“Moebius” en la Muestra

Con ánimo de disculparlo o de despreciarlo, se ha vuelto lugar común calificar a Kim Ki-duk de provocador; suponen que el realizador sudcoreano ha ganado la fama vituperando instituciones y trastocando tabúes. Con su cadena de penes mutilados, engranajes edípicos y rosario de penitencias, Moebius (Corea del Sur, 2013) se arriesga a sellar, por siempre, su imagen de agitador.

La mezcla de candor y exabrupto, crudeza de imágenes, historias de personajes marginados del cine de Kim Ki-duk, debido en parte a la formación autodidacta de este soldado y monje, da la impresión de inventar un lenguaje para cada cinta. En dirección opuesta a otros autores, su cine nunca madura, y en esto radica su fuerza.

Sin ser una película muda, en Moebius no hay diálogos; pero el padre, la madre y el hijo hacen ruidos y murmuran; el tono estridente que marca las primeras secuencias se mantiene de principio a fin. En un arranque de celos, la esposa (Lee Eun-woo) intenta cortar el pene de su marido (Lee Jae-hyo) porque lo sorprende con su amante; como no lo logra, mutila a su propio hijo adolescente (Seo Young-ju). La madre abandona el hogar; atormentado por la culpa, el padre intenta reparar los estragos de su mujer, como por ejemplo enseñando al chico a gozar con el dolor.

Si esto suena ya exorbitante, lo que ocurre en la pantalla es aún más descabellado; una vez repuesto del susto, el espectador puede disfrutar a sus anchas el placer culpable que ofrece esta sátira de la tragedia de Edipo al interior de una familia coreana de clase media. Pero difícilmente el público podrá asegurar si el director intenta conscientemente provocar carcajadas, o si la risa es mera reacción nerviosa ante la angustia y el miedo a la castración. Buen ejemplo para ilustrar la etimología de sarcasmo: carne desgarrada.

Aunque juega con enigmas que van de Freud a Buda, el cine de Kim Ki-duk nunca es críptico, lo que hay es lo que se ve; el director es demasiado impaciente para esconder o disfrazar sus temas, y no titubea en ofrecer la clave de sus historias. Moebius es la respuesta a la pregunta de qué es la genitalidad. De hecho, cada una de sus películas es una forma de ilustrar las preguntas que lo obsesionan; su filmografía (Cocodrilo, 3-Iron, Tiempo) es una colección de preguntas que pueden resumirse en un solo tema: ¿qué es el deseo y qué reacciones provoca en el individuo? Las respuestas son aterradoras, desde una mujer despechada que se incrusta un anzuelo en la vagina (La isla) para suicidarse, hasta las recetas familiares sobre el afecto de los padres en Moebius.

Kim Ki-duk cuestiona, experimenta y se da el lujo de condenar y predicar; no condesciende con nada; lo que más vitupera es el afán de lucro, y si denuncia, de manera feroz, el trato y la explotación de la mujer coreana, tampoco la exime de su complicidad en el juego, postura que le ha valido la fama de misógino. Aquí la misma actriz protagoniza el rol de la madre y de la amante. Caso extremo de un cineasta cuyos personajes no se inhiben ante nada por expresar su deseo.