Un tanto cuestionado como responsable del desarrollo de la ópera en nuestro país, el tenor Ramón Vargas es, sin embargo, incuestionable precisamente como cantante. Hoy, a 30 años (parece que fue ayer, exclamó alguien) de su debut en Bellas Artes en el papel de Don Ottavio en el Don Giovanni de Mozart, el tenor goza de reputación mundial y es una primera figura en las principales casas de ópera del orbe, a más de poseer un repertorio amplio, variado y, en algunos aspectos, fuera de lo común.
Y es que precisamente en un día y hora absolutamente fuera de lo común en nuestro medio, Ramón Vargas ofreció, el miércoles santo, a las 5 de la tarde, un recital totalmente diferente a lo acostumbrado en toda su primera parte e inesperadamente, porque estaba programada otra cosa, de música latinoamericana, y mexicana en la segunda.
Por lo extraordinario del repertorio vale la pena citarlo completo. Se inició con la más conocida, “Amarillis mia bella” de Giulio Caccini (1551-1618), “Per la gloria d’adorarvi” de Giovanni Battista Bononcini (1670-1747), “Sebben crudele” de la ópera Griselda de Antonio Caldara (1670-1736), “¡Vittoria, mio core!” (medio conocida) de Giacomo Carissimi (1605-1674), “Il mio bel foco” de Benedetto Marcello (1686-1739) , “Pur dicesti, o bocca bella” de Antonio Lotti (1667-1740), “Plaisir d’amour o La Romance du Chevrier” de Jean Paul Égude Martini (1741- 1816) y “Giá il sole dal Gange” de la ópera L´honestá negli amori de Alessandro Scarlatti (1660-1725).
La segunda parte la inició acorde a lo programado, con los bastante más conocidos pero no por eso “populares” “Tres sonetos” de Petrarca musicalizados por Franz Liszt (1811-1886), y aquí dio un salto que quizás en otro hubiera sido mortal pero que en Vargas y su estupenda acompañante al piano, Mzia Bakhtouridze, egresada del Conservatorio de Moscú, resultó no sólo placentero sino verdaderamente disfrutable para un público que, debe añadirse, en mucho no iba predispuesto a oír lo que oyó sino más bien esperaba las clásicas traviatas, trovadores, bohemias y demás que, también debe agregarse, forman parte brillante del repertorio de Vargas.
El propio cantante explicó que decidió cambiar a última hora el programa para hacerlo más tranquilo en ocasión de la tranquilidad de la semana, y así nos ofreció “La rosa y el sauce” del argentino Guastavino, la colombiana “A ti” de Jaime León, el “segundo himno” peruano “Hasta la guitarra llora”, y desembocó en la buena canción mexicana de Tata Nacho “Mía, muy mía” y la dolorosa “Borrachita”, “A la orilla de un palmar” de Ponce y concluir con la igualmente bella “Te quiero dijiste” de la Grever.
Recital diferente sin duda en el que la maestría quedó de manifiesto, y en el cual, si el espacio lo permitiera, habría que detenerse pieza por pieza para explicitar y detallar el examen que nos lleva a la aseveración de que se trató de una obra de orfebre, la creación de una pieza singular que con igual comprensión de cada compositor, estilo, época e intención marchó del siglo XVI al XX en latitudes y circunstancias bien distantes entre sí pero bordadas con hilo de oro por el maestro Ramón Vargas y su muy digna acompañante.








