La Comisión de Lucha Libre del Distrito Federal (CLLDF) desconoce la situación que prevalece entre sus más de mil luchadores acreditados. Sin base de datos actualizada, encontrar a todos los que cuentan con licencia expedida por el organismo es prácticamente imposible. Algunos “ni siquiera acuden a la comisión, simplemente porque no luchan”, reconoce El Fantasma, presidente de la agrupación.
En la Ciudad de México –donde se asientan algunas de las arenas más importantes del país y tienen sus oficinas los principales promotores– también se sufre uno de los problemas de la lucha más extendidos en México: aquellos atletas que alguna vez aspiraron a emular a las grandes leyendas no tienen seguro de vida ni de gastos médicos, ni pensión para el retiro.
“Nada más hay que resignarse y darle gracias a Dios por permitirnos vivir un días más”, acepta El Fantasma, figura de la vieja guardia. Y añade: “Lo digo abiertamente: lo único que le pido a Dios es que me dé salud, porque estando sano hasta puedo lavar carros y busco la manera de subsistir. Sin salud simplemente no se puede, por más que quieras.”
Ésa es la realidad en la vida de un luchador profesional y, en general, de mucha gente pobre, asienta. “Las personas consideran que el peleador es rico, que gana mucho dinero. Y no: si luchas, comes; si no, no”.
En la CLLDF, la conmoción provocada por el deceso del Hijo del Perro Aguayo el sábado 21 sólo se traduce en consejos a los deportistas. “Les recomiendo a todos los compañeros que se cuiden, que cuando empiecen a ganar dinero lo inviertan, porque después viene lo difícil. Si sufren lesiones tendrán que echar mano de sus ahorros”, apunta El Fantasma, quien no se sorprende de la situación que prevalece en su deporte. Explica que, de hecho, hay otras disciplinas en las mismas condiciones, como el boxeo.
Ley débil e ignorada
El Fantasma dice que hay quienes pagan por ser programados en las funciones. “Se trata de jovencitos que quieren salir en la foto”. Explica: “Cuando me percato, enseguida les pido que no regalen su trabajo, porque están expuestos a una grave lesión y, por lo tanto, les puede salir más caro. Pero así es la lucha libre”.
Sostiene, eso sí, que dichos casos sólo ocurren en competencias clandestinas, no reguladas por la CLLDF:
“La gente que practica lucha libre debe venir a arreglar su licencia y el promotor requiere nuestra autorización para planear su programa. Sin embargo, cuando nos damos cuenta de los encuentros clandestinos, de inmediato damos aviso a las autoridades para que suspendan las funciones que se realizan sin la mínima seguridad. A veces cumplen y en ocasiones ni caso te hacen. Por eso se les hace un llamado a que nos apoyen, pues de presentarse una tragedia se armará un relajo en el que todos saldrán culpables.”
El Fantasma comenta que no es fácil erradicar estas peleas clandestinas. Y de paso exhibe la falta de control de su organismo: “A veces uno se da cuenta al mes o a los dos meses de realizado el evento. (…) Es como si usted quisiera realizar una función de luchas para su hijo que cumplió años y contrata a los luchadores. No por ello tiene una empresa dedicada a organizar peleas”.
Para expedir la licencia de luchador profesional, la CLLDF exige al interesado haberse entrenado por al menos dos años, además de presentar un examen técnico y otro médico. Sobre todo, tiene que apegarse a una regla no escrita: “Tener buen físico, porque en la actualidad abundan los luchadores con poco físico, al grado que de 10 luchadores sólo uno o dos lo tienen. Lo más importante es que sepan luchar y tengan presencia”.
Según el dirigente, ya no existen luchadores tan fuertes, corpulentos y resistentes como se acostumbraba. “Hoy hay muchos jóvenes que sólo se preocupan por realizar acrobacias. Sin embargo, la comisión no se involucra en cosas personales. Lo que nos interesa es que cuenten con su documentación en regla”.
Quien fuera luchador durante 40 años se ufana de que la CLLDF contrató un laboratorio para realizar exámenes médicos “más baratos” a los luchadores. Pero no revela el nombre de la clínica ni muestra documentos que corroboren sus dichos.
El exluchador Ray Mendoza Jr. critica esta situación. Refiere que cualquiera que pague la licencia la recibe, aunque no tenga las aptitudes ni la preparación para luchar.
“Hay gente que presenta un examen de 10 minutos. Y los sinodales a veces ni luchadores fueron. Antes eran de cuatros horas y muy pocos los aguantaban. Las licencias se reparten a todos porque representan un negocio. En Estados Unidos y en Japón las empresas de lucha libre sí están bien establecidas y saben sus obligaciones, porque el gobierno lo exige. Aquí se consiente que trabajen como quieran”, afirma.
Puntualiza: “Los mismos gobernantes usan a la lucha libre para campañas (políticas), pero no ayudan a que haya reglas uniformes en las comisiones de lucha y comisionados honestos y capaces. Hay corrupción, como en cualquier ámbito del gobierno. Hay hasta aficionados que son comisionados”.








