Ya se apagaron los fuegos de artificio con que cerró la Cumbre de las Américas en Panamá. Las estrellas de la fiesta fueron, sin lugar a dudas, Barack Obama y Raúl Castro. Con sus discursos conciliatorios y su encuentro privado, ellos dieron el tono a esta reunión calificada de evento histórico en el que, según la opinión de algunos, se trazaron nuevas rutas a las relaciones interamericanas. Sin embargo, terminada la fiesta la reflexión se impone; ¿Qué tan nuevas son esas rutas?
Cierto, Cuba y Estados Unidos confirmaron la decisión de continuar el proceso de negociación para el pleno restablecimiento de relaciones; eso es histórico. Pero para el resto del continente las relaciones hemisféricas no cambiaron. Los asuntos urgentes no se trataron; las diferencias permanecieron y los reclamos siguen en pie; los compromisos de Obama son ambivalentes, limitados por sus fuertes diferencias con el Congreso. Así, más allá de la retórica, el continente americano tiene poco que ofrecer en términos de posiciones unificadas o cooperación constructiva. La agenda de problemas que requieren acción conjunta es grande, pero la voluntad de construirla es muy pequeña. Algunos ejemplos ilustran esa afirmación.
Empecemos con uno de los problemas más cercanos a México: el deterioro de la situación económica y social de Centroamérica. Diversas circunstancias se han combinado para que la pobreza, el rompimiento del tejido social, la debilidad institucional, el narcotráfico y los desastres naturales conviertan a esa región en uno de los puntos más álgidos para la violencia en el mundo. Según encuestas, una violencia que supera a la existente en África.
Semejante situación afecta seriamente a México.
El problema de los migrantes centroamericanos que atraviesan el territorio nacional para dirigirse a Estados Unidos es cada vez más complejo; las presiones de Washington para que México detenga ese flujo son cada vez más obvias; las dificultades para lograrlo, cada vez más evidentes. Allí se encuentra uno de los focos rojos más inquietantes de las relaciones interamericanas.
Durante su discurso en Panamá, Obama hablo con esperanzas de la situación del istmo, aludiendo a la suma de mil millones de dólares que ha solicitado al Congreso para ayudar a esa región. Comparando con años anteriores, es una suma respetable; en términos de las necesidades de la región, es insuficiente. Pero en todo caso el Congreso no lo ha aprobado y posiblemente no lo haga, o lo hará con condiciones muy restrictivas. Es bien sabido que en la actualidad allí hacen todo lo posible por ahogar las promesas de Obama.
Otro tema al que no se le otorgó la atención que merece fue la legalización de la mariguana, lo cual tiene bastante relación con el deterioro de la situación en Centroamérica. En efecto, la violencia que acompaña la lucha contra el narco, las cantidades de dinero que están involucradas en el tráfico ilícito, están en la base de gran parte de los problemas sociales y de la violencia que sufren los países centroamericanos y México.
En la Cumbre de Cartagena, hace tres años, el tema de la búsqueda de enfoques nuevos para abordar el problema de la producción, comercialización y distribución de drogas tuvo un lugar central en los debates. Esta vez, con excepción del discurso del presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, el problema quedó en la penumbra.
Sin embargo, diversas circunstancias hacían muy pertinente que el problema hubiese sido retomado como algo prioritario. De una parte, la manera como evoluciona la legalización de la mariguana en Estados Unidos; de la otra, la cercanía de la reunión sobre drogas que tendrá lugar el año próximo en las Naciones Unidas.
El tercer tema que merecía una consideración más detallada era el de la corrupción y su efecto tan negativo en gran número de países de la región; baste llamar la atención sobre los momentos que atraviesa Brasil. Dentro de los objetivos comunes a países del hemisferio se encuentra el intercambio de experiencias sobre mecanismos que han buscado combatirla. Lo que se ha obtenido con ellos o lo que ha permanecido igual es conveniente evaluarlo para no repetir errores y aprender de éxitos. Asimismo, una mejor cooperación para detectar flujos inexplicables por redes financieras podría llevar a resultados valiosos en casos de enriquecimiento ilícito.
Finalmente los temas globales, entre los cuales sobresale el cambio climático, requieren enfoques regionales. Sin duda, es importante que Obama destine energías a dialogar con su contraparte china sobre cómo decidir sobre tiempos y manera de informar acerca de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Es de lamentar que el diálogo a nivel hemisférico sea tan pobre, a pesar de que se podrían identificar algunos puntos concretos para trabajar conjuntamente.
Esa lista de temas, que podría ser más larga, habla de la posibilidad de dar al diálogo continental un contenido más amplio, más moderno, menos determinado por el uso o no del discurso antiimperialista. Bienvenida la reconciliación Estados Unidos-Cuba, cuyos resultados se verán, muy probablemente, en el ámbito del turismo y la inversión. Tal proceso no agota el contenido que pueden tener las relaciones hemisféricas, las cuales, desde la relación de igual a igual que hoy se pregona, pueden promover una agenda acorde con los retos y necesidades que hoy se viven. Identificar ambas cosas fue una omisión de la fiesta de Panamá.








