Poco prolífica en comparación con México y Argentina, la cinematografía peruana comienza a renovarse y expandirse. En nuestro país se conoce poco: Francisco J. Lombardi con sus películas basadas en obras de Vargas Llosa, o más recientemente el trabajo notable de Claudia Llosa con La teta asustada, entre otros.
El mudo (Perú, 2013), escrita y dirigida por los hermanos Diego y Daniel Vega Vidal, deserta del cine regional y penetra en el ambiente burocrático de un juzgado en Mala, distrito cerca de Lima, frontera entre lo rural y lo urbano. En medio de montañas de papeles, canales de escritorios, caminos estrechos por donde deambulan pesadamente diligencias de empleados y acusados, el juez Constantino Zegarra (Fernando Basilio) administra justicia.
El aire del juzgado huele a corrupción, influencias de arriba y moral laxa de abajo, pero Constantino es un juez honesto e implacable. La esposa de un inculpado lo acusa de exagerado y le mienta la madre; cuando le dan un tiro en la garganta que lo deja mudo, la encuesta policiaca quiere darse por vencida porque la lista de sus condenados, sospechosos todos, asciende a 800, y se multiplica por el número de familiares resentidos; ni por dónde empezar. Lo que más desanima al policía a cargo son las distancias de los diferentes barrios… quedan tan lejos.
La vida de Constantino, de familia de jueces y magistrados, va del trabajo a la casa, siempre con los mismos rituales; en lo doméstico la autoridad del juez apenas cuenta, a la hija le preocupa más que le llame o no el novio que la desgracia del padre, la esposa trabaja de noche en un hotel. La destitución inexplicable del puesto de juez, de aires kafkianos, le permite a Constantino investigar por su cuenta. Marginado, incomprendido, sin poder hablar, condenado a la soledad, al juez se le ve seguir sus pistas, parado en medio de la avenida llena de tráfico midiendo ángulos y distancias.
Con humor negro y espeso, los hermanos Vega Vidal diseñan una metáfora, de exactitud milimétrica, donde el juzgado de Mala funciona como ejemplo de un sistema de justicia, y la vida familiar como muestra de una cultura que se deshilvana, de un machismo ya inoperante y sin alternativa. No hay buenos ni malos, el padre de Constantino es como los demás; pero el retrato de la madre difunta, asesinada veinte años atrás, preside como santa, único guía del ideal del juez.
Estupendo el manejo del rostro inexpresivo del actor Fernando Basilio; los directores logran efectos casi escultóricos con esta máscara de soberano inca. Más allá de la crítica política, El mudo es una coreografía de rostros y cuerpos que toman su tiempo y lugar en el espacio y no se mueven sin una buena razón, cada uno hace parte de un rito inmenso. Un cine latinoamericano quejoso de males muy comunes al continente, pero de un ritmo tan único que sorprende.








