Los hombres de la guerra hablan de paz

Bogotá.- El comandante guerrillero Carlos Antonio Lozada, uno de los más calificados estrategas militares de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), saludó con un cordial apretón de manos al general colombiano Javier Flórez y sin mayores rodeos le soltó:

–General, usted fue el que me “tripió”.

–¿”Tripió”? ¿Eso qué quiere decir? –preguntó Flórez, sorprendido.

–Que me sacó las tripas, general.

Lozada, uno de los siete miembros del Secretariado de las FARC, se desa­botonó la camisa y dejó el torso al descubierto.

Todos los presentes en el salón del Palacio de Convenciones de La Habana, donde se desarrollan los diálogos de paz entre la guerrilla y el gobierno de Colombia, guardaron silencio.

La enorme cicatriz en el estómago de Lozada era una herida de guerra y, más que un reclamo, lo que el comandante de las FARC hacía era demostrar que algunos episodios de la confrontación armada pueden ser compartidos con el enemigo como una anécdota del aún inacabado tiempo de los fusiles.

A fin de cuentas, Lozada, el comandante rebelde, y Flórez, el general, son dos adversarios que acaban de saltar del campo de batalla a una mesa de conversaciones en La Habana donde discuten, como hombres de armas que son, los asuntos militares de la paz: el cese bilateral del fuego, la dejación de armas y la concentración de tropas guerrilleras.

La reunión que sostuvieron el pasado 5 de marzo marcó el inicio de los trabajos de la subcomisión técnica que ellos encabezan y en la cual 10 altos oficiales del Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y la Policía –entre ellos cinco generales y un almirante–, dialogan sobre el fin del conflicto con comandantes guerrilleros que hace apenas unos meses dirigían la guerra contra sus interlocutores en Colombia.

Dos guerreros

Flórez, quien hasta agosto pasado era jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Militares, encabeza el equipo de oficiales que diseña con los delegados militares de las FARC el modelo, los aspectos logísticos y los mecanismos de verificación de la dejación de armas de la guerrilla y del cese bilateral del fuego.

Es un oficial “tropero” que lleva más de dos décadas en la primera línea de la lucha contrainsurgente. Ha sido comandante de los principales grupos de élite del Ejército, entre ellos la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra) y la Fuerza de Tarea Conjunta Omega. Fue pieza clave en los operativos que acabaron con la vida del jefe militar de las FARC, Jorge Briceño, el Mono Jojoy (2010), y del líder máximo de esa guerrilla, Alfonso Cano (2011).

En 2007, como comandante de la Fudra, dirigió un ataque contra un campamento del Bloque Oriental de las FARC donde estaba Lozada. Tres rebeldes murieron en la acción y el jefe insurgente resultó herido de gravedad. Un disparo calibre 5.56 milímetros de fusil M-4, un arma de asalto fabricada en Estados Unidos por la empresa Colt, le abrió un boquete en el estómago.

Con los intestinos asomando por la herida, Lozada logró huir con ayuda de un pequeño grupo de hombres de toda su confianza. En el campamento dejó abandonada su computadora personal, la cual quedó bajo resguardo de Flórez.

Hace unos días el presidente colombiano Juan Manuel Santos recordó: “En ese computador había un plan para asesinarme a mí (en ese entonces el mandatario era ministro de Defensa) y hoy estamos dialogando en La Habana sobre cómo llegar al desarme y cómo continuar la lucha por una mejor Colombia, sin violencia y sin armas”.

Lozada, quien viajó desde las montañas de Colombia a La Habana en octubre para sumarse al grupo de negociadores de las FARC, es jefe del grupo de estrategas militares insurgentes que participan en la subcomisión técnica del fin del conflicto. Tiene estudios universitarios en la antigua Unión Soviética y su lugar en el Secretariado de las FARC, organismo cúpula de esa guerrilla, lo convierte en uno de los siete máximos jefes insurgentes.

El experto en resolución de conflictos, Kristian Herbolzheimer, considera que el diálogo entre los jefes militares de ambos bandos “es la esencia del proceso de negociación, porque su objetivo es terminar la guerra, y para esto es imprescindible que los hombres que hacen la guerra se sienten a encontrar fórmulas para resolver diferencias y llegar a la convicción de que pueden confiar en la palabra del otro”.

El general en retiro Jaime Ruiz Barrera, quien como presidente de la Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares es un crítico del proceso de paz por la desconfianza que le producen las FARC, ha sabido que los encuentros entre altos oficiales de las instituciones armadas y comandantes de la guerrilla han sido cordiales y respetuosos.

Piensa que los hombres de armas “se entienden más entre ellos porque hablan de puntos concretos, de fin del conflicto, de cese del fuego, con posiciones claras y precisas de lado y lado, sin argot político, porque conocen la confrontación”.