Si el desprestigio colectivo, ganado a pulso por nuestros grillos, se limitara a la pérdida de confianza para ellos mismos, derivada de constatar sus malas mañas, sería mal menor. Pero es triste ver que, con su propia degradación, socavan la imagen de calidad propia de la actividad política. Por esas malas mañas suyas, nuestra colectividad confunde las pulsiones enfermizas de nuestros hombres públicos con la generosa entrega que debería moverlos. De ahí se están cogiendo algunos para difundir la especie que reza que todos son iguales y que no hay ni a cuál irle. Se trata de una mala deducción que anda circulando.
Los motores con que atizan su actividad los hombres públicos provienen de la noble inclinación por cuidar los intereses colectivos. Eso los hace emularse y competir entre sí por desplegar sus dotes en beneficio de la comuna. Nuestra gente sabría escoger entre los mejores en esta competencia. Es la razón que legitima el bono de confianza que se les entrega en cada consulta. Eso viene siendo la actividad política no pervertida. Es lo que les da el crédito colectivo de encomiables a quien más fervor aporta en semejante tarea.
Desgraciadamente nuestros deformes adefesios políticos nos están acostumbrando a verlos siempre enredados con la voracidad manifiesta, con la ambición desatada, con los subterfugios y la cruel inquina de la estafa y el engaño, para pervertir el empleo de los recursos públicos a peculio privado. O bien ponen su mejor empeño en derivar el erario sólo a su beneficio propio o se prodigan en recursos para ocultarlo con prestanombres. Últimamente se ha descubierto el formato de cruzarlo con cuates, a los que les entregan obra pública. La política pues como negocio turbio de ganancia mutua.
Nuestro público tiene razón al desencantarse por los avatares de la vida pública. La impronta negativa con que signa, casi sin excepción, a los que se trepan a la palestra política tiene base constatada y objetiva. La ambición por hacer dinero fácil a través de los recursos públicos los trae encandilados a todos y es bien difícil hallar excepción que justifique la norma. Nuestros grillos perdieron la vergüenza y alejaron de su actuar todo decoro. Confiar en ellos es una inclinación tonta, teñida de supina ignorancia.
Casi nadie quiere correr el riesgo de ser juzgado como crédulo por confiar en seres tan desconfiables. Suena esto a pleonasmo puro, pero por ahí va la conseja popular por nuestros días. La prueba más triste de lo afirmado es la oscura y desangelada campaña por la que estamos transitando. Nada que ver con la vibra enjundiosa por estas tareas desplegada en jornadas similares. Las elecciones intermedias bajan siempre de tono, es cierto. No despiertan el interés de la renovación del Poder Ejecutivo nacional. Pero ahora se ha profundizado el desencanto según se pulsa por el ruido electorero presente.
De las muchas malas formas que pueden documentarse sobre la aviesa conducta de nuestros grillos, una que ha venido asentándose en los últimos tiempos es la que se denomina chapulinismo. Si no entendemos mal el asunto de las etimologías, la palabra castiza “grillo” y el vocablo náhuatl “chapulín” son sinónimos. Así que no tendríamos por qué admirarnos de que nuestros malhadados grillos desarrollen virtuosismos de chapulines, si poseen dichas características en su mismo ser. Pero, para distinguir los usos particulares en estas denominaciones, se tipifica como “grilla” a la actividad política pervertida en general, mientras que el término “chapulín”, de invención o empleo reciente, se ha popularizado para designar a estos personajes que saltan de un partido a otro sin rubor alguno sin detenerse a considerar si antes tremolaron una bandería (la de la confesión ideológica de un partido) y ahora enarbolan otra de principios opuestos a la que traían antes al retortero.
Pertenecer al PAN siempre fue definición ideológica de derechas. Cuando nació el PRD, sus fundadores se esforzaron por definir el perfil de este partido, y por tanto el de sus militantes, como el de una agrupación ciudadana de izquierda. En la más sencilla de las aclaraciones, todo ciudadano capta entonces que el PAN y el PRD son opuestos, contrarios e irreductibles. ¿Cómo entender entonces que traigan ahora candidatos a alcaldes comunes en casi cuarenta municipios del estado? ¿Qué perro puede tragarse ese hueso? Del verde y del PRI, una alianza contranatura, ya ni hablar. Y de los turquesa, mejor callar. Veamos algunos casos particulares de candidatos chapulines.
La palma del chapulinaje extremo de nuestros días puede llevársela, sin lugar a dudas, el actual presidente municipal de El Grullo, Enrique Guerrero Santana. Hace dos periodos fue alcalde con las siglas del PRI. Como no hay reelección, no pudo competir directamente a la siguiente, aunque intentó imponer un títere. No lo logró. Esperó tres años y reapareció en las boletas de la elección pasada, pero ahora con las siglas del PAN. La gente lo volvió a trepar a la alcaldía. A la mitad de su periodo, anunció simple y llanamente que volvía al seno del PRI. ¿Grillo extremo o chapulín? ¡Claro, el panismo va de capa caída, hay que volver al redil! ¿Y la congruencia, apá?
Otro caso de chapulinaje evidente y manifiesto es el desplegado por el Grupo Universidad. Samuel Romero Valle ocupó puestos de regidor y de diputado por el PRI. Pero cuando convino al patroncito subrogatario de la UdeG, Raúl Padilla, que sus personajes grillos jugaran las cartas del PRD, lo pasó sin rubor alguno al sol azteca. Tonatiuh fue diputado federal por el PRD. Trino ya jugó con las siglas del PRI. Toño Magallanes y Raúl Vargas entraron al circo en la pista del PRD, igual que Celia Fausto, pero Paty Retamoza y Leobardo Alcalá Padilla llegaron desde el principio con antifaz de priistas. Todavía no les ha dalo la orden de que cambien de chaqueta. No hay que descartarlo.
Ricardo Villanueva, cuando fue estudiante, dizque militó en el PRD. Hasta iba a ser candidato a diputado federal por el Distrito 8. Su lema de campaña amenazaba con echar “realmente” al PRI del país, porque los panistas no habían podido. Ahora es candidato para la alcaldía de Guadalajara, pero ya no por el PRD, sino por el PRI. En esta zambra, habría que elevarle la acuciosa pregunta de si no va a cambiar de montura a medio río y volver a sus viejos amores por el PRD. Eso puede pasar si la ventolera de su patrón Raúl no cambia de dirección. Porque, según se ve, el humor de este personaje determina las decisiones políticas de sus servidores. Es el que los transforma en chapulines, aunque no quieran. Viendo veleidades tan burdas, ¿aun así emitiría su voto nuestra comuna tapatía a favor de semejante títere padillista para convertirlo en su alcalde por tres años?








