados oficios de los diplomáticos Luis Padilla Nervo, secretario de Relaciones Exteriores de México; Rafael de la Colina, Delegado Permanente de México ante la Organización de las Naciones Unidas; y José A. Correa, por parte de México y de los funcionarios de la ONU: David B. Vaugham, Glen E Bennet y otra persona de apellido Harrison(1), no se vieron coronados con la realización del proyecto de Tamayo. Obstáculos como los presupuestarios y la apretada agenda del artista, que vivía los años más agitados de la década del cincuenta –una de las más fecundas y trascendentes de su trayectoria–, terminaron por impedir la realización del insigne regalo de México a la ONU, que en ese momento se planeaba para decorar el segundo piso del Edificio de Conferencias(2).
En el contexto del edificio de la ONU, la propuesta de Tamayo resultó en la manifestación más legítima de la promoción del arte como vehículo de difusión de ideas humanistas que se ligaban con la iniciativa más amplia de la UNESCO, para buscar una estabilidad internacional a través del intercambio cultural, la colaboración, el conocimiento y respeto hacia las demás culturas. En esa sede francesa, Tamayo también había realizado en 1958 otro mural de tema humanista: Prometeo entregando el fuego a los hombres.
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Fraternidad representa un grupo de hombres cuyas fisonomías están siluetadas contra la potencia de un fuego central; las figuras humanas se entrelazan fuertemente de los brazos pasados por sus espaldas, una postura que denota unión y crea un sentimiento de fuerza. La danza de ese grupo humano se proyecta contra las trepidaciones de un fuego de vitales llamas, que revelan la unidad cordial y constructiva entre los hombres. El artista quiso significar en ese fuego el núcleo poderoso de la energía que produce el amor fraterno entre los hombres de distintas razas. En conjunto los personajes carecen de rasgos fisonómicos que diferencien su raza, para dar peso al argumento tesis del mural: “la existencia de una sola raza: la humana”, la cual debe marchar armónicamente para conservar su historia y desarrollar su futuro.
Ambos tópicos: la historia y el futuro, son representados en los extremos de la escena. En el lado izquierdo, una estructura triangular rememora la forma arquetípica de la construcción piramidal, como síntesis evocativa del pasado común de las culturas primigenias. En el lado derecho, Tamayo pintó una alta y moderna estructura, cuya arquitectura simboliza la conquista de la tecnología como un recurso para el progreso y proyección al futuro.
El mural despliega de forma sintética y poética un anhelo humanista: La fraternidad propicia el progreso. Las lenguas de fuego, que en su frenético movimiento ascensional saturan el espacio pictórico central arden con gran energía, la lumbrera danza caprichosamente, pero con una armonía coreográfica. Cada ascua que la conforma posee una individualidad, no sólo de forma, sino de colorido. Aquellas lumbres fueron pretexto para que el artista prendiera sus fuegos esperanzadores de combustión eterna, y con esto diera rienda suelta en lo formal a su expresión abstraccionista y en lo relativo al color, a su insólito y legendario gusto de exquisito colorista sin par, para desarrollar una de las más complejas y audaces gamas de amarillos cromo que se conocen en el arte mexicano.
En Fraternidad Tamayo evoca a los hombres de una sabiduría ancestral, que al encender de noche su hoguera han situado en la tierra la presencia del sol. En torno de ese resplandor, danzan congregados para convocar la energía de la unión, que los liga a la aspiración de un orden superior; en este trance de iluminación por la fuerza solar del fuego, el hombre individual, pero en colectividad, es capaz de alcanzar la energía para avanzar hacia una finalidad común: la fuerza que da la unión, para construir un futuro, partiendo de una experiencia común.
En la ceremonia de entrega del don mexicano a la ONU, Tamayo tomó la palabra escuetamente. Los discursos más frondosos fueron verbalizados por el representante permanente de México ante las Naciones Unidas, el embajador Alfonso García Robles; por el secretario de Relaciones Exteriores de México, Emilio O. Rabasa; y por el secretario General de Naciones Unidas, U. Thant. Tamayo ya había dicho con su propio lenguaje, a nuestros ojos y a nuestros espíritus, su mensaje amistoso de vigencia perenne, inserto en el tiempo mítico-poético del arte, sustraído de una realidad, pero referenciándola directamente para lograr un discurso visual que toca lo mismo a la inteligencia que a lo emotivo. Con el humanismo sincero que le proveyó pertenecer a aquellas generaciones que vivieron los horrores de la guerra, la devastación de lo espiritual y las crisis de una cultura amenazada por la destrucción, Tamayo pudo con su ingenio y su talento lograr en este mural un impetuoso a la vez que penetrante mensaje a la humanidad.
En 2009 el mural Fraternidad, después de estar exhibido en uno de los espacios más visibles de la sede de la ONU, fue desprendido con los debidos cuidados para ser sometido a un escrupuloso proceso de limpieza y restauro, que tardó tres meses; el edificio también fue sometido a trabajos de modernización. Fraternidad se trajo a México para ser intervenido por los expertos del Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble del Instituto Nacional de Bellas Artes. Después de su restauro, mientras se concluían los trabajos en el edificio sede de la ONU en Nueva York, fue montado temporalmente, y por primera vez en México, en el Congreso de la Ciudad de Durango.
A partir de abril del 2015, el mural Fraternidad volvió a proponer la armonía humana, la paz creativa, con su iluminado silencio, desde sus magníficos colores, sus formas sintéticas, a cuantos lo vean en el edificio de la ONU.
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1 Mary K. Coffey: “Yo no soy el cuarto grande., Tamayo y el muralismo mexicano”, en Tamayo reinterpretado (Santa Bárbara: Santa Bárbara Art Museum, INBA-Conaculta, 2007), pp. 267.
2 Ibíd.








