Estudio sobre el primer libro de medicina impreso en México

Una edición facsimilar del libro Opera medicinalia, del doctor Francisco Bravo, de 1570.
Foto: Especial

MÉXICO, D.F. (apro).- Protagonista de su propia historia, el libro Opera medicinalia, del doctor Francisco Bravo, de 1570, primer volumen de medicina impreso en México y América, dio pie a una extensa y detallada investigación por parte del historiador Rodrigo Martínez Baracs, especialista de la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Pero no es el contenido del antiguo libro lo que persigue el investigador en su estudio y que presenta en el volumen El largo descubrimiento del Opera medicinalia de Francisco Bravo, publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y el Fondo de Cultura Económica (FCE), y dado a conocer hace un par de semanas en Puebla y en la Librería Rosario Castellanos de la Ciudad de México.

Es la serie de avatares ocurridos para que pudiera descubrirse la existencia del libro, ignorado durante varias décadas. La relación entre los investigadores que en el pasado se ocuparon de seguirle la huella, de discernir sobre la autenticidad de su fecha de publicación, de buscar ejemplares existentes. Es, pues, una historia bibliográfica, una suerte de “arqueología” del documento centenario.

Relata cómo, hacia 1864, el abogado parisino Henry Harrisse (1829-1910) proyectó la creación de una Biblioteca Americana Vetustíssima, integrada por libros publicados entre 1493 y 1550. Solicitó ayuda a varios amigos y uno de ellos, Carl Herman Berendt, le recomendó contactar al historiador mexicano Joaquín García Icazbalceta (1825-1894). Harrisse le informó a Icazbalceta que en la biblioteca de James Lenox, en la Ciudad de Nueva York, se encontraba un libro raro titulado Opera medicinalia.

Ese ejemplar se encuentra ahora en la New York Public Library y fue consultado en 2010 por Martínez Baracs. Al investigador le interesaba despejar dudas sobre la fecha de publicación del libro, luego de que uno de sus propietarios, José Sancho Rayón, confesó haberle arrancado la tirilla con la fecha “1570” en un viaje a Madrid.

“Mis dudas no disminuyeron sino aumentaron (…) Dotado de una lamparita de mano, examiné la portada a contraluz, y no puede descubrir rastros de que la tirilla con la fecha 1570 hubiese sido recortada y sustituida por una tirilla de papel antiguo en blanco. Será necesario un análisis más cuidadoso, con lupa y aun con microscopio y otros instrumentos, con todas las técnicas y las exigencias de la ciencia bibliográfica actual. Y aún habrá que examinar la posibilidad, que me planteó Emma Rivas Mata, de que Sancho Rayón haya cambiado la hoja completa, no sólo la tirilla.

“Por lo pronto debe dejarse abierta la posibilidad de que se trate de una omisión en la impresión de este ejemplar en septiembre de 1570, tal vez porque un pedacito de papel se interpuso entre los tipos de imprenta y el papel…”

Hay otro ejemplar perteneciente a la Hispanic Society, que el historiador tuvo oportunidad de consultar y estudiar. Y un tercero en la Biblioteca José María Lafragua de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Este último, cuenta el especialista en su libro, fue descubierto en 1925, tal vez antes, por el doctor Nicolás León. Consigna que el ejemplar perteneció al colegio jesuita de Puebla, aunque Manuel de Santiago, director de la Biblioteca Lafragua considera que perteneció a la biblioteca del convento agustino de la ciudad.

El doctor León también hizo alteraciones al ejemplar, quizá con intenciones de venderlo, aunque el propio Martínez Baracs descarta esa posibilidad. Lo cierto, destaca, es que “pese a estas alteraciones, felizmente, el ejemplar poblano está completo en cuanto al texto”.

Y enfatiza más adelante:

“El ejemplar poblano tiene, además, la importancia de ser el único ejemplar conocido que permaneció en México. Los otros dos, como hemos visto, llegaron a España, donde fueron adquiridos por bibliógrafos españoles, Hernández Morejón y Sancho Rayón, y vendidos a coleccionistas estadunidenses, Lenox y Huntington, y pasaron a grandes bibliotecas públicas de Nueva York, la New York Publica Library y la de la Hispanic Society”.

Durante las presentaciones de su libro, el investigador del INAH hizo ver que el estudio no es concluyente pues el antiguo volumen tiene todavía muchos misterios y enigmas por resolver.