¿De veras crees que hay diablo?

Causó mucho revuelo entre nuestro público, ilustrado y no, que el actual pontífice romano se haya referido a la situación de la descomposición social en donde permean los crímenes y la impunidad utilizando el nombre de nuestro país. Eso de usar el vocablo de “mexicanización” para significar un estado de descontrol social, político, económico, jurídico y demás, no le gustó a nuestro gran público. Puso de pelos de punta a sus cuidadores de imagen. El hecho de que seamos, junto con Brasil, el cliente con más feligreses en Latinoamérica para el credo católico tuvo que haberles puesto al alba, para al menos medir el pulso a las reacciones negativas que generó, visto con ojos de mercadotecnia, dinámica empleada ya por todas las instancias de opinión y de gobierno.

Pronto difundieron que el señor prelado había utilizado el término de manera restringida y en conversación con un tuitero, de manera que no había que tomárselo a pecho, como si se hubiese tratado de una declaración ex cathedra, de las que sí se afirmó por mucho tiempo la infalibilidad del sustentante. Don Jorge Bergoglio se tomó la cortesía de hacer estas aclaraciones para que la sensibilidad del mexicano medio no fuera a subir de tono y luego anduviera éste poniendo mala cara a los señores pontífices, quienes siempre han sido mimados por nuestro público acrítico y obsecuente.

Pareciera que el asunto pasó ya al mero anecdotario que fluye como los torrentes crecidos y hace que desaparezca todo rastro de memoria con su atruendo momentáneo.

Sin embargo, la compañía televisiva más poderosa del país, Televisa, que no sólo acapara la mayoría de las señales del espectro nacional, sino que ya hasta se da el lujo de imponernos a los personeros del poder formal, envió a su entrevistadora Valentina Alazraki con el señor pontífice para realizarle una entrevista. A buen seguro, dentro de la estrategia del cuidado de imagen, tanto el Vaticano como Televisa (o el poder en México) supusieron que era conveniente aplicar una operación de mano izquierda, la que soba y tranquiliza al tundido, tras haber éste sufrido una contusión con la mano derecha. Había que rebajar pues el chipote causado por unas declaraciones poco afortunadas, si es que las encuestas arrojaban dicho resultado. Para eso se pintan solos los medios masivos de desinformación en nuestro país.

Doña Valentina se apersonó con el pontífice romano y realizó su trabajo (13 de marzo de 2015). Tuvieron buen cuidado en que el telón de fondo del evento contuviera un motivo mexicanista de esos que logran de entrada que el ambiente se vuelva relajante y que los reproches e impugnaciones se diluyan al máximo. Si uno checa el video de esta entrevista, de inmediato capta la imagen de una virgen guadalupana florida, beatificante. La entrevistadora le planteó que en los momentos álgidos que vive nuestro país “sería importante tener una palabra de aliento, de esperanza, una invitación para que México realmente pueda superar momentos difíciles”. La respuesta del pontífice tuvo que haber desconcertado aún más a quienes le hayan puesto atención.

“No es el primer momento difícil –dijo– por el que está pasando México. Engancho con la santidad, ¿no? México pasó momentos de persecución religiosa, donde engendró mártires. Yo pienso que a México el diablo lo castiga con mucha bronca. Creo que el diablo no le perdona a México que ella haya mostrado ahí a su hijo. Interpretación mía.” Y como decimos por aquí en plena picaresca, ya encarrerado el ratón, el Papa se siguió de largo desglosando “su” interpretación: “México es privilegiado en el martirio, por haber reconocido, defendido a su madre. Y esto lo sabe usted muy bien. Usted va a encontrar a mexicanos católicos, no católicos, ateos, pero todos guadalupanos. Es decir todos se sienten hijos. Hijos de la que trajo al salvador, al que destruyó al demonio”. Como colofón espetó, para que no guardase más dudas su asombrado auditorio, que el diablo le pasó la boleta histórica a nuestro país.

Está bueno saberlo y más escucharlo abiertamente de boca de quien encabeza la Iglesia católica. Lo que complica esta afirmación es el hecho de que en otros momentos se escuchan de su boca afirmaciones que tocan extremos opuestos y sostienen justamente lo contrario. El día 18 de julio del año pasado estuvo de visita en España. En la catedral del Sagrado Corazón de Jesús, que se considera la más importante de la península, soltaba un discurso en torno al infierno, al demonio, al fuego y a las penas en que viven los que son lanzados al cazo mocho para toda la eternidad. Dijo a los presentes que ya era tiempo de cambiar nuestras imágenes tradicionales sobre estos y otros tópicos. Eso de la condenación eterna o de la soledad del alma, una vez que muere su cuerpo anfitrión, debía entenderse de otra forma y no como nos la han transmitido. “Esta doctrina (la del infierno como un lugar de fuego y tormento eterno) es incompatible con la del amor infinito de Dios… Al igual que la fábula de la virgen de Guadalupe, inventada en América, vemos al infierno como un recurso literario” (https://youtu.be/UurmqiJZLHc).

Comparando una intervención con la otra, vemos que el señor pontífice nos hace flaco favor a los mexicanos, cuando nos pasa el rasero parejo a todos. Plantea de manera literal que todos somos guadalupanos, esto es, que nos adscribimos a la fábula de las apariciones del cerro del Tepeyac. De los católicos se entendería que se afirmara esta figuración. Pero él sostiene con todas sus letras que también “son guadalupanos” los no católicos y los ateos. O séase que, si no se entiende mal esta afirmación, todos los mexicanos, analistas o no, ilustrados o no, alfabetizados o no, somos crédulos, estamos atrapados en dicha fábula y somos incapaces de salir del sonrosado mundo de dicho mito. Es obvio que si no nos zafamos de éste, tampoco escapamos de otros, así no se mencionen.

No tiene caso ir más adelante. Eso de que el diablo nos tenga pialados a todos, andemos o no en la danza, es imagen peyorativa lanzada a nuestro rostro sin mucha fortuna y todo por recomponer el cuadro. Por destapar un pozo vino a abrir otro. Estaría bien que los prelados mexicanos, de los que el pontífice tiene cerca de sí, le hicieran saber que los mexicanos, católicos o ateos, creemos en el diablo, sí, pero en el de las pastorelas, nada más. El otro, el de la supuestamente profunda representación cristiana del mal, a muchos sólo nos sirve como personaje para cuentos pícaros como el del “Ánima de Sayula”.

Es la única nota común pues en que coincidimos los crédulos y los que ya no nos chupamos el dedo con alegorías infantiles, que ni explican nada, ni aclaran nada, ni nos llevan a solución alguna de los pesados y rudos conflictos sociales como los que estamos toreando actualmente. Sería bueno pues que algún prelado mexicano cercano a él le recomiende que, si va a tocar nuestros asuntos locales, cosa que nadie le puede impedir, no trivialice nuestra situación actual, pues no está nuestro horno para bollos.